“Evaluar hoy requiere mirar qué decisiones tomó el estudiante frente a la IA”

En su último libro, Silvia Vilches y Ruth Chackiel abordan la irrupción de la IA en la escuela desde una perspectiva infrecuente: la del aula real. Las autoras advierten sobre los límites de las evaluaciones tradicionales y subrayan la necesidad de fortalecer la formación docente

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Silvia Vilches y Ruth Chackiel
Silvia Vilches y Ruth Chackiel fueron maestras y directoras de escuela. Desde hace años se dedican a la formación docente y acaban de publicar el libro "Prácticas docentes en tiempos de inteligencia artificial" (Homo Sapiens).

¿Qué está pasando con la IA en las aulas? En su libro Prácticas docentes en tiempos de inteligencia artificial (Homo Sapiens), Silvia Vilches y Ruth Chackiel parten de una premisa básica: la escuela no tiene que “adaptarse” a la IA, sino apropiarse de ella. A partir de una mirada que combina el conocimiento de las aulas con la teoría, las autoras plantean una idea que recorre toda la obra –y también esta entrevista–: la discusión no es si la IA debe estar o no en la escuela, sino cómo integrarla pedagógicamente, con qué criterios de evaluación, de autoría y de sentido formativo.

Esa mirada se explica, en buena medida, por las trayectorias de ambas, formadoras de docentes con más de 30 años en el sistema educativo. Vilches es docente y exdirectora de escuelas primarias de la Ciudad de Buenos Aires, licenciada en Tecnologías Digitales para la Educación. Chackiel, licenciada en Ciencias de la Educación y especialista en Educación Sexual Integral, fue maestra, directora y supervisora de nivel primario en CABA. En esta entrevista con Infobae, recuperan capacitaciones y situaciones reales de aula para pensar el impacto de la IA y para abrir preguntas sobre el rol de la enseñanza, la evaluación y la colaboración entre docentes en un escenario educativo que ya cambió.

–El impacto de la inteligencia artificial es uno de los temas centrales de la agenda educativa en este momento. ¿Qué aporta su libro al debate?

Silvia Vilches: Cuando pensamos este libro, partimos de algo que vemos hace mucho tiempo: la teoría se discute mucho, circula mucho, pero después cuesta encontrar una verdadera bajada al aula. Hay una distancia grande con el territorio.

Ruth Chackiel: O esa bajada suele ser muy académica, con poca llegada a los docentes. Siendo docente, yo me formé en la UBA como licenciada en Educación, y muchas veces sentí que el discurso académico no coincidía con lo que yo veía todos los días en el aula. Con Silvia compartimos esa mirada: pensar qué hacen concretamente los docentes cuando se encuentran con situaciones nuevas.

En la escuela todo va mucho más lento que en la vida cotidiana. Los docentes necesitan otros tiempos. Entonces no alcanza con tirarles libros o teoría encima. Hay que formar, y esa es una responsabilidad del Estado, que hoy no se está ejerciendo como debería. Así como se exige formación en otros aspectos, también debería exigirse y garantizarse formación en inteligencia artificial.

Nosotras no queremos que pase lo mismo que pasó con la pandemia. En ese momento, Internet entró por la ventana de una manera bastante cruda. Yo era supervisora y vi docentes que se negaban rotundamente a la virtualidad porque sentían que exponían su intimidad. Fue una pelea dolorosa, pero finalmente todos tuvieron que sumarse. Con la inteligencia artificial no queremos repetir esa experiencia. Pero la realidad es que la IA ya está dentro de la escuela. Pretender que no existe es ridículo.

