
Comer alimentos en mal estado suele tener consecuencias que no van más allá de una frecuencia poco habitual en las visitas al baño. Según la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), la fecha de consumo preferente en los alimentos no implica un riesgo inmediato para la salud una vez superada, pero los lácteos frescos, carnes y pescados presentan mayores riesgos. En el caso de productos como yogures, leches pasteurizadas y quesos frescos, la proliferación de bacterias peligrosas puede representar un riesgo significativo para la salud. Asimismo, carnes y embutidos, como salchichas o jamón cocido, pierden rápidamente sus propiedades tras la fecha indicada, lo que incrementa la posibilidad de intoxicaciones alimentarias por bacterias como la salmonela o el E. Coli.
Sin embargo, hay casos tan extremos como inesperados, como el que le acaba de ocurrir a Bertrand, un parisino de 52 años. Todo comenzó con una calabaza que acababa de comprar en una tienda ecológica. Al llevársela a la boca, este hombre sintió un sabor amargo, pero no se preocupó. “Lo atribuí a que la había quemado un poco durante la cocción”, recuerda el profesor de música y matemáticas, en declaraciones recogidas por el medio Le Parisien. No sospechaba que esa calabaza iba a hacerle sufrir durante tres días y, después, provocarle la caída de parte de su vello corporal y su cabello. “Me llegué a preguntar cuánto tiempo me quedaba por vivir”, relata.
Ocurrió el pasado viernes 21 de marzo. Este vegano compró una cesta de verduras, que incluía una calabaza verde, en un comercio ecológico al que suele ir. Esa misma noche, se preparó un salteado. Pero luego pasó “toda una noche vomitando”. “Me vomitaba en la mano, ¡ni siquiera tenía tiempo para levantarme e ir al baño!”, cuenta.
La culpa es de las cucurbitacinas
Y cuando dejó de vomitar y pensó que lo peor ya había pasado, empezó a sufrir consecuencias extrañas. Su piel comenzó a pelarse y su abundante melena con coleta fue adelgazando progresivamente. “Le pregunté a una amiga, que me preguntó si había comido calabaza”, relata Bertrand, quien también practica ayuno intermitente. Al investigar en internet, descubrió que su caso no era único y se convenció de que había encontrado al culpable detrás de esta gran verdura: las cucurbitacinas, unas sustancias tóxicas presentes en algunas calabazas.
“Persistentes durante la cocción, son producidas de forma natural por las calabazas salvajes para repeler insectos predadores como las orugas”, explica la Agencia Nacional de Seguridad Sanitaria. Se pueden encontrar, en particular, en las calabazas ornamentales, que no deberían consumirse, y en las cultivadas en huertos familiares.
En un primer momento, este veneno provoca principalmente náuseas, vómitos y dolores en el abdomen. En los días siguientes, los afectados pueden ir perdiendo progresivamente todo o parte de su vello y cabello.
“Después de cinco días, vi cómo se me caían los pelos en las manos. Me quité el pijama una mañana y vi que toda mi piel se pelaba. Pasé el cepillo por mi cabello, y todos se quedaron en el cepillo”, enumera Bertrand a Le Parisien. “Es como depilarse sin dolor”.
Afortunadamente, la pérdida de cabello es temporal y el vello termina por crecer de nuevo en los meses siguientes. Ahora, Bertrand espera a recuperar su aspecto anterior, mientras afirma que tardará un tiempo en volver a comer calabaza.
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