
La tradición de exhibir la bandera tras una victoria en el atletismo internacional es una imagen recurrente: atletas envueltos en sus insignias nacionales recorren la pista después de obtener una medalla, fusionando la celebración individual y el orgullo colectivo.
El gesto, ahora habitual en los Juegos Olímpicos y campeonatos mundiales, invita a preguntarse cuándo surgió y por qué se consolidó.
Actualmente, la secuencia resulta familiar. Al cruzar la meta o recibir la medalla, los campeones extienden la bandera sobre los hombros y comparten el momento con el público y los medios.
En el último Campeonato Mundial de Atletismo celebrado en Tokio, la mayoría de los medallistas repitió este ritual, convertido en símbolo de triunfo y pertenencia. Sin embargo, el origen del gesto no es tan nítido.
Gestos pioneros y la consolidación de un símbolo

Una de las versiones más difundidas atribuye el inicio a Carl Lewis, quien en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984, tras conquistar la primera de sus cuatro medallas de oro, desfiló por la pista con la bandera de Estados Unidos en alto.
Aquella imagen marcó un punto de quiebre en la iconografía deportiva. Lewis repitió el acto en cada una de sus victorias en esos Juegos.
Pese a la notoriedad, el entorno del atleta, según información de L’Equipe, defendió siempre la espontaneidad, negando cualquier planificación deliberada. Paul Tucker, quien entregó la bandera a Lewis, afirmó al Los Angeles Times: “Él nos vio y nos pidió la bandera. Así de simple”.

El análisis retrospectivo permite identificar festejos anteriores. Adhemar Ferreira da Silva, triple saltador brasileño, celebró en Helsinki 1952 con un ramo de flores en una mano y la bandera de Brasil en la otra.
En Múnich 1972, el ugandés John Akii-Bua ondeó la bandera de su país tras triunfar en los 400 metros vallas, dejando huella en el recuerdo olímpico. Aunque menos documentados, estos episodios evidencian que la relación entre victoria y bandera cuenta con una historia más profunda.
No todos los campeones adoptaron el símbolo. Jesse Owens, figura emblemática en Berlín 1936 y ganador de cuatro oros, prefirió un saludo militar en vez de portar la bandera estadounidense, en un contexto de segregación racial.

En Montreal 1976, el francés Guy Drut recibió una pequeña bandera al ganar los 110 metros vallas, pero el gesto no se popularizó entonces. Estos ejemplos, recopilados por L’Equipe, revelan que la costumbre no se consolidó sino décadas después.
Contexto histórico y evolución del ritual deportivo
Patrick Clastres, historiador especialista en deporte internacional y profesor de la Universidad de Lausana, señala un punto de inflexión definitivo en la historia reciente.
Según explicó a L’Equipe, la caída del Muro de Berlín y el fin de las grandes ideologías propiciaron la aparición de nuevas naciones y banderas, visibles en citas como los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992, cuando países como Croacia debutaron con sus propios símbolos.
Clastres diferencia el “patriotismo bondadoso”, asociado al orgullo nacional, de un “nacionalismo” de tono más agresivo, y advierte que el uso de la bandera admite interpretaciones muy dispares según el contexto geopolítico.
El ritual institucionalizado y su significado actual

Hoy, la entrega de la bandera al atleta es ya parte del protocolo. El decatleta Kevin Mayer, bicampeón mundial y medallista olímpico, lo describió en L’Equipe: “Siempre hay alguien de la federación esperándote en la meta. No eres tú quien premedita nada. Es la federación la que te entrega la bandera en cuanto ganas una medalla”.
Para Mayer, portar la bandera significa mérito y fuente de valor personal: “Siempre ha sido un momento genial decirse a uno mismo: ‘¡Sí, acabo de ganar algo, tengo mi bandera!’”.
Christophe Lemaitre, triple campeón europeo y medallista olímpico, expresó una visión similar. Explicó que nunca reflexionó sobre el significado del gesto; simplemente lo imitó tras verlo en grandes competiciones: “Lo hice porque me parecía obvio, natural. Estaba orgulloso de recorrer el estadio celebrando con la bandera”.

Ambos deportistas coincidieron en que ni las federaciones ni las marcas deportivas dictaron instrucciones sobre el uso de la bandera.
Si bien las empresas patrocinadoras pueden valorar la visibilidad del símbolo nacional—sobre todo si cubre logotipos rivales—, Mayer fue enfático: “Nunca fue una estrategia de marketing, nunca me pidieron que ocultara nada”.
Por su parte, la World Athletics, la federación internacional, facilita la entrega de banderas y respalda la práctica como parte del protocolo.
Con los años, el ritual se ha naturalizado y cuenta con el aval de las autoridades deportivas. Según destaca L’Equipe, las instituciones prefieren este tipo de manifestaciones simbólicas frente a la aparición de mensajes políticos en el escenario deportivo.
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