SV: Hay encuestas a docentes y estudiantes que muestran que la inteligencia artificial se usa bastante y, al mismo tiempo, no hay capacitación al respecto. Nosotras lo vemos todo el tiempo. Por ejemplo, hicimos una capacitación en Gualeguaychú, en Entre Ríos, con treinta docentes. Muchos ya estaban usando inteligencia artificial, pero sin herramientas para hacerlo con sentido crítico o con un criterio pedagógico claro. El aporte del libro apunta justamente a eso: acompañar a los docentes desde una mirada de aula, cercana, concreta, que los ayude a pensar cómo usar la inteligencia artificial en la escuela sin negarla, pero tampoco de manera ingenua.

En su libro, Silvia Vilches
En su libro, Silvia Vilches y Ruth Chackiel invitan a tomar la IA como una "excusa" para repensar la enseñanza.

–Hay muchas concepciones erróneas y mitos sobre la IA. ¿Cuáles consideran que son los más arraigados entre los docentes?

RC: Para mí, el mito más fuerte es la idea de que la inteligencia artificial lo hace por vos. Eso aparece todo el tiempo. Una de las preguntas que más escuchamos es: ¿qué pasa ahora con la evaluación? ¿Cómo evaluamos si los chicos copian y pegan? Bueno, ahí hay que desarmar ese supuesto. Las evaluaciones tienen que ser otras, claramente. Hay que pedir otras cosas y también evaluar de otra manera. Quizá hay que mirar qué prompt armó el estudiante, qué instrucciones le dio a la IA, qué intercambio tuvo con la herramienta. Eso también tiene valor. Si seguimos pidiendo la monografía clásica, obviamente después va a ser muy difícil evaluar. La tarea va a tener que cambiar, sí o sí.

Otro tema que trabajamos mucho en las capacitaciones es el de las alucinaciones de la IA. La inteligencia artificial se equivoca, inventa, completa con cosas que no son ciertas. Por eso no hay que quedarse con lo primero que devuelve. Hay que chequear, reflexionar, repreguntar. Tener siempre el sentido crítico bien despierto. Y eso, paradójicamente, puede ser una oportunidad enorme para formar ciudadanos y críticos y reflexivos.

SV: Sí, y sumo algo más. Otro mito muy arraigado –y que no siempre está tan explicitado– tiene que ver con cómo interactuar con la inteligencia artificial. Muchas veces no está claro que uno puede y debe tomar decisiones en ese diálogo: qué pedir, cómo repreguntar, qué aceptar y qué no. Por ejemplo, indicarle qué autores queremos considerar, y no dejar que sea la IA la que decida por nosotros.

La idea es que, cuando interactuás con la inteligencia artificial, no sea para que piense por vos, sino para que te ayude a ampliar ideas, a organizar, a sugerir caminos posibles. Después, la decisión sigue siendo tuya: qué tomar y qué no, desde qué marco conceptual, con qué autores. Ese corrimiento también es parte del aprendizaje que tenemos que acompañar.

–¿Hoy la IA está aliviando el trabajo docente? ¿O implica una mayor sobrecarga, al exigir nuevas formas de evaluar ?

SV: Tenemos que cambiar nuestras prácticas. No es algo completamente nuevo, pero ahora se vuelve más evidente. Nuestra tarea docente siempre fue estar al pie del cañón, interpeladas por lo que pasa fuera de la escuela. Y la irrupción de la IA es parte de eso.

RC: Yo creo que en la docencia, en Argentina y en Latinoamérica en general, siempre hay resistencias. Algunas son necesarias y positivas –como las que aparecen frente a ciertas leyes o políticas que hay que discutir–, pero hay otras que no lo son tanto, como oponerse antes de entender de qué se trata. Eso pasó muchas veces en la historia. Yo lo viví como maestra, secretaria, vicedirectora, directora, supervisora.

Cada cambio trae esa tensión. Pero cuando se dan espacios de formación, ves otra cosa: docentes cansados, un lunes a la tarde, pero con ganas, con curiosidad, sorprendidos por lo que logran. Eso es muy potente.

