Con casi cien años de trayectoria, el Colegio Olamí ORT de Ciudad de México recibe a casi 1.200 estudiantes que van desde el kínder hasta la preparatoria. Es uno de los colegios más importantes de la ciudad y la forma en que piensan y llevan adelante la educación es, sin dudas, un éxito. Virtualmente el 100% de los alumnos continúan sus estudios universitarios. ¿Cuál es el secreto? “Los preparamos para que tengan una proyección hacia dónde crecer y desarrollarse en su propio gusto”, decía Orly Picker, directora académica de la institución.
Justamente Picker visitó el espacio de diálogos que Ticmas montó durante la cumbre de HolonIQ en Ciudad de México acompañada por Mariana Litvin, directora de Idealab del Olamí ORT, y ambas hablaron de cómo la modalidad de Aprendizaje Basado en Proyectos es clave en la enseñanza ya desde el nivel inicial. “En cada proyecto y cada actividad”, decía Litvin, “buscamos que los chicos sean autogestivos, que desarrollen un pensamiento crítico, que sean propositivos, que sepan hacer preguntas y que tengan la visión de ser change makers, que busquen generar un impacto positivo en el mundo”.
—¿Qué resultados les ha dado el Aprendizaje Basado en Proyectos en estos años?
—La metodología general de la escuela es ABP —decía Picker— y hemos visto que proporciona herramientas de aprendizaje para que los muchachos puedan gestionar su propio aprendizaje, para que no dependan de un maestro sino que sean indagadores, cuestionadores, para que puedan aprender a resolver problemas y tengan un impacto significativo en su vida y en la sociedad. Todos nuestros proyectos, además de estar diseñados con las diferentes disciplinas, tienen que ver con STEAM [sigla de Ciencia, Tecnología, Ingeniería, Arte y Matemáticas] y ellos deciden hacia dónde llevar el producto final.
—Algo muy enriquecedor del ABP —decía Litvin— son las habilidades blandas que ellos aprenden a través de los proyectos. Además del contenido interdisciplinario y, sumado a las metodologías STEAM, aprenden a trabajar en equipo, a tener tolerancia en la frustración, a ver que el recorrido es más importante que el resultado final. Tienen habilidades que, de otra manera, con un aprendizaje frontal, no podrían adquirir.
—¿Cómo nos los evalúan?
—Es una evaluación formativa —decía Picker—. No se los evalúa con una sola instancia, sino que hay una serie de actividades a lo largo del proyecto para llegar a una calificación final. Hay rúbricas y hay listas de cotejo para que sepan el estándar al que tienen que llegar, pero al final es una suma de datos. A lo largo del proyecto se los va evaluando y ellos reciben una retroalimentación de las diferentes situaciones, procesos, proyectos, tareas, actividades, quizes, exámenes que los lleva a una calificación final.
—¿Cómo es el acompañamiento con los docentes?
—Es un trabajo de capacitación constante —seguía Picker—. Estamos llevando a que los maestros comprendan mejor el trabajo colaborativo, de co-teaching, donde el proyecto es un todo y no una idea segmentada por su disciplina. Requiere de mucho acompañamiento durante la práctica y mucho trabajo de planeación. Previo al ingreso en el salón de clase, ellos tuvieron que haber leído, conocido, interpretado, analizado el proyecto. Después se hace una planeación conjunta, porque el proyecto está tejido entre todas las disciplinas. Los maestros reciben mucha retroalimentación en la observación de clases, se capacitan constantemente en los diversos aspectos del proyecto, y los vamos acompañando en el proceso y los vamos subiéndolos al barco.
—¿Cómo toman los chicos el ABP, cómo comprenden lo que se les pide y cómo hacen un trabajo de metacognición?
—Creo que, de todos los actores —decía Litvin—, son los que más lo naturalizan, porque la vida es interdisciplinaria. Ellos juegan de esa manera y aprenden jugando. No se les hace algo raro o novedoso. Ya en secundaria y preparatoria se trabaja en grupos reducidos que les facilita el aprendizaje y cada uno va a su ritmo. Trabajar con el aprendizaje y la enseñanza diferenciada les da más chances de ser autogestivos e ir aprendiendo en el proceso. Creo que todos ya desde el kínder lo toman de una manera fluida y orgánica.
—¿Y los padres?
—Con los padres es un reto —se sincera Picker— porque todos estudiamos de otra manera. En la escuela llevamos ocho años con esta metodología y es muy enriquecedor. Hay que gestionar de a poco la confianza, pero cada vez es mayor porque estos temas llegan a casa, llegan a la hora de la comida. Se vuelven parte de la conversación en la casa, y los papás se empiezan a dar cuenta que en la escuela no hay un aprendizaje compartimentalizado sino que también es extramuro y que también le pega a toda su vida cotidiana de los alumnos. Y los papás se empiezan a dar cuenta que esto no es nada más que una cuestión de materias, sino que cobra significado, se vuelve parte de su cultura general, que muchas veces carecemos de eso. Los papás son nuestros principales socios en la educación de los hijos.
—Hay dos momentos mágicos que tenemos cada año con los papás —decía Litvin—. El primero es cuando los invitamos a los cierres de proyectos, y son los chicos quienes exponen y explica lo que aprendieron. Cuando llegan al cierre del proyecto y los chicos hablan con entusiasmo, conocimiento y usando un vocabulario, es un momento mágico. Ahí se entiende todo lo que pasa en la escuela. El otro momento increíble es el día en que se otorgan las becas de excelencias. Tenemos alumnos con muchas capacidades, con un perfil de egreso sobresaliente que tienen acceso a las mejores universidades y esto también habla del proceso y de todo lo que van adquiriendo en el día a día.
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