
Melina Masnatta es una de las voces más influyentes en el cruce entre educación y tecnología. Con una vasta carrera que abarca la creación de iniciativas como Enki, Chicas en Tecnología y A.Mo.Ver, además de su trabajo en organizaciones de prestigio como Wikimedia Foundation, Globant y Naciones Unidas, Masnatta ha demostrado ser líder en el campo de la innovación educativa. Su libro más reciente es Educar en tiempos sintéticos (Galerna), donde aborda los desafíos que la inteligencia artificial impone al sistema educativo y la necesidad de una alfabetización inclusiva y efectiva.
En esta entrevista con Ticmas, Masnatta reflexiona sobre el papel de la tecnología en la educación actual, subrayando la importancia de darle un propósito claro y educativo, y considerando un nuevo rol para el docente que, paradójicamente, rescate su perfil más tradicional
—Voy a comenzar con una objeción: hablamos mucho de la importancia de la tecnología en el aula y, sin embargo, hoy el gran desafío no es el uso de la tecnología en el aula, sino la alfabetización. Entonces, ¿cuál sería una manera lógica para que la tecnología responda a las necesidades básicas de la educación?
—La tecnología tiene que tener un propósito educativo. Ahora hay algunas medidas relacionadas con la prohibición, que incluso celebran ciertas personas del mundo educativo, y a mí me parece interesante para explorar. Aparecen titulares que dicen que tal país con excelentes resultados educativos prohibió la tecnología, y yo creo que eso tiene que ver con un “No sé cómo abordar esto, necesito tiempo para darle un marco”. Creo que hay que armar células o acuerdos entre grupos de personas que nos ayuden a pensar cómo incluirla. Y que no solamente sea de directivos y jefes de departamento, sino que también participen las familias y las personas que proveen tecnología.
—¿Qué debería pensarse en esas células?
—Cómo vamos a hacer para que la tecnología tenga un uso más… me sale la palabra “humano” Y, por supuesto, inteligente. Porque lo que pasa es que el diseño de la tecnología como la conocemos está traccionado con otros propósitos. Que no están ni mal ni bien, sino que tiene propósitos —como el engagement— que van en detrimento de otros saberes o conocimientos. El desafío en tecnología es el para qué.
—¿En qué sentido?
—En el sistema educativo, entendemos que hay una disparidad entre la persona adulta y la persona más joven, que necesita un andamiaje. No tiene que ver con una situación de poder, sino con una responsabilidad. En los entornos digitales no hay alguien que se responsabilice ante algún efecto colateral, que es lo que pasa con las redes sociales o la ludopatía. En el sistema educativo, sí lo hay. Porque es quien trae decisiones y formas de pensar esa tecnología para que, en principio, tenga un uso con impacto educativo.
—Eso se da sobre todo en el caso de las tecnologías que no fueron creadas pensando en la educación, pero ¿y las que sí?
—Las soluciones de tecnología pensadas con educadores son un 100. Permiten simular y acceder a un montón de otros componentes que no podríamos tener o que serían muy caros en el mundo real. Por ejemplo, un laboratorio. Incluso, nos permiten proyectar y anticiparnos al mundo del trabajo. Pero, para eso, hay que tomar la decisión de empoderar a la persona usuaria. A mí me gusta mucho el escritor César Aira cuando habla de “abrir la caja negra”. De hecho, tiene un cuento corto en el que dice que se dedicaba a abrir los lavarropas para entender cada detalle de esa magia tecnológica. Vuelvo a la pregunta inicial: ¿cómo se puede incluir la tecnología en el aula? Primero, desmontándola. Mostrando que es un constructo social, que hay una historia de la tecnología, que esto se hizo de la noche a la mañana. Acordando para qué la estamos usando. Explicitando los riesgos de usarla. Enseñando.
—¿Y si no da el resultado esperado?
—No toda la tecnología va a dar los resultados que queremos, sobre todo a nivel educativo. Lo mismo que pasa con un libro de texto. El desafío con la tecnología es que está diseñada para parecer real, para que sea incuestionable. Vuelvo a César Aira: abramos esa caja negra y juguemos a hackearla para crear algo diferente. Ese es el camino para que la tecnología tenga un sentido poderoso en el universo educativo.
—A partir de la inteligencia artificial, ¿cómo cambia el rol del docente?
—Hace unos días leí una investigación que se hizo con 75.000 personas de diferentes lugares del mundo pensado en cómo contratan talento del futuro. Y pasaron dos cosas curiosas. La primera es que confiaban más en los criterios de una inteligencia artificial que en los humanos. Lo cual es un riesgo, porque los criterios de la inteligencia artificial justamente son creados por humanos. Y lo siguiente fue que muchas veces preferían contratar a alguien que no fuera experto en un conocimiento específico, pero sí que supiera algo de inteligencia artificial. Ese es otro riesgo, porque qué significa “saber algo de inteligencia artificial”. Yo creo que en el último tiempo empezamos a dejar de pensar en la inteligencia artificial como algo artificial y, por ese modelo conversacional, la vemos como un copiloto, como “alguien” que te acompaña. El riesgo está en creerle a la inteligencia artificial antes que a un humano. Entonces, para responder la pregunta, el rol del docente es hacer preguntas incisivas para dar cuenta de que eso que está frente a las personas no es una persona.

—Si la figura del docente se sostenía en el saber, ¿ahora se permite decir “no lo sé?
—Cierro con algo de lo anterior: en los últimos años el rol docente se había empezado a desdibujar. Yo creo que, trayendo un poco la idea de los emprendimientos, el docente es una persona que diseña experiencias de aprendizaje. La inteligencia artificial es una parte de la experiencia, pero no diseña la coreografía, no diseña el entorno de aprendizaje, ni para qué ni el cómo. Es un lindo nuevo lugar en donde la persona emprende diseños de experiencia de usuario —como lo decimos en el mundo tecnológico— pero para el aprendizaje. Tiene que ver con la pasión de quien enseña. El docente no solo se vuelve vital para el mundo educativo, sino que se vuelve vital para el mundo en general. Yendo a la pregunta, creo que hay algo interesante ahí donde el docente no solo no sabe algo, sino que dice que no necesita saberlo porque su rol es cuestionarlo.
—¿Eso qué significa?
—A mí me pasa. Yo doy clases en grado con gente muy joven y cuando les digo que usen inteligencia artificial para resolver un problema, en general se sorprenden. Sí, podés usarlo, pero me tenés que fundamentar cómo lo hiciste, por qué lo hiciste. Y el producto tiene que ser la mejor monografía de la historia. Si vas a usar la IA, yo te voy a evaluar por el proceso: cómo prompteaste, cómo planteaste el problema, cómo pudiste resolver las dificultades, cómo adecuar la inteligencia artificial. Ese es el rol docente tradicional, ¿no? Es la pregunta socrática que acompaña el saber.
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