María Victoria Valerga Fernández y el descubrimiento del hongo que come microplásticos: “Hacer ciencia en y para el país es muy gratificante”

TICMAS conversó con la bióloga e investigadora de la UBA que descubrió un hongo capaz de degradar el plástico. Una conversación sobre la pasión por la ciencia desde la infancia

Victoria Valerga
María Victoria Valerga Fernández en el laboratorio
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Naturaleza, curiosidad, un microscopio. María Victoria Valerga Fernández es Licenciada en Ciencias Biológicas con orientación en Microbiología y actualmente está realizando un doctorado sobre un “caballo de troya” que preocupa a nivel internacional: microplásticos y metales pesados en los suelos. TICMAS dialogó con María Victoria a raíz de su gran descubrimiento, un hongo que justamente se alimenta del plástico y que puede marcar una verdadera diferencia desde la biorremediación.

— ¿Te acordás del primer “bicho” o muestra que viste y que te impactó?

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— Fue a mis 8 o 10 años que me regalaron un microscopio, que yo misma elegí en la juguetería. Debo decir, que las primeras veces que intenté ver algo no lograba ver nada, pero después de un par de intentos conseguí hacer un preparado bastante decente que me permitió observar. De las primeras cosas que vi fue agua de una zanja y agua de charquitos en el suelo.

Este microscopio me dio muy buenos recuerdos, es así que todavía lo conservo en mi casa. Si no recuerdo mal, uno de los primeros microorganismos que ví, era (lo que hoy sé que es) un rotífero. Debo admitir, que me dio bastante miedo verlo porque se ven bastante “malos” con sus bocas pinchudas. Los rotíferos son microorganismos bastante grandes (suelen medir entre 0,1 y 0,5 milímetros), por lo que con mi módico microscopio de juguete logré verlo. Lo curioso es que poca gente sabe que son animales. Así, que, podríamos decir que lo primero que vi fue un “primo” nuestro.

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Victoria Valerga
El microplástico visto por una lupa del microscopio

— Infancia con experimentos caseros, documentales sobre fauna ¿Algún docente o familiar estimuló esa curiosidad en vos, o fue algo que se fue construyendo de forma más autónoma?

— Creo que en los gustos tan marcados que tenemos todos siempre hay algo nato, de uno propio, y en el mejor de los casos, una familia que decide incentivar esos gustos. Mis papás siempre me compraron libros sobre naturaleza, geología, dinosaurios, piedras o sobre el cuerpo humano. Pero además, recuerdo que en mi época estaba al aire “Animal Planet al Extremo”, o series como ZabooMafoo, algunas revistas de NatGeo en casa y hasta un libro con experimentos.

En los medios de comunicación había muchísima fascinación por el saber y la ciencia en general en mi etapa formativa. Siempre me pareció que había mucho disponible sobre naturaleza a mi alrededor. Además de todo eso en libros, casi todos los fines de semana jugaba afuera con tierra, me trepaba a árboles, hacía “pociones” con cosas que encontraba en el parque y disfrutaba mucho de la naturaleza y el exterior jugando.

— ¿En qué momento ese interés por “lo invisible” se transformó en la certeza de que querías estudiar Biología?

— Como todos las y los chicos que cursan la adolescencia mis gustos fueron mutando bastante y la pregunta de “qué querés estudiar” me incomodaba, porque me gustaban tantas cosas que me parecía muy difícil elegir. Hasta el último año aún no había decidido, pero estaba entre medicina y biología, o algo similar. Incluso llegué a hacer un curso de orientación vocacional, el cual me dejó más confundida de lo que ya estaba porque me enseñaron sobre carreras de las cuales nunca había escuchado. De todas formas, terminé eligiendo biología porque era algo así como la apuesta más segura (al menos no me iba a aburrir), dada mi fascinación por la ciencia en general y la naturaleza y fenómenos naturales. Una vez que elegí, muchas personas me preguntaron “y pero después de qué vas a trabajar” o “no vas a ganar mucha plata con eso, mejor elegí otra cosa”, pero cada vez que la gente dudaba de mi decisión, yo la elegía con más fuerza.

Como todos, me peleé bastante con aprender “la célula” pero siempre fue de las materias que más disfruté a lo largo de mi formación. Siempre tuve

estímulos por fuera los fines de semana me gustaba mucho estar en la naturaleza, buscaba hongos por el parque, semillas con formas raras o alguna peculiaridad, siempre fue muy curiosa en ese sentido, tengo aún hoy en dia “colecciones” en vitrina de esos tesoros biológicos y naturales que vengo juntando hace muchos años.

Victoria Valerga
María Victoria Valerga Fernández en el laboratorio

— ¿Qué diferencia encontraste entre “estudiar biología” en la facultad y hacer ciencia en un laboratorio de investigación?

— La diferencia más fundamental es el estrés que genera la carrera en cuanto a tener un buen promedio y llevar al día las materias. Estudie Biología en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, en la Universidad de Buenos Aires. La carrera es muy intensa y muy exigente. Además, requiere muchísimo estudio fuera de las clases, por lo que por varios años la carrera te “consume” bastante, es casi lo único que se puede hacer, sobre todo en épocas de parciales. Además, siempre hay materias que una disfruta muchísimo y otras que cuestan y se sienten como remar en dulce de leche.

