Bostezar puede hacer que el cerebro se prepare para aprender mejor

El cansancio y el tedio pueden ser algunas de las razones del bostezo, aunque la ciencia comienza a poner la mirada en la acción como un “reset” cerebral que puede impactar en el aprendizaje

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Joven con camiseta oscura, de espaldas, sentado en un pupitre de madera revisando un examen con un círculo rojo, en un aula escolar.
Invitar a bostezar en clase como un “reset”, como una oxigenación, para entender mejor aquello que se va a aprender (Imagen Ilustrativa Infobae)

Investigadores de la Universidad de New South Wales (UNSW) de Sidney y del Neuroscience Research Australia (NeuRA) publicaron el primer estudio que filmó en tiempo real qué ocurre en la cabeza y cuello cuando una persona bosteza.

El equipo, liderado por la profesora Lynne Bilston del Departamento de Ingeniería Biomédica de UNSW, reclutó a 22 participantes adultos y los observó mientras bostezaban y respiraban de maneras distintas, normal y profundamente, dentro de un escáner de resonancia magnética.

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De esta forma lograron capturar el movimiento de fluidos en tiempo real y observaron una maniobra específica que no había sido documentada hasta ahora. Al bostezar el líquido cefalorraquídeo (LCR) y la sangre venosa salen del cráneo al mismo tiempo, mientras que en la respiración profunda el LCR fluye hacia adentro del cráneo.

La maniobra del “reset”

El líquido cefalorraquídeo es un fluido transparente que rodea el cerebro y la médula espinal, cumpliendo funciones que van desde la protección mecánica hasta el transporte de nutrientes y la eliminación de productos de desecho.

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Si bien el estudio es preliminar y la muestra es pequeña esta acción de “limpieza cerebral” del bostezo durante la vigilia puede tener implicancias de interés para los procesos de aprendizaje y la memoria.

El bostezo contagioso activa el sistema de neuronas espejo, las mismas estructuras neurales que permiten imitar, comprender intenciones ajenas y construir empatía
El bostezo contagioso activa el sistema de neuronas espejo, las mismas estructuras neurales que permiten imitar, comprender intenciones ajenas y construir empatía

Durante el sueño profundo, el cerebro activa lo que los investigadores llaman el sistema glinfático, una red de canales por los que el líquido cefalorraquídeo circula activamente, arrastrando consigo los productos de desecho metabólico que se acumularon durante la vigilia. Entre esos residuos está la beta-amiloide, la proteína cuya acumulación se asocia con el Alzheimer. Por eso el sueño es tan importante porque no solo se trata de descanso sino de resetearse para un nuevo día.

El hallazgo de UNSW sugiere que el bostezo podría activar, en pequeña escala, un proceso análogo durante las horas de vigilia; de esta forma cada bostezo podría ser una microoperación de limpieza que ayuda al cerebro a mantenerse en condiciones óptimas para procesar información.

Una acción contagiosa y empática

Desde los trabajos de investigadores como Andrew Gallup, de la Universidad de Princeton, y el neurocientífico Steven Platek se sabe que el bostezo contagioso activa el sistema de neuronas espejo, las mismas estructuras neurales que permiten imitar, comprender intenciones ajenas y construir empatía. Específicamente, se comprobó que ver a alguien bostezar activa el área 9 de Brodmann, una región del giro frontal inferior derecho asociada al sistema de neuronas espejo.

Ese sistema tiene un rol central en el aprendizaje social: es el sustrato neurológico de la imitación, el mecanismo por el que los seres humanos y diversas especies aprenden observando a otros. Los bebés comienzan a imitar gestos faciales a las pocas horas de vida. Los niños aprenden a hablar, a caminar, a usar herramientas mirando a adultos. Por ello, la imitación es, en términos evolutivos, una de las formas de transmisión de conocimiento más eficientes que existen.

Cuando un grupo sincroniza sus bostezos, algo que ocurre espontáneamente en entornos sociales cercanos como un aula, el transporte, una oficina; se da un proceso de alineación de estados neurofisiológicos: niveles de alerta, temperatura cerebral y disposición atencional que tienden a igualarse. Desde esa perspectiva, un aula donde varios alumnos bostezan al mismo tiempo podría estar atravesando un momento de sincronización colectiva de sus estados cerebrales, algo totalmente contrario al desinterés.

Adolescente sentado en un pupitre de un aula, con la cabeza apoyada en los brazos sobre la mesa, rodeado de pupitres vacíos junto a una ventana.
Además del sueño, el bostezo podría ser una de las maneras en que el cerebro gestiona esa alternancia durante la vigilia (Imagen Ilustrativa Infobae)

Otro dato curioso es que las personas que puntúan más alto en escalas de empatía y reconocimiento emocional son significativamente más susceptibles al bostezo contagioso. Los niños de menos de cuatro o cinco años, cuyas capacidades empáticas todavía están en desarrollo, prácticamente no lo experimentan. Y las personas con condiciones que afectan el procesamiento social, como el espectro autista, muestran menor susceptibilidad al contagio.

El cerebro humano no opera en estado de máxima activación de manera continua, sino que necesita alternar entre períodos de procesamiento activo y períodos de consolidación, de recalibración interna y de limpieza. Además del sueño, el bostezo podría ser una de las maneras en que el cerebro gestiona esa alternancia durante la vigilia.

Si bien todavía no nos encontramos en un momento de plantear “una pedagogía del bostezo”, esta pausa fisiológica podría ser una condición de interés para los procesos de aprendizaje a lo largo de las horas.

Invitar a bostezar en clase como un “reset”, como una oxigenación, para entender mejor aquello que se va a aprender puede ser una oportunidad para los docentes que buscan lograr justamente mayor atención y romper con el tedio.

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