
“Que me resulta imposible mirar a otros ojos más de tres segundos porque me aterra ser descubierta”. Elvira Sastre no escribía en este poema sobre el síndrome del impostor (o impostora, en este caso), pero bien podría referirse a él cuando usaba esas palabras. El miedo a ser desenmascarados como un fraude, a no ser suficientes o resultar ser un fracaso, eso es lo que sienten las personas que padecen del síndrome del impostor.
Las personas que sufren este síndrome viven en una constante desazón de no ser lo suficientemente competentes. Al contrario de lo que se pudiera pensar, esta sensación la experimentan independientemente de sus logros y sus éxitos más que evidentes. De hecho, artistas de la talla de Shakira, Martin Scorsese, Kate Winslet o Tom Hanks han reconocido haber sufrido alguna vez en su vida los síntomas de este síndrome. Muy pocos se libran de este síndrome, pues se calcula que afecta a 7 de cada 10 personas.
Aunque es un malestar que puede afectar en todos los ámbitos de la vida, es más significativo sentirlo en el campo laboral o académico. Noelia Gómez es psicóloga en El Prado Psicólogos y recalca que, con indiferencia de que sea tan frecuente y lo hayamos normalizado, “no constituye un trastorno como tal”.
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Aunque el síndrome del impostor se manifiesta desde hace pocos años en todas las redes sociales —el reconocimiento de algunos famosos ha servido para su popularización—, no es un fenómeno nuevo. Como dicen, ya está todo inventado. A finales de la década de los 70, las psicólogas clínicas Pauline Clance y Suzanne Imes lideraron un estudio en el que analizaron a un grupo de mujeres exitosas que no confiaban en sí mismas, que se sentían como un fraude y que era cuestión de tiempo que fueran descubiertas. A raíz de esta investigación, las expertas bautizaron este sentimiento como “síndrome del impostor”.

Asimismo, el síndrome del impostor se manifiesta en otros rasgos de conducta, como el perfeccionismo. Suelen ser personas que nunca están del todo satisfechas con el trabajo que hacen ni consigo mismos y aprovechan cualquier error par justificar esa supuesta incompetencia. No es de extrañar que la baja autoestima y la ansiedad estén relacionados con este sentimiento. Como argumenta la psicóloga, “pueden afectar a otras áreas de la vida de la persona por la presión por mantener cierto nivel. Se dejan la vida en ello, pudiendo dejar de lado amistades, hobbies u otras actividades”.
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Sin embargo, Noelia Gómez evita reducir todas las causas del síndrome del impostor a una baja autoestima, ya que existen otros desencadenantes. “Parece que el ambiente familiar y cultural también tienen un papel en su desarrollo. Una infancia en la que ha habido expectativas muy poco realistas o se han reforzado muy poco los logros y se han enfatizado más los fracasos, suele ser común en las personas que desarrollan este síndrome. Son personas que han vivido en un entorno muy crítico y lleno de juicios”, explica.
No parece que se trate de un problema coyuntural si observamos que las distintas generaciones lo están heredando. Tal vez el asunto se encuentre en la estructura, en las culturas que premian los resultados sin tener demasiado en cuenta el esfuerzo. La psicóloga manifiesta que la (sobre)productividad en l ámbito laboral es en gran parte responsable de ello: “Quizás el hecho de que nos hemos vuelto una sociedad sobrecualificada, en la que las ofertas del trabajo escasean y hay mucha competencia; muy orientada al éxito, donde lo importante para nuestros jefes son los resultados y no las personas que hay detrás de ellos; en la que las expectativas son cada vez mas altas y los refuerzos más escasos, contribuyen a que cada vez más gente se sienta un poco impostara en su puesto de trabajo”.
Gómez manifiesta que, en la mayor parte de las ocasiones, “la sensación desaparece por sí misma, al ganar experiencia y refuerzo por sus logros”. Si el problema persiste, es necesaria una psicoeducación para “explicarle al paciente qué factores le han llevado a la situación en la que está actualmente”. El foco para el tratamiento es trabajar la autoestima para ayudar al paciente a mejorar el concepto que tiene sobre sí mismo.
Por ello, se debe trabajar en el reconocimiento de logros y asociarlos a factores internos, o lo que es lo mismo, al esfuerzo propio. Además, la psicóloga Noelia Gómez expresa la importancia de que “la persona que sienta el síndrome del impostor disfrute de una red de apoyo y un buen ambiente laboral o académico con el que pueda compartir cómo se siente”.
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