En las tesinas una aprende a hacer ciencia, ciencia de verdad. Con errores, fracasos y aciertos al final. Ahí de repente te encontrás trabajando con doctores todos los días, personas con super carreras que te enseñan muchísimas cosas; pero que también te comparten un mate y te ayudan a borrar rótulos en tubos de ensayos. No hay que olvidar que un doctorado, también es una carrera donde hay que seguir estudiando, cursando y aprendiendo. Además, y a la par del estudio, se exige una producción científica, una tesis doctoral con contenidos originales y propios. Yo estoy haciendo mi tesis en la misma facultad en que estudié y la beca CONICET me permite hacerlo a tiempo completo, como un trabajo de todos los días. Hacer ciencia en y para el país es muy gratificante, creo que hablo por todos los científicos cuando digo que el objetivo es poder poner a disposición nuestros hallazgos y conocimientos construidos a lo largo de muchos años de estudio en el sistema público para poder ayudar al pueblo argentino, y poder devolverle al país algo de lo que nos ha regalado formándonos como profesionales.

— Durante la pandemia armaste un laboratorio casero para cultivar microorganismos y estudiar microbiología de suelos. ¿Qué te enseñó ese período de investigación de recursos limitados que quizás no hubieras aprendido en un laboratorio tradicional?

— En realidad, todo lo que hice en mi casa podría haberlo aprendido en un laboratorio tradicional, sobre todo porque casi todo lo que aprendí luego lo apliqué en la tesis de licenciatura. Igualmente, los primeros científicos, ¡comenzaron todos trabajando desde sus casas! Pero mientras tanto en mi casa, aprendí algunos conceptos y técnicas un par de años antes “a los ponchazos”, y una cuando se tropieza a veces aprende más rápido. En mi casa, en mi cocina, aprendí a trabajar en esterilidad, algo que hago usualmente hoy en día. Fue un poco una locura y un despelote, pero aprendí muchísimo. Aprendí que, para sacar una foto a un organismo, no podía abrir una placa porque podría contaminarse, aprendí a rotular bien, a llevar registro de los experimentos porque trabajaba sola. Si no anotaba, nadie más había visto lo que había hecho.

Hoy en día, rara vez estoy trabajando sola, la ciencia es una actividad conjunta, interdisciplinaria. También aprendí a que es muy fácil irse por las ramas por entusiasmarse mucho. El laboratorio en casa, en realidad fue como un “spoiler” de lo que luego viví en el laboratorio, más aún cuando escasean los recursos y el financiamiento para la investigación, como en la actualidad. Muchas veces en la ciencia Argentina “nos la tenemos que ingeniar” para que las cosas funcionen: estiramos el uso de reactivos, reciclamos cosas que en “el primer mundo” descartan después del primer uso, e inventamos nuevas metodologías utilizando lo que ya tenemos a mano o es más barato. Justamente, según me cuentan personas que trabajaron en el exterior, estas practicas y “vivezas” son bastante apreciadas en lugares donde trabajan más cómodamente y quizás no tanto “fuera de la caja”. Creo que hablo por todos los científicos cuando digo que el objetivo es llegar a utilizar los conocimientos adquiridos a lo largo de años de estudio en el sistema público para poder ayudar al pueblo argentino, y poder devolverle al país algo de lo que nos ha regalado formándonos como profesionales.

Victoria Valerga
La colección de hongos de María Victoria Valerga Fernández

— Tu investigación arrancó mirando bioplásticos y fue derivando hacia la contaminación de suelos con microplásticos y metales pesados. ¿Cómo se da ese tipo de giro en una carrera científica: es una decisión planeada o los hallazgos te van llevando por otro camino?

Hay dos explicaciones en realidad, que ocurrieron un poco en simultáneo. Una es que yo soy una persona muy curiosa e inquieta y siempre estoy buscando avanzar en mis temas de estudio y seguir formándome desde distintas aristas. Y la otra es que para presentarse a beca y poder hacer una tesis doctoral, una debe ser dirigida por alguien con el mayor nivel educacional alcanzable, es decir, una persona con doctorado o posdoctorado y experiencia en el área de estudio elegida. En mi caso, en mi laboratorio, el eje central de estudio es el suelo, sus microorganismos y la contaminación, temas que me resultan muy interesantes e importantes tanto en lo científico como en lo personal. Entonces, queriendo conservar mi lugar de trabajo de mi tesis de licenciatura y a mis directoras decidí unir mis temas de interés, los plásticos y la salud del suelo y sus microorganismos.

