
Pablo Prigioni llevaba apenas horas en Las Vegas, como parte de la concentración argentina en la previa de Tokio, cuando se acercó a Facundo Campazzo durante una práctica para invitarlo a hacer un ejercicio de técnica individual. Consistía en que el jugador exagerara la técnica de lanzamiento, flexionando las piernas casi hasta el suelo, buscando fijar la importancia en el tiro de sacar la fortaleza desde abajo. El ejercicio era lo más estético y cómodo, se trataba de una especie de salto de rana, hecho de manera lenta… Pero la estrella argentina lo hacía una y otra vez, dejando la sensación de que mucho tuvo que ver quién se lo enseñó… Y con qué argumentos. Así fue con otros jugadores durante la previa hasta viajar a Tokio, cuando las partes tomaron distintos caminos: Prigioni se volvió a Minnesota para ocupar su rol de principal asistente de los Wolves en la NBA y el equipo tomó vuelo para disputar los Juegos Olímpicos. El cordobés había sido invitado por Sergio Hernández para ser parte del staff en la previa, para pasar sus conocimientos y, a la vez, aprender del básquet FIBA, desde la óptica de coach. Pero, más que recibir conocimientos, Prigioni impactó con lo que trasladó al resto desde los otros entrenadores, todos consagrados en sus roles de asistentes, hasta los jugadores, que quedaron impresionados con los conocimientos, el equilibrio y la voz de mando del ex integrante de la Generación Dorada. Fue tanto el protagonismo en esos días en Estados Unidos que hasta el equipo comenzó a usar una jugada nueva que bautizaron PP por las iniciales de su nombre y apellido.
Como muestra vale un botón, dice un refrán, para entender por qué Prigioni es el flamante entrenador argentino. Esto no viene de ahora, sino desde la época de jugador. Pablo siempre fue un entrenador dentro de la cancha. Porque tenía cada partido, cada acción, en la cabeza, a veces incluso antes de que pasara. Un conductor excelso, con gran visión de campo, y lectura de juego además de muchos recursos para pasar la pelota y una importante voz de mando, como líder. Al seleccionado llegó tarde, tras la gran dupla que formaron Pepe Sánchez y Alejandro Montecchia, pero su presencia permitió no extrañar a Pepe, cuando el bahiense decidió retirarse de la Selección luego del Mundial 2006. Desde el Preolímpico de Las Vegas, en 2007, se adueñó del puesto y fue el cerebro durante los siguientes siete años, logrando el título del Preolímpico 2011 y la medalla olímpica de bronce en 2008, además de arañar otra en Londres 2012. La dupla que hizo con Luis Scola quedó en la historia, no sólo en el seleccionado sino también en Europa, puntualmente en el Baskonia español. Entre ellos llevaron a la excelencia a una jugada que hoy es la principal en el básquet mundial: el famoso pick and roll, esa acción que juegan 2 vs 2, con un portador de pelota y otro que bloquea, generando variantes para continuar la jugada, dependiendo de cómo reacciona la defensa. La ejecución fue magistral y potenció la cantidad de puntos que hizo Scola, en ambos lugares. Algo parecido a lo que pasó con la dupla John Stockton y Karl Malone en Utah Jazz de la NBA en los años 90.
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Esa inteligencia, sumada a otras cualidades muy interesantes, de permanente evolución en su juego, le permitieron dar un improbable salto a la NBA, en 2012, cuando ya tenía 35 años. Lo mágico de la carrera de Prigioni es que siempre logró mucho más de lo esperado y nunca dejó de crecer, incluso en sus últimos años... Hay que decir que el nacido en Río Tercero, que tuvo como referentes a Marcelo Milanesio y Gustavo Fernández cuando crecía, saltó a la escena nacional jugando en la segunda división argentina, con Belgrano de San Nicolás, y cuando pasó a Obras Sanitarias, en 1998, lo hizo jugando de escolta. Recién a los meses de estar en el club de Nuñez, por decisión de Eduardo Cadillac, uno de los mejores armadores de la historia que justamente en ese momento era el coach del Tachero, Prigioni pasó a jugar como base, básicamente porque se lesionó el armador titular, Christian Aragona. En esa temporada sorprendió a todos, Obras llegó a semifinales de la Liga Nacional y Pablito ya no volvió a jugar más como escolta…

En 1999 emigró a España, al Fuenlabrada y, tras dos años, pasó a Alicante. De la mano de Julio Lamas, comenzó a destacarse, primero en la segunda división y luego en la ACB, la mejor competencia de Europa. En 2003 dio el salto al Baskonia, donde se consagró ganando varios títulos, hasta el desafío máximo en 2009, en el Real Madrid. En la ACB, prácticamente, se transformó en el último base pasador del básquet moderno, una característica que ni siquiera abandonó en la NBA. En la mejor liga del mundo ya había aparecido la tendencia del base anotador, el cambio hacia un básquet muy veloz y vertical, con mucho uso del tiro externo, pero a él no lo perjudicó. Al revés. En Estados Unidos valoraron esa pausa, esa visión, esa capacidad de encontrar siempre al compañero libre como prioridad.
