
Quien haya leído antes a Rodrigo Fresán, podrá identificar a la perfección que se trata de una novela de Rodrigo Fresán pero, quien no esté al tanto de su literatura, seguramente pensará que se encuentra frente a una obra marciana a la que no sabe cómo hacer frente. No se equivoca. Es difícil cogerle el punto a El estilo de los elementos, precisamente porque el autor parece combatir desde el inicio lo que se supone que es una escritura complaciente para el lector y, por ello, está dispuesto a retarle.
Y ahí comienza esa batalla en lo que se refiere a lo que conocemos como ‘estilo’. En ese sentido, la novela de Rodrigo Fresán se cuestiona sobre esta materia, pero también sobre otras muchas cuestiones que lo identifican como autor. Para ello, nos interpelará constantemente a nosotros, los lectores, para sacudirnos un poco y quitarnos la pereza de encima. Quizás por eso, no resulta una novela fácil pero, al mismo tiempo, cuando se entra en sus códigos, también supone una experiencia absolutamente absorbente y reveladora.
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Un juego con la ‘autoficción’ (o su reverso)
Podríamos considerar El estilo de los elementos como una especie de libro de memorias si no fuera porque, en realidad, todas las claves que se dan sobre el autor son en parte inventadas. Sin embargo, ahí está el juego, como si se tratara de una especie de expedición por la experiencia real e imaginada del escritor de origen argentino autor de obras clave como Historia argentina o La parte inventada.
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Ahí está la escena bohemia de los años setenta, el exilio durante la dictadura, todo el imaginario pop alrededor de objetos, productos y programas de entretenimiento que nos llevan desde los caramelos a los bares. En medio de todo eso, el personaje de Land, que podría ser un trasunto de Fresán, asiduo a las librerías, lector empedernido, rebelde e indómito.
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También encontramos a un escritor, César X Drill, dibujante de historietas creador de La Evanauta, que hace irremediablemente referencia a la gran novela gráfica argentina El Eternauta, y que para el autor es una combinación de factores que une a Rodolfo Walsh, Quino (el creador de Mafalda), Francisco Porrúa (fundador de Minotauro y editor original de Rayuela y Cien años de soledad) y Claudio López Lamadrid, que dio al sello Random House el prestigio que tiene en la actualidad.
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Las referencias son importantes, pero no concluyentes para descifrar esta novela que, en realidad, se puede disfrutar sin ninguna clase de claves, porque lo que busca es la complicidad directa con aquellos que se atrevan a navegar por sus páginas y se dejen llevar por su escritura arquitectónica y torrencial.
Una novela totémica

El estilo de los elementos consta de 712 páginas. Se abre con ocho citas y tres párrafos más otras notas para el lector que sirven para adentrarnos en el texto. En la página 23 se dice que comienza la novela, pero es algo que se repite en la página 53 y, más tarde en la 137. Son muchos los inicios, muchas las puertas de entrada que propone un autor que, en realidad nos está invitando a sumergirnos en su mundo, que está estructurado alrededor de tres ciudades, Buenos Aires, Caracas y Barcelona a través de una serie de experiencias que nos llevan de la adolescencia a la edad adulta.
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Dice el autor que quería con esta novela ser una especie de Wes Anderson literario, con una buena carga de melancolía, pero ‘cuqui’, a través de una serie de paleta de colores y de simetrías que lo emparentaran con ese estilo cinematográfico que se sitúa frente a la propia narración.
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El estilo será la base de todo, porque ya desde su título, evoca al manual de escritura de William Strunk Jr. Los elementos de estilo, una guía de recomendaciones acerca de cómo depurar y limpiar, a través de la brevedad y la concisión las frases, algo que se encarga de dilapidar Fresán en este otro manual que se erige como una monumental disertación literaria sobre la astucia de saber escribir y de lograr capturar la esencia literaria en un libro que lo es todo y es nada, como todo buen artefacto posmoderno.
Pero lo fundamental es que, aunque el acercamiento resulte extraño, la lectura de El estilo de los elementos rezuma inspiración libertaria, también ínfulas de grandeza. Y entre esos dos parámetros bascula una novela imprescindible que se encarga de deconstruir el concepto de ‘autoficción’ para dotarlo de un sentido tan imaginativo como alejado de convencionalismos.
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