Richard Gere se ha convertido en uno de los rostros más emblemáticos del cine romántico de las últimas décadas, pero su camino hacia ese reconocimiento no fue lineal ni motivado únicamente por el deseo artístico.
Su papel más recordado, el del acaudalado empresario Edward Lewis en Pretty Woman (1990), no fue, según él mismo ha confesado, una elección inspirada por el guion, el personaje o la historia. Fue, más bien, una decisión tomada por necesidad.
Antes de alcanzar la fama mundial por su actuación junto a Julia Roberts, Gere ya había demostrado su talento en producciones de corte más dramático y artístico. Su primera gran oportunidad en el cine llegó con Days of Heaven (1978), la lírica obra dirigida por Terrence Malick.
Aunque el filme recibió críticas mixtas en su momento, el tiempo la ha reivindicado como una de las películas esenciales del cine estadounidense de los años 70, alabada por su estética visual y su narrativa íntima. Aquel papel, compartido con Brooke Adams y Linda Manz, cimentó el prestigio de Gere entre los nuevos talentos del cine.

En la década siguiente, el actor afianzó su presencia en Hollywood con títulos como American Gigolo (1980), An Officer and a Gentleman (1982), el remake de Breathless (1983) y The Cotton Club (1984). Sin embargo, fue recién con Pretty Woman que Gere alcanzó una notoriedad masiva, quedando asociado para siempre con el género de la comedia romántica.
Dirigida por Garry Marshall, Pretty Woman narra la historia de Edward, un empresario exitoso que, por una combinación de casualidad y decisión, contrata a Vivian (Julia Roberts), una joven prostituta, para acompañarlo durante una semana en sus compromisos sociales.
Lo que comienza como un arreglo económico termina convirtiéndose en un vínculo afectivo. La química entre Gere y Roberts fue clave para el éxito de la película, que con el tiempo se consolidó como una de las comedias románticas más taquilleras de la historia, solo superada por Hitch, What Women Want y My Big Fat Greek Wedding.

Sin embargo, el entusiasmo del público no fue compartido inicialmente por el actor. En declaraciones a Movieline, Gere reconoció que no tenía ningún interés en participar del proyecto. “Pretty Woman es algo que nunca hubiera hecho. Tampoco An Officer and a Gentleman. No me interesaban en absoluto esos guiones”, explicó.
En ese momento, su carrera estaba en un punto bajo, consecuencia de decisiones personales que lo habían alejado del circuito principal de la industria.
“Había dicho conscientemente: ‘Me voy a hacer otras cosas’, y eso perjudicó mi carrera hasta tal punto que ya no decían: ‘Traigamos a Gere para esto’. Tuve que arrastrarme un poco para volver a tener acceso a guiones.”
Fue el componente económico lo que terminó inclinando la balanza. “Empecé a ver algo que podía aportar a esa historia. Pero fue una decisión bastante mercantil, no una decisión del alma”, confesó.
No obstante, el resultado fue una experiencia reveladora. “Me la pasé muy bien haciendo la película y, probablemente gracias a la falta de presión por hacer algo importante, pude explorar otras cosas en mí mismo, como hombre también. Creo que en esa película encontré una forma mucho más libre de trabajar, que he seguido usando desde entonces.”
El inesperado éxito del filme transformó su imagen pública y lo reposicionó en la industria. Nueve años más tarde, Gere volvería a trabajar con Julia Roberts y Garry Marshall en Runaway Bride (1999), una segunda colaboración que reafirmó el carisma de la dupla ante el público.
Lo que comenzó como una elección impulsada por necesidades laborales se convirtió, finalmente, en un punto de inflexión en su carrera.
La historia de Gere con Pretty Woman revela cómo, en el mundo del cine, las decisiones estratégicas pueden derivar en descubrimientos personales y artísticos. A veces, incluso las decisiones menos inspiradas pueden conducir a los momentos más memorables.
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