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Fue parte de una de las últimas temporadas ganadoras y esperanzadoras que gozaron los hinchas de los Knicks de Nueva York. En la 12/13, como suplente de Raymond Felton, impuso su sello en un campañón que incluyó 54 triunfos en 82 partidos y una llegada hasta las semifinales del Este. En el Madison lo abrazaron y hasta llegaron a corear su nombre. Su defensa sagaz y agresiva, el juego pensante y los múltiples recursos para armar juego con oficio y pasar lo convirtieron en uno de los más valorados por los exigentes hinchas neoyorquinos. Además todos se deleitaban con una jugada de pillo que hacía en la salida del rival tras conversión. Se escondía y cuando el base se “dormía” en la recepción de la pelota, él estaba para robarla y ganar una nueva posesión. Cómo será de inédita la acción que un operador de cámaras del Madison le confesó que, las primeras vez que hacía esos robos, no quedaban registrados. Claro, el enfoque estaba en la siguiente ofensiva, nadie enfocaba la salida del rival. “Pero cuando vos estabas en cancha, obligaba a que una cámara se quedara en la salida, para que filmara por si robabas la pelota”, le confesó al mismísimo jugador.
Prigioni estuvo en los Knicks hasta 2015, luego pasó a los Rockets y más tarde, hasta casi los 39 años, a los Clippers. En cada destino le reconocieron su inteligencia, oficio, lucidez y permanente mentalidad de equipo. “Yo consumía la NBA pero nunca pensé que estaba capacitado para jugar ahí. Cuando me dijeron del interés de los Knicks pensé que era una broma. Tenía muchísimas dudas cuando llegué, sobre todo para jugar en defensa y contener a jugadores más jóvenes y con más capacidades físicas que yo. Por suerte todo eso fue en la teoría, me las pude rebuscar y pude dejar mi sello”, admitió.
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Adelantado como siempre fue, en cada equipo buscó sacarle el jugo a cada entrenador en la NBA: Mike Woodson en los Knicks, Mike D’Antoni-Kevin McHale en los Rockets y Doc Rivers en los Clippers. Ya tenía todo en su cabeza lo vivido con el exigente Dusko Ivanovic en Baskonia. Tal vez por eso no sorprendió que, poco más que un año después de su retiro en la NBA, asumió como entrenador del Baskonia, el equipo donde había sido un ídolo y referente. Claro, la experiencia no arrancó como había soñado. Tras siete derrotas en ocho juegos, renunció al cargo y sostuvo su decisión pese a que varios jugadores fueron hasta su casa en Vitoria para que reviera la determinación. Había intentado hacer jugar al equipo como lo había visto en la NBA, mucho más rápido, sin que los jugadores europeos estuviesen listos en ese momento. Cinco años después, como quiso jugar es cómo se juega hoy… Como siempre, como cuando era jugador, Pablo había estado adelantado. Era cuestión de tiempo…
Siempre Prigioni fue entrenador, incluso antes de serlo. Pero no sólo porque Pablo fue siempre un técnico dentro de la cancha por ocupar el puesto de base. Sino porque, como jugador y líder de grupo, siempre pensaba como tal. “El que seguro será entrenador será Pablo. Y el que más rápido hará la transición”, acordaban sus compañeros de GD cuando eran consultados por el futuro de cada uno en el banco de los suplentes.
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Tras lo que pasó en España, al otro año le llegó la chance de sumarse a los Nets de Nueva Jersey como asistente de Kenny Atkinson. En silencio, trabajando en equipo, comenzó a ganar protagonismo y a escalar posiciones dentro de la franquicia que buscaba pelear el campeonato. Después de un año en los Nets, recibió una oferta para una mudanza. