Diego Valenzuela, intendente de Tres de Febrero, participó en una entrevista en el auditorio de Ticmas, donde habló de los desafíos de la educación y la tecnología en un mundo cambiante, incierto y que cada vez más piensa en el uso de energías puras y renovables. En ese marco, habló también de la necesidad de pensar la empleabilidad e hizo foco en Tecno3F, una escuela municipal que tiene como objetivo complementar la educación formal y brindar habilidades tecnológicas digitales.
“La escuela hoy no es lo que necesitamos que sea”, dijo casi al comienzo del encuentro.
—¿Por qué?
—Tenemos casi la misma escuela que en el principio del siglo XX. Es una escuela que aburre, que no motiva, que sigue trabajando con el aula, con el pizarrón, con los espacios estáticos. La primera tarea que tenemos todos es la de repensar la educación. Estuve en Campana, donde está la escuela Roberto Roca. No hay aulas; los espacios son abiertos. Te encontrás con un lugar donde puede haber un puf, un sillón, una mesa baja, una mesa más alta, banquetas; hay chicos haciendo ejercicios en un pasillo. No hay clases magistrales, no hay horarios fijos, no hay un docente que da cátedra, sino que da pautas y que es motivador. Es un modelo estimulante, inspirador. Donde la tecnología juega un rol muy importante, donde se ven a los chicos y a las chicas con ganas, con energía. Donde el profe se acerca a un grupito, les pregunta cómo andan con los ejercicios, y si tienen dudas las evacúa y se va, y, en todo caso, si es necesario, vuelve a explicar el contenido. Tenemos que caminar hacia una renovación de la educación. Nos quedamos en la ley 1420, que fue buenísima para otra etapa.
—Es de 1884.
—Exactamente. La educación formal tiene que cambiar. Más allá de los debates obvios de la infraestructura, y de que no puede ser una escuela de contención, una escuela comedor, de que tiene que tener idiomas y conectividad permanentemente, tiene que tener todas las herramientas que merece un niño o una niña para la igualación, para el progreso, para tener un proyecto de vida positivo.
—¿Qué es Tecno3F?
—Es algo que estamos haciendo y que viene muy bien. Es una escuela municipal de Tecnología, que complementa a la educación formal, apuntando a las habilidades tecnológicas digitales, haciendo foco en los sectores vulnerables, en la accesibilidad. Hoy, unas 700 personas están haciendo algún tipo de curso. Siempre con una certificación, con una entidad atrás que avala esos contenidos. Eso genera emprendedurismo tecnológico o con base tecnológica. Genera empleabilidad para un montón de chicos y chicas. Son cosas que pueden parecer voladas, como realidad aumentada e inteligencia artificial, impresión 3D, programación y robótica, pero también streaming, gaming, música. Yo soy un apasionado de la movida que lideran Duki, Bizarrap y tantos otros que han revolucionado la música y la cultura. Que hoy son líderes mundiales desde la Argentina. El mundo del trap está muy de la mano del streaming, del gaming; ves los cruces que se van produciendo. Hay que crear espacios para que haya semilleros de creatividad, pero dándoles a ellos las herramientas. Eso es Tecno3F. Y estamos armando una nueva sede en Villa Bosch.
—¿Cómo impacta la nueva educación en la educación tradicional?
—La educación tradicional sigue con un esfuerzo hermoso de los docentes, de los auxiliares. Todos los días repiten una fórmula con mucha creatividad, con ganas, con garra, pero una fórmula que hoy, quizá, no conecta suficientemente con estas generaciones. Todavía sigue prohibido el celular en el aula. Para mí, el primer problema es el aula. Pero, además, se prohíbe el teléfono móvil sabiendo que es una fuente de conocimientos, de información; es un dispositivo con el que podés hacer muchas cuestiones vinculadas al aprendizaje. Pero, no: si entra el celular, los chicos se distraen. ¡No! Los chicos se distraen con el tipo de clases a la antigua, con el pizarrón, la tiza y el aburrimiento de repetir conocimientos para que los memoricen. Estas nuevas maneras también interpelan a la escuela. La interpelan diciéndole que hay cursos cortos sobre cosas que les interesan a los chicos y que les viene bien para su futuro, para su empleabilidad.
