
El verano produce un movimiento masivo de ciudadanos hacia las costas de España y estas cada vez están más azotadas por la presencia de medusas. El Ministerio para la Transición Ecológica y Reto Demográfico (MITECO) ha elaborado un documento que recoge algunas de las especies de medusas más peligrosas con la finalidad de que puedan ser identificadas para prevenir su impacto.
El apogeo de este animal en las costas españolas tiene una clara relación con el cambio climático y la actividad del hombre. “El aumento de temperaturas, algo provocado por el cambio climático, hace que se amplíe la época de medusas, que antes era entre julio y septiembre y ahora se ha ampliado. El aumento de temperaturas del agua acelera su reproducción, aunque también su muerte, por eso pueden aumentar los cadáveres varados”, señala Ana Aldarias, oceanógrafa y parte de Ecologistas en Acción.
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Pero hay otra parte que explica el aumento de las aguavivas y tiene que ver con la actividad económica: hay regiones en las que la industria y los vertidos que se vuelcan sobre el mar aumenta los nutrientes del agua: “Cuando hay excesos de alimento, como el caso del Mar Menor, aumentan el número de medusas, aunque es un indicativo claro de que hay un desequilibrio en el ecosistema”, apunta Aldarias, que también pone el foco en la pesca: “Incidir en la caza de las mismas especies que son depredadores de medusas, como por ejemplo el atún o los peces luna, hace que no haya una autorregulación adecuada”.
Listado de las medusas más peligrosas
La más peligrosa según el Ministerio es la Physalia physalis, que también es de las más comunes. “Es típica de las aguas templadas del Atlántico pero es ocasionalmente observada en las aguas del Mediterráneo”, apunta el MITECO. Su peligrosidad es “muy elevada” y el contacto con los tentáculos “puede tener consecuencias muy graves para las personas”.
“Su potente veneno con propiedades neurotóxicas, citotóxicas y cardiotóxicas pueden llegar a producir en algunas situaciones un shock neurógeno provocado por el intensísimo dolor, con el consiguiente peligro de ahogamiento”, sostiene la web del Ministerio de Teresa Ribera. Con 30 centímetros de largo y 10 de ancho, esta medusa, en el caso de los problemas más comunes, puede producir “quemazón y dolor vivo, y laceraciones en la piel como consecuencia del intimo contacto con los tentáculos”.

Por otro lado, está la Carybdea marsupialis, con “peligrosidad muy alta” pero habitual de un hábitat lejano de las costas. “No viven en aguas superficiales si no cerca del fondo, cerca de los 20 metros”, sostiene el Ministerio de Transición Ecológica. El diámetro del disco alcanza los cinco metros y es una especie poco frecuente y “difícil de ver en la costa”.
Su color es transparente azulado o blanquecino, característica que dificulta su localización. “El problema de las medusas es que te crees que están muertas, pero los tentáculos tiene unos orgánulos que producen descargas y el movimiento en el agua hace que actúe aunque estén muertas y sigan liberando presión durante semanas”, sostienen desde Ecologistas en Acción, que recomiendan alejarse de las medusas y no interactuar con ellas.

Otra con peligrosidad “elevada” es la Chrysaora hysoscella, de color blanco amarillento y difícil de distinguir. Es “relativamente frecuente en el Mediterráneo y Atlántico, aunque en ocasiones forma enjambres” y es habitual en “aguas abiertas, pero puede acercarse a la costa arrastrada por las corrientes, especialmente durante el verano”.
Su efecto es contundente e inmediato, ya que “sus picaduras causan picor y quemazón al principio”, para después dar paso a “lesiones eritematosas y edemas” así como “verdugones que pueden tardar tiempo en desaparecer”.

La última de los tipos de medusa con peligrosidad “alta” es la Pelagia noctiluca, que puede llegar a medir más de 20 centímetros de diámetro. Las probabilidades de encontrarla en la costa es menor ya que “su ciclo se cierra totalmente en mar abierto, aunque “se acerca al litoral arrastrada por los vientos de mar a costa, especialmente durante el verano”. Se puede encontrar de forma abundante en el océano Atlántico, aunque también aparecen en el Mediterráneo.
La peligrosidad de esta medusa provoca “irritaciones y escozor a nivel de piel, pudiendo incluso dejar herida abierta que se puede infectar”, sostiene el MITECO. Como es un animal de mucha longitud, el contacto puede ser más grande de lo habitual, así que “la superficie de piel afectada puede ser alta y con ello el efecto del veneno podría llegar a causar problemas respiratorios, cardiovasculares y dermatológicos que pueden perdurar semanas o incluso meses”.

Pase lo que pase, lo recomendado es no sacarlas del agua y dejarlas libres para que cumplan su función de reguladoras de las aguas, alimentándose de nutrientes que sobran y que pueden empeorar la calidad de los mares.
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