
Nadie elige dónde nacer. Siempre trato de recordar que estar en este lado del mundo, después de que mis abuelos y abuelas escaparan desde Europa Oriental hace unos cien años para llegar a Buenos Aires, es fruto del azar. Y que entonces es casualidad también que justo me haya tocado festejar dos títulos del mundo, y que Maradona y Messi jugaran con la camiseta por la que hincho. No elegí eso, no me cabe por eso ningún mérito que no tenga alguien que nació en otro lado y que vibra por otros colores. Y tampoco elegí vivir el fútbol de la manera en que lo vivo, esa que aprendí sobre todo en esas calles de Villa Crespo que caminaron mis abuelos y abuelas.
No me siento superior a nadie por el lugar que me tocó. Hace unos años, a la salida de un partido de Champions que había jugado el Atlético de Simeone, viajé en un vagón del metro de Madrid poblado de hinchas colchoneros. Se subió una chica que le dijo sin vueltas a la divertida multitud: “Si hubiera sabido que venían ustedes no subía nunca, ¡que yo le voy al Madrid!”. Le respondieron con algunos chistes, todo en un tono muy cordial. Les envidié esa posibilidad de convivir sin problemas, sobre todo sin el temor de que surgiera una agresión. Y al mismo tiempo entendí que, sin ser yo un violento, estaba muy lejos de esos modales relajados y que también ellos se estaban perdiendo de algo.
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Se habló mucho por estos días de esas maneras diferentes que tenemos de experimentar un partido en este lado del mundo. Antes de que se tratara de establecer algún tipo de superioridad moral desde Europa o desde aquí por ese tema, ya Luis Enrique había hablado de los hinchas argentinos con mucha empatía y, casi desde la preocupación (como si pensara: “A esta gente le va a dar algo”), planteado que no estaría mal reducir en algo la carga pasional que le ponemos al fútbol. E incluso Lionel Scaloni, aparentemente asustado después de ver a Pablo Aimar al borde de un colapso en la victoria ante México y de escuchar que su hermano se había ido al campo para no ver el partido por la tensión que le generaba, hizo un llamado a bajar algunos cambios. Si alguien albergó alguna esperanza de que esa prédica se hiciera carne en los hinchas o en los jugadores argentinos, los arrebatos de pasión después del triunfo contra Países Bajos terminaron de desmoronarla.
En estos días mundialistas, siento esa manera de vivir el fútbol como una condena al mismo tiempo que es la puerta a grandes alegrías. Como una especie de bendición maldita.
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Físicamente necesito que el Mundial termine. Presumo que la afirmación me costará el rechazo de muchos, incluso de algunos que viven codo a codo conmigo los partidos y que me ven festejar, insultar, vociferar y casi lagrimear por la emoción liberada cuando termina eso que algunos califican como una fiesta. Siento que mi cuerpo cruzó un límite, probablemente en el preciso momento en que el neerlandés Wout Weghorst metió el gol que mandó el choque de cuartos de final al tiempo suplementario, y que todo lo que ocurrió después fue un viaje al borde de la cornisa en el que ninguna reconvención racional que traté de forzar en un acalorado diálogo interno (“tenés una familia que está bien, tenés un trabajo que te gusta, ya dijo que Scaloni que mañana va a salir el sol igual”) funcionó para recuperar algún tipo de equilibrio y ponerme a salvo.
Es justo consignar que la situación no comenzó con este Mundial. Que en mi expediente como hincha aparecen abrazos con desconocidos en la cancha de Atlanta, una caminata a Luján de agradecimiento por un ascenso en aparente contradicción con mi judaísmo, gritos de madrugada en hoteles que motivaron quejas desde las habitaciones contiguas y desde la conserjería, golpes de descarga a las paredes ante la salvación de un descenso y una enorme cantidad de situaciones que no enumero porque, a diferencia de las anteriores, me avergüenzan.
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Pero en estos días, la cosa parece haber ido incluso un poco más allá. Después de los minutos de alegría que siguieron al grito por el penal de Lautaro Martínez, no pude evitar pensar que este martes contra Croacia me esperaba una experiencia similar, en la que además de ninguna manera está garantizado tener otra vez un final feliz. Será otro viaje en el que probablemente me vuelva a cuestionar por ser quien soy, por darle tanta importancia a esto.
Tal vez algo de eso explique el sueño que tuve anoche. Estaba festejando en Scalabrini y Corrientes, con mi remera de homenaje a Maradona y envuelto en banderas. Entre la gente, aparecía la Uva, mi bisabuela. Me reconocía enseguida y me decía al oído: “Ingale, por todo esto es que vinimos acá”.
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Me desperté pensando.
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