
Cuando besamos a alguien, nuestro cerebro recibe (y percibe) una descarga eléctrica similar a una explosión de hormonas. La reacción química que se produce durante un beso es la responsable de que sintamos esa sensación tan agradable y de que nuestro cuerpo quiera más.
En este juego de la física y la química, hay mucho de esta última en un beso. Según la doctora Angelique Van Ombergen, profesora visitante en la Universidad de Amberes (Bélgica), nuestro cerebro libera grandes cantidades de oxitocina mientras estamos besando. Esta hormona, conocida popularmente como la “hormona de la felicidad”, desempeña un papel fundamental en las relaciones madre e hijo, en las amistades y en las parejas.
Cuando la oxitocina se libera, activa áreas del cerebro asociadas con el placer y la recompensa, generando una sensación de calma, confianza y bienestar. Esta respuesta neuroquímica no solo fortalece los lazos afectivos, sino que también puede reducir los niveles de estrés y mejorar el estado de ánimo.
Además de su papel en las relaciones personales, la “hormona de la felicidad” también se vincula con la regulación emocional y la empatía. Así, unos niveles más altos de oxitocina pueden aumentar la disposición a confiar en otros y facilitar comportamientos altruistas. Esta hormona no solo promueve sentimientos de seguridad y afecto, sino que también puede tener efectos beneficiosos sobre la salud física al reducir la presión arterial y fortalecer el sistema inmunológico.
Como indica la doctora, más allá de la descarga hormona, los besos también nos resultan muy placenteros porque los labios son extremadamente sensibles debido a las múltiples terminaciones nerviosas. Todo ello se suma a un brutal cambio de información: en solo 10 segundos de beso unas 80 millones de bacterias cambian de boca.

Dopamina y serotonina, los otros protagonistas de los besos
La doctora Van Ombergen aclara que con los besos, así como con los abrazos y las caricias, también se liberan otras hormonas asociadas a sensaciones muy placenteras: la dopamina y la serotonina. La primera de ellas consiste en un neurotransmisor clave en el sistema de recompensa del cerebro. Un beso o un abrazo estimulan la producción de dopamina en el núcleo accumbens, una región del cerebro ubicada en la región subcortical y que se encarga de gestionar el circuito de recompensa de una persona. Esta liberación nos hace sentir eufóricos, motivados y con un fuerte deseo de repetir la acción, lo que explica por qué siempre buscamos más.
Además, la dopamina está vinculada con la sensación de logro y satisfacción. Cuando besamos o abrazamos a alguien, nuestro cerebro interpreta el contacto como una experiencia gratificante y nos impulsa a buscar más interacciones similares. Esto explica por qué el contacto físico es tan importante en las relaciones humanas: nos hace sentir bien y refuerza nuestra conexión con los demás.
Mientras que la dopamina nos impulsa a buscar placer, la serotonina juega un papel crucial en la regulación de nuestro estado de ánimo y la sensación de bienestar, ya que esta sustancia química se asocia con la estabilidad emocional, la reducción del estrés y la sensación de satisfacción. Cuando nos abrazamos o besamos, los niveles de serotonina aumentan, ayudando a disminuir la ansiedad y generando una sensación de calma y seguridad.
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