Renta financiera: ¿gravar o no gravar?

Por Pablo Caramelo

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Gravar a la renta financiara
Gravar a la renta financiara replicará en un incremento de las tasas, incluso las que paga el Estado por sus bonos.

Es ya una costumbre en el ámbito de la política argentina que sus actores principales, los políticos, recurran en tiempos proselitistas a esgrimir la propuesta de gravar impositivamente la renta financiera. El hecho de que quienes se encuentran lanzados en la carrera por captar el voto de las mayorías realicen tan insistentemente esta propuesta encuentra su fundamento en la buena recepción que esta propuesta tiene entre los votantes. Hasta acá todo parece funcionar debidamente, ¿Qué mejor que los políticos propongan y concreten medidas que se encuentren fundadas en la voluntad de las mayorías?

No obstante, el inconveniente radica en que, en tanto al mercado de capitales se refiere, prima en la sociedad argentina un difundido desconocimiento respecto a sus características y sus funciones. Tal es así, que quien no se encuentre familiarizado con este mercado percibe que esa especie de submundo de las finanzas se encuentra reservado únicamente para prestigiosos economistas o avezados analistas financieros, entendiendo de esta forma al mercado de capitales como algo estrictamente ajeno a la cotidianidad y las necesidades del ciudadano de a pie. Sin embargo, esta concepción confronta con los hechos, dado que a partir de las características propias del sistema de producción vigente, el mercado financiero en su conjunto desempeña un rol fundamental para el desarrollo de la actividad económica y social.

El desconocimiento imperante respecto de las funciones y características del sistema financiero no es, desde ya, una responsabilidad del público sino que el mismo se origina, principalmente, en el escaso grado de inclusión financiera difundida por la cultura económica imperante en nuestro medio. Habiéndose relegado la difusión y capacitación en esta materia al reducido ámbito de la denominada "city financiera" y al de algunos pocos inversores curiosos que se han adentrado por sus propios medios en este mercado. Es probable incluso que el escaso grado de repercusión con el que cuenta el mercado de capitales en nuestro entramado social sea responsabilidad también de quienes constituyen cotidianamente este mercado. Quizás, por cierto aire de suficiencia o miopía cortoplacista por parte de aquellos que más conocen sobre este mercado, haya propiciado la inaccesibilidad que ha caracterizado al segmento en relación al alcance del público en general. Ya sea por el hermetismo del lenguaje, la escasa divulgación de los instrumentos y poca difusión de sus conocimientos, pareciera que los operadores del mercado buscan mantener celosamente protegidos los reductos de su oficio. Motivados quizás por la exclusividad generada a partir de sus conocimientos o el beneficio de pertenecer a un selecto grupo, han propiciado ellos mismo la marginalidad del mercado. Pero, lo más preocupante del caso es el desconocimiento que los actores políticos demuestran al momento de impulsar y proponer sin el debido análisis, el denominado impuesto a la renta financiera.

En resumidas cuentas, se ignora que tanto el Mercado de Dinero como el Mercado de Capitales actúan como polea de transmisión entre los ahorros existentes en una economía y aquellos sectores requieren fondos para emprender, concretar inversiones o simplemente consumir. Permitiendo así, canalizar aquellos fondos ociosos de los que disponen los agentes económicos dentro del circuito productivo. De esta forma, un mercado financiero desarrollado y sólido, conlleva un efecto dinamizador sobre la actividad económica, favoreciendo las inversiones de largo plazo, la innovación, el desarrollo e incluso el consumo.

Considerando estos aspectos, comprenderemos que la aplicación de un gravamen a la renta financiera no resultará inocua en términos de la actividad productiva, ya que ineludiblemente, redundará en un incremento en los costos del crédito. Dado que los bancos deberán pagar una tasa de interés mayor que compense a los inversores al menos en parte la perdida generada por el impuesto de forma tal de que las instituciones financieras puedan continuar disponiendo de fondos para otorgar financiamiento. Esta suba en las tasas de interés que los bancos abonan, lógicamente será luego trasladada a las tasas de interés activas, es decir la que los bancos cobran a las familias y las empresas por los créditos que solicitan. Este mecanismo generará un marcado desaliento a la toma de créditos para el consumo y la inversión, lo que implicará un mayor freno en la actividad productiva.

De la misma forma, un impuesto sobre quienes inviertan en títulos públicos replicará un incremento en la tasa de interés exigida por los inversores para financiar al propio Estado, lo cual sumará mayores inconvenientes al ya comprometido financiamiento del erario público. Asimismo, este desincentivo a las inversiones financieras a través de su gravación impositiva implicará una patología aún mayor: un impulso todavía más sensible a la fuga de capitales. Es decir una mayor dolarización de los portafolios que luego se traducirá en una exclusión de tales fondos del sistema, destinando los mismos hacia cajas de seguridad, resguardo bajo el colchón o incluso en cuentas en el exterior.

Toda esta dinámica generada a partir del gravamen impositivo sobre la renta financiera redundará en un menor volumen de inversión para nuestra economía, con las nefastas implicancias que eso generaría en la ya tan golpeada actividad económica local. En lugar de propiciar acciones que restrinjan aún más el minúsculo mercado de capitales argentino, los funcionarios y las distintas plataformas de los espacios políticos, deberían procurar su desarrollo y su crecimiento a partir, fundamentalmente, de la capacitación y la inclusión financiera. Por supuesto, debemos contar con un esquema tributario progresivo que permita redistribuir desde los sectores más favorecidos económicamente hacia los sectores más expuestos socialmente, de forma tal de permitir la construcción de una sociedad igualitaria y desarrollada. Pero debemos ser cautelosos al momento de debatir las posibles implicancias de la aplicación de un impuesto. Es indudable que el gravamen impositivo sobre las operaciones financieras de las personas físicas no es el camino adecuado para la conformación de un sistema tributario progresivo, dadas sus implicancias negativas en tanto al consumo, la inversión y por ende en el mercado de trabajo.

(*) el autor es licenciado en Economía

Twitter: @caramelo_pablo