
Los cromosomas 22 y 9 son los responsables de la alteración de las células madres de la médula ósea, lo que deriva a su vez en la aparición de cánceres de sangre. Por ello, cada 22 de septiembre se conmemora el Día Mundial de la Leucemia Mieloide Crónica con el objetivo de concienciar a la población sobre esta enfermedad, que representa el 20% de las leucemias.
A pesar de que los cánceres de sangre son los quintos más frecuentes en España, los diferentes tipos y subtipos hacen más difícil el diagnóstico y más confuso de comprender para la población. “Es necesario que los ciudadanos cuenten con información de rigor que les ayude a entender qué son este tipo de tumores pues, como señalan los datos, son unos de los grupos con más alta incidencia en nuestro país y a nivel mundial”, ha explicado la doctora Raquel de Paz, médico adjunto del Servicio de Hematología y Hemoterapia del Hospital Universitario de La Paz (Madrid) en un seminario organizado por Pfizer con motivo del Mes de Concienciación sobre el Cáncer de la Sangre.
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Según datos del observatorio oncológico de la Organización Mundial de la Salud, se diagnostica un caso cada dos minutos en todo el mundo. Por ese motivo, los profesionales de la salud tienen la “responsabilidad de trasladar la información necesaria a los ciudadanos para que tengan todas las herramientas posibles a su alcance, ya que aportar conocimiento sobre estas distintas patologías juega un papel fundamental a la hora de concienciar sobre los distintos tumores oncohematológicos”.
“Conceptos tan básicos como la diferencia entre las plaquetas y los glóbulos blancos o la función de la médula ósea pueden arrojar luz a la hora de comprender y diferenciar entre una leucemia, un linfoma o un mieloma múltiple, una información crucial para la sociedad y, especialmente, para los pacientes y sus familiares”, ha expresado la doctora María Jesús Blanchard, médico adjunto del Servicio de Hematología y Hemoterapia del Hospital Universitario Ramón y Cajal.
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En el caso de la leucemia mieloide crónica (LMC), esta implica que las células afectadas son mieloides (las que producen glóbulos rojos, plaquetas y la mayoría de glóbulos blancos, excepto los linfocitos) y que la enfermedad se desarrolla lentamente. Esta característica de lentitud la encaja dentro del grupo de neoplasias mieloproliferativas crónicas. En este tipo de cáncer, se produce un cambio genético en una versión temprana (o inmadura) de células mieloides, formando un gen anormal llamado BCR-ABL, convirtiendo la célula en una célula mieloide crónica.
Las células leucémicas crecen, se multiplican, se acumulan en la médula ósea y emigran a la sangre. Durante este tiempo, estas células cancerígenas pueden invadir otras partes del cuerpo, incluyendo el bazo. Aunque su crecimiento es relativamente lento, la LMC puede mutar y transformarse en una leucemia aguda de crecimiento rápido que es difícil de tratar.
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A diferencia de la leucemia linfocítica aguda (LLA), rara vez este tipo de leucemia se da en niños, pues su aparición suele ocurrir en torno a los 55 años. Haber recibido tratamientos con quimioterapia o radioterapia y los antecedentes familiares son algunos de los factores de riesgo, por lo que en realidad puede aparecer en cualquier perfil.
Una enfermedad asintomática de años
Como aclara a Infobae España la oncohematóloga del Hospital de La Paz, la LMC “puede estar años sin diagnosticar porque sus síntomas son silenciosos”. De hecho, el diagnóstico se suele dar incluso en la propia fase asintomática y poco agresiva, llamada fase crónica. ¿Cómo se detecta entonces esta enfermedad que puede sufrir una persona durante años? A través de una analítica rutinaria al observar en el hemograma una gran leucocitosis, es decir, un exceso de leucocitos en la sangre. Con la sospecha del cáncer de sangre, se debe realizar un estudio de médula ósea mediante biopsia.
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Antes de la llegada del tratamiento actual, la evolución de la LMC consistía en que el paciente convivía con la enfermedad durante tres a cinco años hasta que la leucemia mutaba a una fase más acelerada y agresiva que sí mostraba síntomas y cuyo pronóstico era delicado. No obstante, el desarrollo de los inhibidores de la tirosina quinasa (ITC) hace ya 21 años ha cambiado radicalmente el curso de la LMC, hasta el punto de que, según la doctora Raquel de Paz, “es raro actualmente fallecer por este tipo de leucemia”.
Con los fármacos orales actuales y la sustitución de la quimioterapia, la probabilidad de progresión de la enfermedad es menor del 10%. Además, la LMC ha pasado de una esperanza de vida de tan solo cinco años en los pacientes no candidatos a trasplante de médula ósea, a una esperanza de vida muy parecida a la de la población general en aquellas personas diagnosticadas en una fase crónica. Gracias a la investigación, la supervivencia global de la enfermedad se sitúa cerca del 90%.
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