Oscar Moreno se sube al colectivo en González Catán y se baja en la estación Morón. Ahí comienza su recorrido. Morón-Moreno, Moreno-Once y vuelta a empezar. Cuando se queda sin productos se traslada a Constitución, donde un mayorista le ofrece “mejores precios” para hacer la diferencia en su nuevo estadio; los vagones del tren. Antes trajinaba el ramal Mitre. Hoy es local en el Sarmiento, donde la gente cogotea al escuchar su arenga-alocución de venta, lo agarra del brazo, confirma su identidad y cae mansamente en el canto de sirenas, como lo hacían los delanteros rivales ante el implacable Muro.
El discurso es honesto, directo: “Buenas tardes, mi nombre es Oscar Moreno. Fui jugador de Los Murciélagos, el seleccionado argentino de fútbol para ciegos. Gané dos Mundiales y también soy medallista olímpico. Todo eso se puede buscar en Internet, por si alguien quiere corroborarlo. Ahora estoy vendiendo biromes y lápices. Cuatro por mil pesos, cuatro por mil pesos”, repite el ex futbolista, y su palabra surte efecto. Los compradores se multiplican, aunque el contacto difícilmente se reduzca a un mero intercambio comercial. Siempre hay una palabra de aliento, un breve diálogo. También el dueño incrédulo de un celular que lo inocula en las redes y hace viral; lo empuja a a una, dos, diez notas contando su presente.
“Siempre pensé que las biromes eran más para el inicio de clases, pero al final se venden siempre. La gente necesita tener una encima. Decidí salir a vender por necesidad. Las medallas de oro no te dan de comer. Tengo un curso hecho de instructor de ventas y me dije: ‘Voy a salir a trabajar’”, relata el Muro, de 52 años, la génesis de sus excursiones sobre las vías.
Su carrera en el fútbol para ciegos estuvo tapizada de gloria. Junto a estrellas de la disciplina como Silvio Velo y Diego Cerega, el ex jugador de River Plate ganó las Copas del Mundo en 2002 y 2006, la Copa América 2005 y la medalla de plata en los Juegos Paralìmpicos de 2004. El clímax con la pelota, según evoca, le llegó en 2006 “en la final contra Brasil como locales. En un brazo tenía el trofeo y en el otro a mi hija Karen, que hoy tiene 23 años”.

En la actualidad, los botines están guardados juntos a los recuerdos; salen en algún picado ocasional. Percibe el equivalente a dos jubilaciones mínimas por la medalla paralímpica. Y tiene siete hijos; cuatro de ellos aún pequeños. Suficientes motivos para decidir salir a la calle. “No me quejo. Soy un agradecido a Dios por todo lo que tengo. Por ahí me costó el primer vagón, pero me hice un speech y lo demás se va dando día a día”, naturaliza su fluidez a la hora de plantarse ante los potenciales compradores.
“Ojo, no me compran por lo que digo o porque soy yo, es relativo. A veces paso por una formación y no vendo nada y en la siguiente me sacan las biromes de las manos”, analiza las oscilaciones del mercado en el que se desenvuelve. Además del dinero para completar los ingresos familiares, el Muro cosecha historias, anécdotas.
“Por ahí viene uno y te dice ‘qué bien lo que estás haciendo’. Otro te pregunta en qué te puede ayudar. Hubo un señor que me pidió un autógrafo para el nietito porque era coleccionista. Eso te hace sentir bien”, enumera. Pero hubo una escena durante sus recorridas que valió un título del mundo.
“Un día, después de mi discurso de venta, un chico me pidió una birome. Yo extendí la mano y me dijo ‘acercate’. Estaba en silla de ruedas. ‘Cuando supe quién eras supe que tenía que hablarte’, me dijo. Y me contó que quería jugar al básquet adaptado. Yo le respondí: ‘¿Por qué no? Los límites nos los ponemos nosotros mismos’. Me dio un abrazo sentido y me dijo: ‘Me motivaste’. Eso me emocionó mucho", narra con la sonrisa tatuada.

En las últimas semanas, lo que implicaba apenas su rutina se convirtió en novedad. Y otra vez su nombre mutó en noticia, como en sus épocas de referente de los Murciélagos. “No lo podía creer, no estaba en mis planes. Estoy agradecido a todos los que se me acercaron y se interesaron. Mis hijos lo ven como algo normal, sí me dicen ‘saliste acá’ o ‘apareciste allá’”, describe esta segunda oleada de fama.
Mientras, la cooperativa familiar de venta se fue expandiendo: su hijo Braian atiende un puesto de tortillas en Isidro Casanova, en Marconi y Juan B. Justo. “Me han ofrecido algun trabajo fijo, formal, pero no se terminó de concretar. Me gustaría”, revela. Y tiene proyectos en conjunto con Adrián Almasio, otro ex staff del seleccionado albiceleste.
“Queremos dar charlas en empresas, en clubes. Es una forma de motivar, de contar nuestras experiencias; que la gente que ve, se ponga las gafas y enfrente la vida desde nuestra perspectiva. Tal vez ahí vea que con todos los sentidos el problema que tiene por ahí no es tan grave. Tengo varias propuestas, sueño con poder llevárselas algún día al presidente”, vende con magnetismo, como si estuviera en el vagón del Sarmiento; un día más en la oficina para el Muro Moreno.


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