
Lionel Scaloni es el Gringo. El apodo que lo acompañó en su camino a transformarse en leyenda, por su gran trayectoria como futbolista, pero por sobre todo por la gloria cosechada como entrenador de la selección argentina. Con Pablo Aimar, Roberto Ayala y Walter Samuel como laderos, le reabrieron las puertas a los títulos: el Mundial de Qatar 2022, las Copas América 2021 y 2024 y la Finalissima.
Sin embargo, a lo largo de su historia, no fue el único sobrenombre que lo acompañó. El libro “Scaloni, biografía oficial”, escrito por el periodista y escritor Diego Borinsky, revela varios detalles de la intimidad del orientador de Pujato, de 47 años. Entre ellos, el alias que lo identificaba en Newell’s cuando era un adolescente y el fútbol era un sueño a perseguir por su tozudez y convicción.
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“Leo, siempre me dijeron Leo. Y después en Newell’s empezaron con Chacra, porque a los del campo nos dicen chacareros”, reveló en la obra de Borinsky. No obstante, cuando de Estudiantes dio el salto al fútbol europeo, más precisamente al Deportivo La Coruña, el apodo se modificó... Muy a su pesar.
Al Súper Depor, donde se transformó en ídolo, llegó con Sebastián Abreu, quien había descollado en San Lorenzo. Un goleador tan prolífico en la red como para coleccionar experiencias con diferentes camisetas: pasó por 32 clubes en 22 años de carrera. Histriónico y bromista, igual que aquel Scaloni, el argentino fue víctima de su ocurrencia a la hora de ser ungido con un nuevo sobrenombre.
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“Yo le puse Caballo, por su característica para correr, típica de un caballo de carrera. Lionel tiraba larga la pelota y metía cogote y cogote. En ese momento dije ‘Es igual a un caballo’. Y todos se cagaron de risa”, narró el Loco en el libro.

“Al principio no le gustaba que le dijeran así y me respondía: ‘Dejá uruguayo, muerto, carne de paloma, gracias a nosotros están donde están’. Viste cómo son los vestuarios, ¿no? Cuanto menos te gusta que te digan algo, más te lo dicen. Al final, terminó aceptándolo“, completó la anécdota.
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Más allá de la puja por el sobrenombre, los dos solían complotarse para las bromas: “Hacíamos pavadas como dar un mate con sal a uno que quería probarlo por primera vez. O dárselo frío. En esa época no había calzas térmicas, entonces escondíamos el buzo de abrigo y la campera de lluvia de algunos y después veíamos cómo los buscaban desesperados. La mayoría se lo tomaba bien, aunque alguno que otro se enojaba”.
Claro, juntos se potenciaban. “Salíamos a comer, hacíamos asado; éramos una banda grande de argentinos, uruguayos y brasileños, pero sin nosotros dos faltaba algo. Éramos el truco y el retruco de las bromas, y los demás disfrutaban cómo nos bombardeábamos”, comentó Abreu.
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Fueron solo seis meses los que el atacante estuvo en La Coruña: suficientes para dejar su huella en la historia del campeón del mundo. “Nos volvimos a cruzar en un partido y recordamos viejos tiempos. Por más que no tengo contacto frecuente con él, hay una generosa empatía. Y ver todo lo que ganó con todos los cascotazos que le tiraron me genera mucha alegría”, cerró el Loco, autor de uno de los apodos desconocidos del DT de la selección argentina, que en el Mundial 2026 irá por más gloria, sin importar cómo lo llamen.

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