Estudió a las universidades de EEUU y detectó la clave para pasar la selección: “No hay mucho que se pueda hacer”

El escritor y periodista Jeff Selingo investigó los procesos de admisión de las instituciones más prestigiosas. En una entrevista con Infobae, reveló los principales hallazgos

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Jeff Selingo, escritor y periodista
Jeff Selingo, escritor y periodista especializado en educación superior

De las 24 universidades de Estados Unidos a las que contactó, solo tres le dijeron que sí. Jeff Selingo exploró durante veinticinco años el mundo universitario, pero se topó con un obstáculo laborioso a la hora de emprender su última investigación sobre los procesos que llevan a cabo las instituciones para seleccionar qué alumnos ingresan y qué alumnos quedan fuera. “En general, no están dispuestas a abrirse porque los procesos no se basan en los postulantes”, reveló en una entrevista con Infobae.

Selingo es uno de los disertantes invitados a la octava edición del Congreso Internacional de Innovación Educativa (CIIE) que organiza el Tecnológico de Monterrey. En 2020, publicó su último libro: Who Gets In & Why: A Year Inside College Admissions, que fue elegido entre los 100 títulos más relevantes del año por el New York Times.

Selingo, que fundó la Academia para el Liderazgo Innovador en la Educación Superior, se propuso responder una pregunta muy recurrente, que le hacían en cuanto evento y seminario visitara: ¿por qué es tan difícil ingresar a las universidades de Estados Unidos?

“En realidad no es tan difícil si se miran los números -respondió-. Hay más de 4 mil universidades y la tasa de aceptación promedio es del 65%. Así que lo realmente difícil es entrar a un grupo selecto de universidades. Hay 200 instituciones donde aceptan menos del 15% de estudiantes. Esas son las más populares. Yo quería ver dentro de esos procesos. Saber por qué es tan complejo pasar la admisión allí.

-¿Qué descubrió?

-Lo que descubrí es que en realidad la admisión trata sobre las prioridades institucionales. No es sobre el postulante. Son prioridades que establece cada casa de estudios: a lo mejor quieren personas de cierto estado o de cierto país, a lo mejor quieren alumnos que puedan pagar la matrícula completa, a lo mejor quieren más ciencias o más humanidades, incluso a lo mejor necesitan un arquero para su equipo de fútbol. Es decir, no tiene nada que ver con el postulante en sí mismo. Me refiero a que no importa cuán buenos sean o cuál sea su potencial.

Entonces, por ejemplo, tenés una universidad que acepta al 25% de sus postulantes. Pero eso no quiere decir que vos tengas 1 de cada 4 posibilidades de ingresar. Tenés 100% de chances de entrar si encajás dentro de lo que están buscando o 0% si no coincide con lo que necesitan.

-En ese contexto, ¿qué puede hacer el postulante para sobresalir sobre el resto?

-Mi consejo es: “Intentalo lo más que puedas y ojalá que la suerte esté de tu lado”. Mucho está fuera de su control realmente.

Selingo dio una de las
Selingo dio una de las conferencias en el CIIE

-¿Una opción sería fijarse en otras universidades menos populares? ¿O la diferencia de calidad es muy grande?

-Siempre le pregunto a la gente por qué cree que esa que eligió es la mejor universidad. La respuesta es usualmente por el nombre, por la marca. Lo comparo con un boliche que tiene una larga fila esperando afuera y la gente se suma a la fila porque piensa que será divertido, porque es muy popular. Después entran y se dan cuenta de que no les gusta la música.

-¿Pero las empresas no se guían también por ese nombre de la universidad a la hora de contratar?

-Sí, pero eso está cambiando. Hay vida después de la universidad. Las grandes compañías tienen grandes base de datos en las que siguen a los empleados dos años después de contratados a ver si tuvieron éxito y por qué lo tuvieron. En la mayoría de los casos descubren que no importa la universidad a la que concurrieron o sus calificaciones. Hay muchos otros factores que entran en juego y son más importantes. Creo que en un tiempo va a cambiar y el nombre de la universidad dejará de tener tanto peso a la hora de contratar.

-Con todo eso, ¿considera que el sistema de admisión estadounidense está obsoleto? O, más bien, ¿hay algún sistema mejor?

-El actual no es el proceso óptimo, pero tampoco sé si hay algo que funcione mejor. Sugerí en el pasado que podría ser una máquina la que determine la selección, pero la gente prefiere a los humanos.

-¿Qué valor tiene hoy el título universitario de grado? Se suele decir que cada vez menos.

-El título universitario es el nuevo título de preparatoria. Es la mínima credencial para desarrollarte profesionalmente. En los próximos años creemos que tendremos cada vez más títulos complementarios cortos, “micro-maestrías”, cursos individuales. Vamos a hablar mucho de flexibilidad.

-Usted investiga las universidades desde hace 25 años. ¿Se produjeron suficientes cambios desde entonces o hay un rezago?

--Las universidades cambian muy lentamente. Han estado por aquí cientos de años. Los estudiantes cambian mucho más de lo que cambian las instituciones. Y eso es parte del problema: hay una gran brecha entre los alumnos de ahora y lo que las universidades les ofrecen. Hoy hay más opciones, hay títulos alternativos, por lo que eso presiona a las universidades. Hay algo que se llama isomorfismo, que significa que todas las universidades tratan de ser como todas las universidades. Si vos tenés un departamento de ciencias políticas, yo tengo que tener un departamento de ciencias políticas. Eso no necesariamente alienta la innovación.

-¿En qué puntualmente observa ese brecha entre lo que los estudiantes pretenden y lo que las universidades ofrecen?

-Los estudiantes quieren aprender de distintas maneras, quieren manos a la obra, quieren proyectos, quieren más pasantías, quieren aprendizaje híbrido, a veces online y a veces presencial, quieren más flexibilidad. Lo comparo con el modo en que nosotros solíamos ver películas. Yo ahora puedo elegir la película que quiera, a la hora que quiera, pero en educación tengo que presentarme a cierta hora, a cierto momento. Los estudiantes quieren más flexibilidad respecto a cómo, dónde y cuándo aprenden, pero las universidades tradicionales no responden a eso. La pandemia solamente aceleró el proceso.

-En la discusión sobre la pospandemia, hay dos bandos. Por un lado, los que creen que nada volverá a ser igual en educación. Por otro, más escépticos, lo que piensan que cuando se recupere la normalidad todo volverá a ser como era antes de la pandemia. ¿Usted dónde se ubica?

-¿Tengo que elegir un bando? (risas). Creo que tendemos a exagerar para ambos lados. La pandemia aceleró cambios que iban a ocurrir de todos modos. Si tuviera que elegir un bando, sería el del cambio. No creo que vaya a ser tan rápido como la gente cree, pero será más profundo, tendrá más impacto. Llevará más tiempo, pero el cambio será más grande.

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