En condiciones ideales –y esto hay que decirlo: buena conectividad, buenos dispositivos– la IA puede aliviar la tarea. Si a mí me ayuda a preparar una clase o a pensar una actividad más rápido, ese tiempo que gano lo puedo dedicar a otras cuestiones que hoy son urgentes en la escuela: la convivencia, los conflictos, la intolerancia, la ESI.

SV: La IA hay que usarla porque los estudiantes ya la usan. Entonces, sí, hay que cambiar las clases, y eso implica más trabajo en algunos aspectos: leer, comparar, preguntarle a la IA y contrastar con otras fuentes, ver qué falta, qué sobra. Por ejemplo, cuando le pedís un resumen y no está bien hecho, analizar por qué, qué conceptos no aparecen, qué habría que corregir.

En el libro proponemos una grilla para una evaluación reflexiva: si hicimos preguntas claras, si revisamos lo que respondió la IA, si corregimos errores, qué parte es nuestra, si podemos explicar cómo usamos la IA y por qué.

Hoy se habla de una “escritura mestiza”, del “posplagio”. Hay algo que se construye entre lo propio y el algoritmo. La pregunta ya no es solo “copió o no copió”, sino: ¿qué hizo con eso?, ¿qué decisiones tomó?, ¿qué aprendió en el proceso? Ahí creemos que está la clave.

"Hay que usar la IA
"Hay que usar la IA porque los estudiantes ya la usan", señalan Chackiel y Vilches.

–¿Cómo pueden abordar las escuelas este desafío a nivel institucional, para que no quede librado solo a las experimentaciones aisladas de cada docente?

RC: Primero quiero decir algo para no quedar fuera de contexto. Nosotras entendemos perfectamente que las condiciones laborales de los docentes no son las ideales. Y no es lo mismo la queja de alguien que trabaja cuatro horas que la de alguien que trabaja doce, que está todo el día con pibes. Eso hay que tenerlo muy en cuenta.

Desde lo institucional no es fácil, porque –nos guste o no– dependemos mucho de las personas que están en la institución: del compromiso, de la responsabilidad, de si hay o no un proyecto. Hay también algo que viene del nivel intermedio, la supervisión. La bajada que puede hacer un supervisor ayuda a unificar criterios y a darle un marco institucional al trabajo, más allá de lo que después cada escuela defina en su proyecto propio.

Los equipos de conducción no son una sola persona: directora, vicedirectora, secretaria. Es un equipo. Y cuando no hay compromiso, cuando no hay un proyecto claro, cuando no se logra trabajar como equipo, es muy difícil que lo institucional tenga una marca real en el aula. Y ahí hemos visto de todo: proyectos maravillosos y otros muy pobres, tanto en escuelas públicas como privadas. No es una cuestión de sector de gestión, sino de proyecto y de trabajo colectivo.

SV: En el libro planteamos algo muy claro: el aprendizaje se construye socialmente y la enseñanza es colectiva. No se puede trabajar en soledad, y menos con la inteligencia artificial generativa, que es algo que todavía estamos explorando y no sabemos bien hacia dónde va.

Nosotras proponemos que haya instancias institucionales: jornadas, capacitaciones, espacios de debate, ya sea en febrero, en diciembre, cuando terminan las clases. La idea es elaborar criterios comunes para el uso de la IA, discutir qué vale hoy como producción original. Hablar de los sesgos, de los errores, de qué queda afuera cuando usamos inteligencia artificial. Pensar cómo evaluamos trabajos hechos con asistencia de IA, qué rúbricas usamos, cuánto sí, cuánto no.

Y algo central: garantizar la autoría y la reflexión. Esto de preguntarnos todo el tiempo cuánto es mío y cuánto es del algoritmo. Eso no se puede resolver de manera individual. Incluso nosotras, que escribimos juntas, discutimos todo el tiempo y a veces no estamos de acuerdo, y eso enriquece muchísimo.

