
La provincia de Ourense cuenta con un tesoro sumergido, el de Aceredo, un antiguo pueblo enclavado en el municipio de Lobios que en la década de los noventa quedó sepultado bajo las aguas y que cada año vuelve a emerger, ante la fascinación de lugareños y visitantes.
Contaba Platón en sus famosos ‘Diálogos de Timeo y Critias’ que miles de años atrás había existido una extensa isla en medio del océano, llamada Atlántida, la cual se hundió definitivamente. Y decía que, pese a no haber sido nunca localizada, sí había sido objeto de innumerables investigaciones.
Pues bien, en Galicia hay otra, pero esta, muy de vez en cuando, asoma.
Como en tantos otros lugares, la construcción de un embalse, el de Lindoso (Portugal), en 1992, tragó varias aldeas, en medio de una revuelta, de una fuerte oposición vecinal.
Así, además de Aceredo, quedaron engullidos en esta zona gallega otros cuatro pueblos: A Reloeira, Buscalque, O Bao, y Lantemil.
El convenio internacional, suscrito en 1968 por Franco y Salazar y que procedía ya de los años veinte para el aprovechamiento de los ríos fronterizos, supuso el fin para estos núcleos.

Estos días, coincidiendo con el bajo caudal, es posible ver parte de las casas de Aceredo, que siguen como antaño, aunque en el agua.
Cerca, la antigua fuente del pueblo y restos de alguna calle que dio vida a un lugar que llegó a tener 70 casas y unos 120 vecinos, y todo ello, hoy, en medio de un paisaje casi fantasmal.
Cumplidas tres décadas, los habitantes recuerdan a la perfección esa jornada en la que se vieron obligados a dejar toda su vida atrás: casas, hórreos, huertas, así como el camposanto.
La Iglesia se salvó. Y también fueron desenterrados los cuerpos de los difuntos. Ahora, algunas familias viven en los pueblos próximos, al lado de la carretera N-540, mientras que otras optaron por irse.
Francisco Villalonga, oriundo de Cataluña y vecino de la antigua aldea de Aceredo, fue uno de los vecinos que en su día cogió su cámara y comenzó a grabar, sabedor de que el lugar iba a ser engullido.
En su memoria quedará para siempre ese 8 de enero de 1992, cuando la hidroeléctrica portuguesa EDP cerró sus compuertas y el río, que llevaba bastante agua por las lluvias, empezó a inundarlo todo.
Conocedor de la situación, en los últimos años, otros vecinos de la zona y él mismo comenzaron a historiar todo el proceso, el de un paisaje que ya no existe y que quedó ahogado para siempre.
Pese a que la mayoría, en aquel entonces, ya había salido de sus casas, en Buscalque el agua llegó a coger por sorpresa a varios vecinos y “hubo gente que se vio incapacitada para salir” hasta el punto de que el Gobierno Civil tuvo que intervenir para que los vecinos pudiesen abandonar sus casas.
Ocurrió que algunos se habían atrincherado, según explica Villalonga a EFE, bien porque no se creían que el agua fuese finalmente a llegar o bien porque se resistían a dejar atrás la herencia de sus antepasados.
Lo inevitable llegó: “sacaron de noche las cosas como pudieron, se marcharon, fue un ir y venir de coches”, abunda Villalonga.
Aún a día de hoy, este vecino cree que el dinero no ha compensado la pérdida de unas raíces que todavía dejan en su caso recuerdos “dolorosos”.
“Te toca. Te lleva a recuerdos de la infancia, de la familia”, comenta Villalonga, quien cree que la empresa cerró la negociación de forma “engañosa”, bajo amenazas a la gente mayor de la expropiación forzosa.
“Venían de noche por las casas, nos amenazaban para que vendiésemos. Los mayores, que tenían miedo, vendieron. Pero otros no quisimos”, relata Margarita de Brito, una de las vecinas de Buscalque que se resistió a vender.
De hecho, tiempo después supieron que las personas que negociaron con ellos no eran más que unos intermediarios de la empresa portuguesa y que trataron de hacer negocio.

La construcción provocó sonadas protestas, que estuvieron principalmente protagonizadas por las mujeres. Hubo cargas policiales y concentraciones y también hicieron huelga de hambre “durante diez días”.
Se movilizaron los antidisturbios.
“Fuimos todos los pueblos para hacer fuerza para que no levantasen las actas. Pero sacaron las porras y algunos vecinos resultaron heridos”, continúa De Brito.
Sea como fuere, los vecinos tuvieron que abandonar definitivamente sus hogares.
“Al final vino el agua, el primer día un poco, el segundo un poco más y, al tercer día, subió y no bajó más”, relata esta mujer.
Eso sí, por las ventas se llevaron indemnizaciones millonarias con las que pudieron iniciar una nueva vida, algunos en pueblos próximos y otros en otras localidades.
La historia, que es parte de la memoria de esta zona, llegó al formato audiovisual.
El documental titulado ‘Os días afogados’, de César Souto y Luis Avilés (2015), narra el hundimiento, a partir de grabaciones caseras. Un trabajo que quedará para siempre en la memoria de los habitantes.
El documental, que recorrió festivales internacionales, consiguió el premio Mestre Mateo.
*Con información de EFE
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