
Para el deporte argentino los primeros años de los 70 fueron tiempos de brillar en solitario. Mientras el sueño de gloria colectiva se alimentaba de momentos aislados de los seleccionados de fútbol, básquet, rugby y poco más, las grandes tapas de diarios y revistas siempre iban de a uno. Locche, Monzón, Galindez, Demiddi, Reutemann, De Vicenzo… de ellos y de algunos otros se trataban nuestras grandes conquistas deportivas. De ellos y de Guillermo Vilas. Por cierto, el del zurdo porteño marplatense por adopción, de vincha y pelo largo al viento, fue un caso singular aún en medio de aquella legión de talentos.
Solo la formidable explosión de Las Leonas con la entrañable Lucha Aymar a la cabeza produjo un fenómeno de popularidad y tsunami de negocio e infraestructura similar. Así como hoy encontramos canchas de hockey en cualquier rincón del país y se venden palos como si estuviéramos en la India, con Vilas crecieron los asociados a los clubes de tenis, crecieron exponencialmente las inversiones en construcción de canchas de alquiler y el negocio de las zapatillas, las raquetas y las pelotitas hasta cambiaron la lógica de inventario de muchas de las más grandes casas de deportes.
De su mano muchos periodistas y aficionados nos familiarizamos con términos como drive, slice, top spin, ace o drop shot y la tele empezó a gastar horas de satélite cuando se acercaban las finales de Roland Garros y Forest Hills o el Torneo de Maestros.
Desde ya que no fue Vilas el primer nombre propio del tenis argentino. Sin embargo, desde que sacó de la cancha central del Buenos Aires con la mano derecha sangrante ni más ni menos que a Bjorn Borg el tenis argentino comenzó un recorrido de valoración doméstica e internacional que se mantiene hasta la actualidad. Aquella fue la final del República de 1973, en la que el sueco corrió un globo y cayó pesadamente atajándose contra la alcantarilla de hierro del fondo de la cancha. Y le siguieron finales ganadas a Orantes y a Panatta y la del Masters de Melbourne a Nastase y todo aquello que cada uno de nosotros recuerda a su manera para darle al Gran Willy la dimensión de una especie de San Martín de nuestro tenis.
Esa actualidad, que alguna vez explotó incomparablemente con la Legión y aún con momentos de inestabilidad siempre se mueve en zona de excelencia, se corporiza, una vez más y desde 2001, en el llamado Argentina Open, torneo que, para los historiales, ocupa el lugar “Siglo XXI” no solo de aquellos ganados por Guillermo sino de esos en los que brillaron apellidos como Robson, Russell o Morea desde fines del Siglo XIX.
En más de dos décadas, el tenis argentino sumó un torneo cuyo prestigio le permitió ya no contar con cuadros más exigentes que los de, por ejemplo, el certamen de Rio que lo duplica en puntos y premios, sino además habernos permitido ver de cerca a fenómenos de la dimensión de Nadal, Kuerten, Moya, Ferrero, Ferrer, Wawrinka, Robredo, Thiem, Nishikori, Ruud y todos los cracks argentinos que, en más de una edición, hubieran bastado para asegurarle el éxito al torneo.
La gran novedad de la fiesta tenística que acaba de empezar con una fase previa digna de torneos grandes, es la presencia de Carlos Alcaraz, el número dos del ranking que, en 2022, se convirtió en el tenista más joven de la historia en alcanzar la cima de la clasificación.
Hay una infinidad de razones que nos permiten disfrutar de un espectáculo que no hace juego con la crisis económica que atraviesa nuestro país (ni que hablar la que tocó en la segunda edición jugada los meses después del desastre de diciembre de 2001). Motivos que van desde la pasión de un público sabio degustador del juego hasta las bondades de una ciudad tanto más disfrutable para visitarla que para vivirla.
Hay mucho más que eso pero elijo la omisión solo por el vínculo personal y profesional con Martín Jaite, director y mentor original de esta fascinante aventura deportiva. Por mucho que descrea de la objetividad, a veces es mejor priorizar el buen gusto de no caer en la parcialidad afectiva.
En todo caso, dejó abierta la puerta para que sea cada uno de ustedes quien descubra cada una de esas razones. Porque, como en tiempos de Vilas, lo que convoca es el tenis. Pero lo que se vive en esta semana de febrero del Buenos Aires es bastante más que eso.
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