—¿La escuela tiene que parecerse a eso?
—No, pero me pregunto si los conocimientos genéricos hacen a la vida de un chico, de una chica. Los ríos de Europa: si tuviéramos todo el tiempo del mundo, estaría bueno darles tantos contenidos. Pero, a veces, los toman para el examen y no los absorben. Y ni hablar del problema de alfabetización y comprensión de textos, y otros problemas más profundos. Es un esfuerzo que hay que hacer. Creo que las universidades también tienen que hacerlo. No podemos seguir pensando en una educación universitaria donde el último fin sea el título. Me imagino una educación por certificaciones que vaya reconociendo los avances sin esperar al final. Una persona que hace toda una carrera menos una materia, no completó nada. Eso es muy injusto desde el punto de vista del empleo, porque tiene un montón de conocimientos adquiridos. Si estudiás arquitectura y aprendiste a manejar AutoCAD, ese conocimiento ya lo tenés: podés ayudar en el uso de la herramienta para diseñar planos.
—En la dicotomía clásica que proponía Umberto Eco, de apocalípticos e integrados, con respecto a la tecnología estás del lado de la que aceptan.
—Sí, absolutamente. No endioso a la tecnología, como si en sí misma fuera un fin. Es un medio, pero es un medio que facilita, que estimula, que permite que el recorrido del aprendizaje sea mucho mejor. Más en los tiempos actuales. En los mundos de aprendizaje, tenemos que aprovecharlo y adaptarnos, porque, si esperamos que, para adquirir un conocimiento, un chico de 17 años lea un libro entero, bueno, eso no va a ocurrir. La tecnología también permite entender cómo es el punto de vista de los chicos. Porque también es importante que ellos jueguen y estén motivados. Qué sentido tiene generar un aprendizaje que no motiva, que aburre y que, después, termina sin ser incorporado.
—¿Cómo es la relación entre educación y trabajo? ¿Cómo lo piensan en el municipio?
—Yo plantearía dos relaciones importantes. Una es educación y ciudadanía. El rol de la educación sigue siendo tal como lo pensaron nuestros padres fundadores: construir ciudadanía. Porque, si bien no es lo mismo que en el siglo XIX, porque en aquel había muchos inmigrantes a los que había que argentinizar y la escuela —lo digo como historiador— tuvo un rol muy fuerte, la ciudadanía sigue siendo una meta. Que conozcan la historia del país, que tengan amor por el país, que conozcan la constitución, sus derechos y obligaciones, que se sientan protagonistas de la vida pública. Y la segunda dimensión fuerte es la del trabajo. El mundo del trabajo que cambia tanto con el avance de la inteligencia artificial y la automatización. El otro día escuchaba una persona que decía que, más o menos, el promedio de trabajos en la vida hoy está en 12 y en la época de nuestros abuelos era, a lo sumo, uno y medio. La gran rotación que hay hace que también haya que adaptarse a eso. Yo creo que la escuela cumple un rol. La escuela tiene que darte herramientas para tener un lugar positivo en la sociedad desde el mundo del trabajo. Sería bueno poder lograr que la escuela tenga un puente más fuerte al trabajo, a la empleabilidad.
—¿Cómo debería ser la formación para el trabajo?
—Yo creo mucho en la formación para el trabajo con un rol activo de las empresas, que necesitan la mano de obra, de los sindicatos, que son representantes claves del mundo del trabajo, y de todos los que tienen algo que ver con el empleo. La formación para el trabajo debería ser uno de los grandes ejes de la Argentina que viene, porque si no crecen los subsidios y los planes. Si logramos una buena formación para el trabajo adecuada a la matriz productiva que hay en cada distrito o en cada lugar del país, vamos a tener más personas empoderadas y capacitadas para trabajar. Una cosa que me dolió fue enterarme que la empresa Tenaris, que es una de las grandes empresas multinacionales argentinas y que está con el gasoducto desde Vaca Muerta, tuvo que traer cuarenta o cincuenta soldadores turcos para soldar los caños.
—¿Por qué?