También pensamos que tiene que haber instancias periódicas de reflexión, no una sola vez. Trabajar en parejas pedagógicas, armar proyectos institucionales que no queden solo en la profe de Informática o en un “entusiasta” aislado. Porque si no, pasa eso: queda librado a experimentaciones individuales. Y con algo tan complejo como la IA, lo que necesitamos es debate colectivo, acuerdos institucionales y tiempo para seguir revisando lo que hacemos.

–¿Cómo imaginan el cambio del rol docente a partir de la IA?

RC: Nosotras sabemos que podemos hacer muchas propuestas interesantes y valiosas, pero la realidad docente muchas veces no permite desarrollarlas. Y no es por mala voluntad ni por desinterés –aunque sí, hay malestar–, sino porque los tiempos no alcanzan. Las jornadas institucionales muchas veces vienen ya bajadas desde el ministerio con temas cerrados, y no siempre permiten priorizar lo que esa escuela en particular necesita trabajar en ese momento.

SV: Además hay cuestiones básicas: tenés que tener conexión a internet, dispositivos, condiciones mínimas. Retomando algo que decía Mariana Ferrarelli, la escuela va más lento que la realidad. Me parece clave entender que hay que darle otros tiempos a la escuela. Porque nuestros pibes y pibas ya están con el teléfono, ya usan ChatGPT.

Yo doy clases de apoyo en Gualeguaychú, en un barrio muy vulnerable. A pesar de que son familias que viven al día, que muchas veces van al comedor, prácticamente todos tienen celular y datos. El otro día pasó algo que me impresionó. Una nena que es muy despierta, que escribe perfecto en primer grado, se me acerca y me dice: “Seño, yo con el celular tengo un chat que me ayuda con las tareas. Cuando no sé cómo se escribe una palabra, le pregunto”. Tiene seis años. Y nadie le enseñó eso en la casa.

RC: Y eso tampoco significa que la IA reemplace a la maestra. Ese es otro mito muy instalado. Que una nena use una herramienta para consultar una duda de ortografía o un contenido no deja a la docente sin trabajo. Lo que hace es obligarnos a cambiar el rol. De eso venimos escribiendo hace muchos años: el cambio del rol docente es necesario por las transformaciones sociales, las nuevas subjetividades, las infancias que recibimos hoy en la escuela. No podemos seguir siendo la misma “maestra Siruela” de 1950, ni siquiera de 1980. Incluso diez años atrás la escuela era otra cosa. Entonces, la inteligencia artificial no viene a borrar a la docencia, viene a exigirnos –una vez más– repensar qué hacemos, cómo acompañamos y desde dónde enseñamos.

Para las especialistas, el auge
Para las especialistas, el auge de la inteligencia artificial plantea el desafío de fortalecer la mirada crítica de los estudiantes. (Imagen Ilustrativa Infobae)

–¿Qué es lo que más las entusiasma y lo que más les preocupa en relación con la IA?

SV: A mí lo que más me entusiasma es poder dialogar con estas nuevas generaciones. Poder ver qué hacen, cómo aprenden, cómo se vinculan. Pero también poder intervenir. Porque yo creo que hoy no tienen, en general, una mirada crítica. Y ahí está, para mí, la tarea docente: enseñar a hacer buenos prompts, enseñar a dudar, a no quedarse con la primera respuesta. Mi preocupación es que esto no suceda, que no se trabaje pedagógicamente y que quedemos cada vez más solos con el algoritmo, sin la mediación y la mirada docente.

RC: En cuanto a lo positivo, yo creo que la inteligencia artificial puede traer más producción, más creatividad. Mi mayor preocupación, en cambio, es qué subjetividades estamos formando en la escuela. Y ahí no puedo separar la IA de otras discusiones más amplias, como la que trae la ley de libertad educativa. Porque la IA no viene sola: viene acompañada de un conjunto de políticas, de decisiones sobre el desarrollo, sobre el rol del Estado, sobre el lugar de la educación. Y eso, para mí, es lo más delicado y lo que más nos tiene que interpelar como docentes.