
En algún momento, casi sin excepción, todo el mundo ha alzado la vista al cielo con una sola pregunta en mente: ¿estamos solos? La posibilidad de que exista vida más allá de la Tierra ha fascinado al ser humano desde siempre, alimentando ciencia, religión, literatura y cine. Está en E.T., en Encuentros en la tercera fase, en La Guerra de las Galaxias. Pero va más allá de la ficción: hace décadas que se invierten miles de millones de euros en tratar de resolver esta duda. Ahora parece que para empezar a responder no hacía falta gastar tanto ni mirar tan lejos. Podía estar, por ejemplo, en la superficie del equipo de la Estación Espacial China, Tiangong.
Ahí, donde no tenía que estar, apareció Niallia tiangongensis, una bacteria hasta ahora desconocida para la ciencia, que no consta en ningún registro terrestre previo y que, sin embargo, estaba perfectamente adaptada a ese entorno imposible. Ni la microgravedad, ni la radiación cósmica, ni la falta de nutrientes, ni el vacío del espacio: nada pareció afectarle. Resistía, se multiplicaba y se protegía a sí misma como si hubiese nacido para estar allí.
Una bacteria adaptada al espacio que “desafía todo lo conocido”
Según informa el National Geographic, la descubrió el Grupo de Biotecnología Espacial de Shenzhou, que analizó las muestras tomadas por los tripulantes de la misión Shenzhou-15. Las mandaron a la Tierra, las secuenciaron y entonces quedó claro que se trataba de algo nuevo. Su nombre técnico es JL1B1071T, pertenece a la familia Cytobacillaceae, y sus propiedades bioquímicas son sorprendentes, en especial su capacidad de hidrolizar gelatina como fuente de carbono y nitrógeno (lo cual es clave para su supervivencia en entornos tan extremos y poco amables con la vida como una estación espacial). Y por si fuera poco, esta bacteria utiliza “biofilms”, una especie de escudo biológico que la aísla de casi todo.
Lo sorprendente es que no se trata de una simple curiosidad de laboratorio. Según el South China Morning Post, su resistencia “desafía todo lo conocido” sobre la vida en el espacio. Su pariente más cercano, Niallia circulans, puede causar infecciones severas en humanos inmunocomprometidos. Y aunque tiangongensis no ha mostrado signos de ser peligrosa en ese sentido, los investigadores no quieren correr riesgos. Mejor que no lo hagan: nadie quiere sufrir una infección “extraterrestre” (por definición). Ya se habla de revisar los protocolos de aislamiento en estaciones espaciales, y de reforzar las medidas de seguridad biológica antes de futuras misiones.
A nivel genético, muestra claras diferencias con su pariente terrestre. Además, el análisis identificó indels conservados, mutaciones en dominios GAF y en la enzima ligasa D, marcadores exclusivos del género Niallia, al que pertenece. Con estas credenciales, los científicos ahora contemplan su posible uso en biotecnología espacial. Porque si una bacteria puede sobrevivir donde la mayoría colapsaría, quizás también pueda ayudar a mantener con vida a una tripulación rumbo a Marte. O a construir hábitats en la Luna. O a reciclar oxígeno, nutrientes y residuos de forma autosuficiente.
Pero el hallazgo también reaviva una pregunta que va más allá de la ingeniería: ¿y si la vida no es una rareza, sino una tendencia? ¿Y si, en lugar de buscar civilizaciones avanzadas con antenas gigantes y luces en la noche, la primera señal de vida más allá de la Tierra se parece más a Niallia tiangongensis? Microscópica, silenciosa, adaptada. Ni amigable ni hostil. Solo viva.
Publicado en el International Journal of Systematic and Evolutionary Microbiology, el estudio no sugiere que esta bacteria venga de otro mundo. Pero sí que, si un microorganismo así ha logrado sobrevivir en una estación orbital, hay que empezar a asumir que la vida tiene más formas - y más caminos - de los que se pensaban.
El reto, a partir de ahora, es doble. Por un lado, aprovechar su resistencia para futuras misiones interplanetarias. Por otro, asegurarse de que bacterias como esta no acaben en ecosistemas donde no deberían estar. Mientras tanto, Niallia tiangongensis se queda como recordatorio de que la vida, incluso en el espacio, no siempre necesita ser visible para ser real. Y que, tal vez, no estamos tan solos como parece.
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