Surgieron entonces preguntas que llevaron a la idea final que le presente a mi actual directora: ¿qué pasa en los suelos donde aparecen microplásticos y metales pesados, hay interacción entre ellos, que efecto hay sobre todo a nivel de la salud del suelo, los cultivos y los microorganismos edáficos asociados? Vanesa Silvani, Roxana Colombo y Alicia Godeas, son expertas en el tema de micorrizas, hongos simbiontes de las raíces de las plantas, y tienen amplia experiencia sobre la contaminación del suelo con metales pesados. Esto me permitió poder trabajar en estos temas, y como aporte nuevo sumar los microplásticos como otro contaminante más al sistema de estudio, una problemática actual y muy compleja. Volviendo a la pregunta inicial, no me alejé tantísimo del tema de mi tesina, siempre están presentes los microorganismos y los plásticos. Lo que cambió fue el enfoque y la escala de la pregunta. El proyecto de doctorado requiere redactar un proyecto algo a largo plazo, originalidad y autoría propia. De todas maneras, no es que abandoné mi tema anterior, paso a ser un proyecto paralelo por fuera de lo que esta dentro del marco de mi tesis de doctorado. Pero también pasó a ser parte del mismo ya que también veo la degradación de los plásticos, pero presentes en el suelo como contaminantes. Se podría decir que los saqué de la placa de Petri y los empecé a ver dentro de un sistema más complejo y más real como es el suelo y los cultivos hortícolas. Considero que esta problemática afecta a nuestro país, dada nuestra alta producción de alimentos y uso extendido del suelo y estoy contenta de poder aportar mi granito de arena para conocer más del problema, construir soberanía a través del conocimiento y estudio de nuestros suelos y poder brindar soluciones a futuro.

— Encontraste un hongo del género Aspergillus capaz de degradar plástico liberando enzimas que rompen esas moléculas. Para alguien que no es de la disciplina, ¿podés explicar en términos simples cómo “come” plástico un hongo?

— Los hongos no son como nosotros cuando comen, sino que básicamente escupen hacia afuera los ácidos y enzimas extracelulares, un análogo que en nosotros sería como vomitar nuestros juegos gástricos. Esas enzimas en el exterior encuentran distintos tipos de enlaces en moléculas grandes componiendo los sustratos y alimentos que pueden romper, para así generar moléculas más pequeñas que el hongo luego pueda absorber y utilizarlas como fuente de energía. Este tipo de alimentación se llama absorbotrofía o saprotrofía y es muy típica en hongos, algunas bacterias y protistas.Volviendo a la analogía sería como que nosotros comamos la comida digerida luego de vomitarle esos jugos gástricos.

El hongo libera enzimas extracelulares, y algunas de ellas son capaces de romper los enlaces que conforman al material. Además de la alimentación a partir de los subproductos por enzimas, el hongo cuando crece sobre el material o sustrato utiliza sus hifas (que son las estructuras en forma de red o telaraña que en su conjunto forman el micelio o cuerpo del hongo) de manera de que penetran físicamente el sustrato y lo va rompiendo, separando sus fibras y sus capas, degradando al material físicamente. Todo esto produce que se generen huecos o abrasiones en el material en las cuales pueden infiltrarse mejor estas enzimas o ácidos que el hongo produce y así profundizar la degradación química y biológica del material plástico. Existen muchos microorganismos (además del Aspergillus) que pueden degradar plásticos, el tema es que también hay muchos tipos de plásticos. En esto se basó mi tesis de licenciatura, en el estudio de microorganismos capaces de crecer sobre materiales plásticos y bioplásticos.

—Vos misma decís que la ciencia no es algo lejano ni abstracto sino una herramienta urgente para el bienestar colectivo. ¿Cómo trasladás esa idea cuando das talleres, charlas o clases a chicos y chicas que recién están descubriendo la ciencia?

— En general lo hago incentivando a no dar respuestas sino hacerles preguntas al público para que intenten pensar con lo que ellos conocen y dar soluciones a los problemas que vamos planteando en algunas actividades, también trato de incentivar que ejerciten un pensamiento deductivo y crítico. Incluso les hago notar que todos hacen “ciencia” o al menos piensan de la misma manera que hacemos los científicos. La ciencia a veces es así, a veces los experimentos y nuestra intuición estaban bien (el fideo estaba al dente) a veces hay que mejorarlos o ponerlos a punto (todavía le faltaban unos minutos de cocción) y a veces el experimento sale mal (se nos pasaron y pegaron todos los fideos, o incluso, la olla se quedó sin agua). La ciencia a veces es así de simple o, a veces, infinitamente más compleja; pero la manera de aproximación siempre debe ser guiándonos por los conocimientos previos, la intuición y también, porqué no, un poco de suerte.

— Si tuvieras que hablarle a una nena o un nene que hoy está mirando bichos en un microscopio como hacías vos, ¿qué le dirías sobre animarse a una carrera científica?

— Le diría que siga conservando esa curiosidad hasta el momento de elegir, pero que también la aplique en otras cosas, en su día a día. Creo que la carrera científica es muy dura para alguien que no está seguro. Pero una vez que se encuentra esa seguridad o motivación es muy difícil imaginarse haciendo otra cosa que no sea hacer ciencia. Entre mis amigos de la facultad, tengo varios que vienen de otras carreras, así que también me gustaría decirles a esos chicos que si es un llamado que llega tarde, no lo dejen de lado, ya que cuando algo te apasiona, elegirlo, aunque después de tropezar sigue siendo igual de válido y gratificante.

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