
En un panel organizado por la solución educativa Ticmas, Melina Nogueira Fernández, Gabriela Ocaño y Fernando Peirone debatieron sobre el alcance y objetivos de la enseñanza de la programación en el aula.
Melina Nogueira Fernández es licenciada en Administración y Sistemas (UBA), docente e investigadora y maestranda en Ciencia, Tecnología y Sociedad (UNQ). Gabriela Ocaño es licenciada en Sistemas y vocera de Argentina Cibersegura, docente y profesora en el Colegio Nacional Buenos Aires. Fernando Peirone es docente e investigador de la UNSAM, fundador de la Facultad Libre de Rosario y Director del Observatorio Interuniversitario de Sociedad, Tecnología y Educación (UNSAM – UNPAZ – UNIPE), además de coordinador de las Tecnicaturas Informacionales de la Universidad Nacional de José C. Paz.
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Los tres especialistas se interrogaron sobre diferentes problemáticas asociadas a la programación: ¿cómo impactan los cambios sociales en los procesos de enseñanza y de aprendizaje en una disciplina cada vez más ubicua?, ¿cuáles son las claves y estrategias que se deben poner en práctica?, ¿alcanza con transmitir los conceptos clave de la programación?
Los desafíos de la escuela
“El primer desafío al que se enfrenta la escuela”, comenzó Nogueira, “tiene que ver contextualizar el vínculo de la tecnología y la sociedad. Entender el rol que está cumpliendo en nuestros estudiantes, en un mundo cada vez más digitalizado. El segundo desafío es de las propias dinámicas y estrategias y aprendizaje que tienen esos temas de saberes informacionales o competencias digitales. Y el tercero, pensando que la escuela forma futuros ciudadanos que van a ocupar un lugar en el mercado productivo, son los vínculos con la empleabilidad”.
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Peirone agregó una cuestión más, que tiene que ver con la manera distinta en que docentes y estudiantes observan y organizan el mundo. “Estamos en un pasaje de una cultura y de un proyecto cultural a una nueva lógica epistémica. Cuando se habla de saberes y competencias informacionales, tal vez tendríamos que concentrarnos en eso. Suele pasar que cuando le preguntamos a los jóvenes qué debemos hacer para lograr un objetivo frente a una pantalla —sea una computadora o un cajero automático—, los chicos reaccionan de manera malhumorada y eso tiene que ver que se violenta la lógica de la explicabilidad. Ellos incorporan el conocimiento a partir de una lógica visual donde hay una serie de elementos que definen qué hacer y que no tiene que ver con una secuencia sino con una lógica operativa”.

El desarrollo de destrezas
Gabriela Ocaño da clases en primer año y siente que su tarea es trabajar con la tecnología, pero haciendo hincapié en las habilidades del siglo XXI: “Las profesiones en las que ellos puedan llegar a trabajar van a estar mediadas por la tecnología, pero probablemente todavía no estén inventadas. Entonces, se busca desarrollar el que puedan aprender a aprender, el saber reconventirse y adaptarse. Comenzamos el año viendo que el programador trabaja en equipo, debe tener creatividad y poder negociar. Hacemos un recorrido durante un año y vamos haciendo diferentes proyectos. Y terminamos programando y escribiendo código”.
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“La manera en que se enseña a programar hace un modus operandi de pensar”, señaló Nogueira. “En la estructura hay un desafío, un problema, algo que se tiene que resolver, se descontextualiza el problema, se descompone en partes para identificar si el problema responde a determinados patrones, se prueba, se hipotetiza, se buscan estrategias. Todo hace a un modo de pensar que es importante debatir porque la programación se automatiza cada día más y el debate tiene que ver con hacia dónde va la forma de aprender programación. Hay que hacer una revisión constante de la forma que se va aprendiendo”.
Sigue Ocaño: “Hay un tema con el error. Les cuesta un montón aceptar el error, entonces prefieren no tirar la línea de código por miedo a equivocarse. Hay que enseñarles que el error suma, que del error aprendés, que vas a probar un programa, que está bien equivocarse, que vas a programar cada vez mejor. Que en programación se trabaja en equipo y que eso hace que logres un programa mejor, más legible”.
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Saberes sociales
Nunca se termina de responder la pregunta sobre la enseñanza de programación porque el tema, de alguna manera se vuelve inasible. Por un lado, hay una demanda de desarrolladores, pero a la vez, si se enseña la cuestión instrumental sin investigar el impacto que provoca en lo social, en lo político, en lo económico, en lo educativo, se caería en una situación sofisticada pero no muy diferente a lo que sería mostrar cómo hacer un motor en explosión en plena revolución industrial.
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“Necesitamos expandir la idea es de una episteme”, remarcó Peirone, “de una lógica que habitamos y observamos y organizamos el mundo. La tecnología organiza buena parte de nuestras vidas offline: está presente en el modo que conseguimos pareja, que viajamos, que organizamos nuestro tiempo libre. Pensar todo esto en cuanto a la centralidad al pensamiento computacional y la programación me parece francamente una reducción. Cuando programamos, programamos para algo. De lo que hablamos acá es de un pensamiento que contiene a la programación y a la lógica computacional, pero que también tiene un montón de aristas que la educación todavía no ha incorporado, no ha desarrollado ni asimilado y por lo tanto no lo puede enseñar ni evaluar. Estamos ante un gran desafío”.
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