
Entre el cierre de un día agitado y la promesa del descanso nocturno, había, cuando era niña, un momento pequeño, íntimo y poderoso: el del cuento de las buenas noches. Esa escena en la que un adulto —madre o padre en mi caso— se sentaba al borde de la cama, y en voz baja pero expresiva, compartía un cuento, o un fragmento de una historia. Este momento era sagrado, vital, y era mucho más que un ritual. Era un acto de amor, una herramienta de desarrollo y una poderosa conexión entre generaciones.
Narrar una historia antes de dormir es una de las formas más antiguas de transmitir cultura, afecto y seguridad. La voz del adulto, con su cadencia suave y rítmica, no solo calma; también estimula regiones del cerebro asociadas con el lenguaje, la comprensión y la imaginación. A diferencia de los estímulos visuales de una pantalla, que suelen ser rápidos, brillantes y sobrecargados, una historia contada en penumbra invita a construir imágenes mentales, a activar la creatividad y a entrenar la atención sostenida.
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En esos minutos de relato, el niño no solo escucha una historia: escucha a su adulto significativo. Esa voz cercana se convierte en ancla emocional, en refugio sonoro. Así, se refuerza el vínculo afectivo y se crean recuerdos que perduran toda la vida. Muchos adultos recuerdan con nitidez la voz de su madre contándoles un cuento o el olor del cuarto mientras su padre improvisaba una historia inventada. Esos recuerdos son huellas de seguridad emocional.
Además, la narración de cuentos antes de dormir tiene efectos directos en el sueño. Estudios en Neurociencias sugieren que el relato oral en un ambiente tranquilo favorece la relajación, disminuye los niveles de cortisol (la hormona del estrés) y estimula la producción de melatonina, facilitando un descanso más profundo. Por el contrario, irse a dormir mirando pantallas genera una sobreestimulación del sistema nervioso, inhibe la producción de melatonina por la luz azul y, muchas veces, deja al cerebro en estado de alerta, dificultando el descanso reparador.
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Por todo esto, recuperar el cuento de las buenas noches es una invitación a volver a lo simple, a lo humano, a lo que no necesita conexión a internet ni batería. Solo hace falta una voz y una historia. Y quizás también un poco de ternura, porque contar cuentos antes de dormir no es solo una actividad de lectura sino que, además, es una forma de decir “estoy acá”, “te cuido” y “velo tus sueños”.

Recomendaciones para incorporar el cuento antes de dormir:
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- Elegir juntos el cuento: permitir que el niño elija el libro fortalece su autonomía e interés por la historia y por la lectura.
- Usar la voz como herramienta expresiva: cambiar el tono, hacer pausas y susurrar en ciertos momentos genera una experiencia mágica.
- Evitar las pantallas al menos 30 minutos antes de dormir: para que el cerebro pueda relajarse y entrar en modo descanso.
- Hacer del cuento un ritual diario: la repetición crea hábito, y el hábito se transforma en recuerdo emocional y en interés por replicar la actividad de leer en otros momentos del día.
- No preocuparse por “leer bien”: lo importante no es la perfección, sino la presencia. Incluso contar una historia inventada puede ser igual de valioso. Cambiar el final de una historia conocida, o agregar un detalle nuevo.
Porque, al final del día, las palabras dichas con amor tienen el poder de arrullar el cuerpo, despertar la mente y acunar el alma.
(*) Silvana Cataldo es especialista en innovación educativa y Líder Pedagógica del Programa de formación en lectura y comprensión A leer en vivo! de Ticmas.
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