
Francina acaba de aterrizar en Palma de Mallorca. Solo se quedará el fin de semana, el lunes tiene que volver a Madrid para trabajar. Dos días y medio no son suficientes para ver a su familia y amigos, pero dentro de unas semanas volverá, está acostumbrada. Hace años que se mudó a la capital para estudiar y trabajar, y ya está familiarizada con las visitas cortas y rápidas. Se conoce los dos aeropuertos de memoria. Durante el recorrido que hace hasta llegar al coche de su madre, que la espera fuera y que la llevará a casa, envía audios a través de WhatsApp para contar la situación que se encuentra cada vez que regresa, especialmente en verano.
A través de su voz y del ruido, la joven muestra la odisea en la que se ha convertido Mallorca. Entre el barullo se la escucha hablar: “Para mí el problema principal es que se ha establecido la idea de que vivimos del turismo y en virtud de eso no dejamos de crear plazas turísticas. Entonces, ¿qué ocurre? Que la isla no está preparada para sostener esa cantidad de personas, de coches, de residuos, de todo lo que genera el turismo, y eso se traduce en que el día a día de los residentes en la isla es ya imposible”.
Ya montada en el coche, continúa. “Un trayecto que normalmente son 15 minutos igual te lleva 45 ahora mismo. Por poner un ejemplo, el último fin de semana que vine estaba con mi familia y fuimos a dar un paseo y a tomarnos un helado al paseo marítimo. Estuvimos, tal vez, 25 o 30 minutos para encontrar un parking. Luego ya ni te digo para encontrar una terraza donde sentarnos. Era ocio, es cierto, pero es que si tienes que ir a hacer un trámite a Palma, tampoco puedes entrar en la ciudad porque está completamente colapsada”.
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Viviendas pensadas para extranjeros
“El día a día de los vecinos se dificulta terriblemente porque todo está hecho y diseñado para que vengan otras personas aquí de vacaciones a disfrutar. Y entonces lo que es la cotidianidad de los residentes es muy complicada”, resume Francina, que añade que uno de los principales problemas derivados de este turismo de masas es el imposible acceso a una vivienda asequible que los mallorquines puedan permitirse: “No faltan viviendas. Yo, de hecho, veraneo en una zona de la costa que en la que se están construyendo sin parar. ¿Qué pasa? Que son viviendas de lujo, para extranjeros. Tú llegas al aeropuerto de Palma y el primer anuncio que te salta es ‘¿Quieres comprar una casa?’ en sueco o en noruego, es decir, en un idioma que no es español ni catalán. Están comprando las casas los extranjeros a precios desorbitados y eso hace que absolutamente todo suba. Con lo cual, las personas que queremos independizarnos no podemos ni siquiera plantearnos comprar”.
La situación es similar en el resto de las islas, donde la oleada de movilizaciones sociales contra la masificación turística ha ido creciendo de forma acompasada con el precio de la vivienda. En Baleares, el alquiler ha experimentado un incremento del 158% en los últimos diez años, según un estudio del portal inmobiliario Fotocasa. Si en 2014 el coste medio del alquiler de una vivienda de 80 metros cuadrados se situaba en unos 560 euros mensuales, en 2024 esa cantidad ha subido hasta los 1.450 euros. Por su parte, el precio de la compra también se ha duplicado. Hace una década, una vivienda de esas mismas dimensiones costaba en 2014 unos 147.000 euros, mientras que ahora vale unos 307.000.
El pasado 25 de mayo cerca de 10.000 personas se manifestaron en la capital de las islas bajo lema ‘Mallorca no se vende. Digamos basta’ para protestar ante esta situación. Se trata de la marcha más multitudinaria del movimiento contra el actual sistema turístico que ha habido desde que comenzaron las protestas. Sin embargo, se espera que la manifestación convocada para este domingo, 21 de julio, en Plaza de España, bajo el lema ‘Cambiemos el rumbo: pongamos límites al turismo’, sea histórica.

Margalida Ramis, portavoz de ‘Menys Turisme, Més Vida’, la plataforma que vertebra a las asociaciones y grupos activistas de todo tipo que buscan poner límites al turismo, señala que una parte fundamental de las protestas es llevar al foco “la necesidad de poner límites a toda la especulación inmobiliaria que va vinculada a vender Mallorca como un paraíso que ya no es”. Pero sus objetivos van mucho más allá, porque las acciones necesarias para devolver la isla a los mallorquines abarcan muchos más ámbitos.
Ramis explica que la especialización turística en la que ha caído Mallorca es un “monocultivo extensivo” que aboca a los habitantes a vivir bajo “una precarización de las condiciones de vida”. “Es decir, antes, con un sueldo más o menos digno podía sobrevivir. Ahora, hay más trabajadores pobres que no pueden ni tan siquiera pagarse el alquiler”, aclara la portavoz, que denuncia que también hay una precarización en las condiciones de trabajo con “una mano de obra que no es reconocida a través de contratos y que está sosteniendo este modelo en condiciones cada vez más precarias, incluso de explotación”. “Es evidente que nosotros no vivimos del turismo, sino que el turismo vive a costa de nosotros, de nuestro territorio y de nuestra capacidad de trabajo y de nuestras vidas y nuestros entornos”, sentencia.
Volver al pasado para tener un futuro
“Cada vez hay más dinero, pero en menos manos, con unos flujos económicos en los que ni siquiera podemos interceder porque son a nivel global”, subraya la activista. Aunque no siempre fue así: “Antes lo que teníamos era una planificación de los usos del territorio. La industria turística estaba concentrada en determinados espacios de la costa y los espacios de nuestra vida cotidiana estaban al margen de esta realidad turística. Es decir, estaban los enclaves turísticos por excelencia. Y luego estaba nuestra vida cotidiana con nuestros barrios, nuestros pueblos, nuestras ciudades, que ahora están siendo mercantilizados y vendidos como experiencias únicas, cuando en realidad lo que hacen es expulsarnos de nuestros propios espacios”.

También había una economía diversificada, con un sector primario asentado. “Todo esto se ha perdido. La agricultura aquí no sale a cuenta porque no se la cuida y porque se ha dejado caer toda la economía vinculada al sector primario. No hay complementariedad, es sustitución, porque hay una intención de hacer un modelo de especialización turística”, señala.
“Esto es una tensión que se ha hecho cada vez más evidente, que ha ido en paralelo a un incremento del número de pasajeros que se materializa en esta realidad de saturación de infraestructuras y de espacios”, comenta, por eso, desde la plataforma piden establecer límites al turismo y trabajar por un modelo socioeconómico más justo y sostenible
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