—Porque no los conseguían acá. Me lo contaban con decepción: cómo no había en la Argentina cincuenta soldadores de alta calidad para hacer el trabajo. La paradoja es que el gasoducto que nos va a traer el gas ha sido soldado por turcos. Bienvenidos los turcos, digo, porque nos ayudaron a soldar el gasoducto y, mientras sueldan, capacitan. Pero ahí se ve el déficit. Yo veo que los centros de formación profesional y las universidades piensan la oferta educativa desde su lógica de oferta y no desde la demanda que cada distrito necesita. No es lo mismo un curso de mozo o de ayudante de cocina, que un curso de soldador, por ejemplo. Y en mi distrito hay mucha industria. Necesitamos operadores de CNC, que es el control numérico para los tornos y para la matricería de la industria metalmecánica. Esa es una de las cosas que damos en Tecno3F. A veces la oferta educativa se disocia de la matriz productiva de cada lugar y eso me parece que es algo que hay que corregir.
—Imagino que eso también evita la migración a centros superpoblados.
—Sí, por supuesto, porque vos reconocés que en tal distrito hay una cadena productiva y apalancás la educación, la educación técnica, la formación para el trabajo, los cursos en esas temáticas. Eso fortalece las cadenas de desarrollo local.
—Voy a caer en un lugar común: se dice que los estudiantes que se están formando hoy, en diez años van a trabajar en empleos que aún no han sido creados. Desde Tres de Febrero, ¿cómo manejan la incertidumbre laboral?
—Es uno de los grandes temas, porque eso que planteás es así. Es muy vertiginoso el cambio en el mundo del trabajo, que no necesariamente elimina el trabajo, sino que lo reemplaza o crea trabajos nuevos y hay que adaptarse. Es parte de nuestro desafío, más en un país con el cuarenta y pico por ciento de pobreza, donde tenemos que buscar canales para que las personas más vulnerables tengan un trabajo. Se necesitan trabajos de baja calificación con una empleabilidad rápida, pero también poder generar la instancia de la innovación de una industria 4.0, de sectores más de frontera en la economía del conocimiento, la energía, la industria automotriz. El mundo ya tiene un deadline sobre los motores eléctricos. En el mundo, las fechas son cercanas; es alrededor de 2030. Y en la Argentina estamos como si nada. Sería muy importante promoviendo eso y que llegue lo que hoy ya pasa en el mundo. En Tres de Febrero está la empresa que fabrica autos de la marca Peugeot, Citroën. Antes estaba la Fiat. Por iniciativa de ellos, me invitaron a conocer la planta de Turín, que fabrica los Cincuecento, que serían como el Fitito actual. Todos son eléctricos. ¿Por qué? Porque con esa producción logran cumplir las metas para seguir fabricando Maserattis, que son autos potentes con motores de combustión que contaminan mucho. Entonces compensan con los eléctricos.
—¿Qué le aporta la educación a estos cambios?
—Hay que empezar ya a trabajar en los temas de educación y de formación para el trabajo de tecnologías. Hay que ver cómo reconvertimos a los mecánicos que están en los barrios, que todavía están formateados para el motor de combustión, el pistón, la biela, el carburador. Un auto eléctrico tiene mucha más facilidad, se produce en un espacio mucho más pequeño como línea de producción, tiene muchas menos piezas, requiere de otro tipo de mantenimiento. La educación y la formación para el trabajo se tienen que adaptar a eso. Para responder tu pregunta anterior: hay que prepararse para la incertidumbre y hay que lidiar con la incertidumbre generando la certeza de conocer cuáles son los paradigmas a los que está yendo el mundo. Hoy las empresas están empezando a ver cómo la energía que usan es limpia.
—Me imagino que en Tres de Febrero es una problemática importante, porque es una zona muy industrial.
—Hay que medir la huella de carbono. En todos lados se mide; pero nosotros —en todos lados—no la medimos. Cualquier empresa en el conurbano industrial puede tener paneles en el techo y en siete años recuperar la inversión, dar vuelta la factura y convertir su factura de luz en negativa, porque van a empezar a vivir de la energía que generan con el sol. Obviamente depende de cuántos paneles puedan poner, del tamaño de la terraza, de la orientación. Estos son debates que hay que tener. Y que generan trabajo, porque de la mano de las energías renovables y de los nuevos paradigmas tecnológicos hay mucho trabajo. Hay que darle las herramientas a la sociedad para que pueda se pueda subir a ese tren.
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