
Pocas cosas en la vida producen risa y cierta angustia al mismo tiempo. Las cosquillas nos provocan una risa descontrolada que, lejos de disfrutarla, para muchas personas supone una auténtica agonía. Este fenómeno que combina el desagrado con el placer es de carácter universal y absolutamente democrático, ya que todos la sufrimos en mayor o menor medida.
Sin embargo, poco sabemos sobre las cosquillas. ¿Qué se activa en nuestro cerebro para que nos provoquen esas carcajadas? ¿Por qué no podemos hacernos cosquillas a nosotros mismos? Un equipo de investigadores del Departamento de Psicología Experimental y Fisiología del Comportamiento de la Universidad de Granada (UGR) se propuso dar respuestas a estas preguntas y desentrañar los misterios de este fenómeno.
Las cosquillas tienen un origen filogenético, es decir, que se remonta a la evolución de la especie. Con las cosquillas, el cerebro siente una especie de placer por el contacto físico ajeno tras observar que “se trata de una falsa alarma”. Así lo expresa el investigador Emilio Gómez Milán, responsable del estudio.
Esto explicaría que un desconocido no pueda hacernos cosquillas, pues no se trataría de una falsa alarma, sino de un “ataque verdadero”. “Los desconocidos provocan en nosotros una alarma verdadera, en lugar de falsa, y por eso no sentimos sus cosquillas, ni se produce la risa”, apunta el investigador.
El estudio también apunta a que las cosquillas entre hombres heterosexuales, aunque sean amigos, son mucho menos frecuentes que entre mujeres, pues sí se percibe al otro “como una amenaza”. Además, los investigadores señalan que las cosquillas tienen un cierto componente erótico. De hecho, se suelen localizar en zonas como el cuello, las costillas, los pies (existe relación con este fetichismo) o las piernas.
¿Por qué nos hacen reír?
La ciencia todavía no ha logrado determinar con certeza por qué las cosquillas nos provocan risa. Según explica Gómez, durante la primera fase del cosquilleo se activa la amígdala, una región del cerebro relacionada con el miedo y la alerta. Sin embargo, esta señal se apaga poco después mediante la activación del córtex cingulado anterior, zona vinculada también a la empatía. Este proceso podría ser el responsable de que terminemos riendo tras esa breve tensión inicial, lo que llamamos la “falsa alarma”.
La risa también puede entenderse como una vía de alivio, un modo de liberar energía acumulada, similar a lo que ocurre en un orgasmo. En el contexto de las cosquillas, el “peligro” percibido puede ser una sensación que recuerda al roce de un insecto o una señal de dominio físico durante el juego.

Lo curioso es que cuando intentamos hacernos cosquillas a nosotros mismos no logramos provocar la misma respuesta. La clave está en la previsibilidad. Cuando somos nosotros quienes iniciamos el contacto, nuestro cerebro anticipa tanto la acción como su consecuencia. El sistema motor reconoce que el estímulo es autoinducido y por eso reduce la atención, lo que a su vez debilita la sensación de cosquilleo. “Cuando las cosquillas me las hace otro, no puedo predecir el cosquilleo y, por lo tanto, se da la alerta, activo mi atención, veo que es una falsa alarma y me río”, comenta el psicólogo.
A más edad, menos cosquillas
Como ocurre con la testosterona, las cosquillas disminuyen a partir de los 40 años. Además, dado que están relacionadas con una jerarquía, es más probable que en a medida que envejecemos seamos más propensos a hacerlas que recibirlas.
Según explican los autores, es más probable que un abuelo le haga cosquillas a su nieto, quien le percibe como un superior. A ello se suma que el abuelo las sentiría con mucha menos intensidad que el niño.
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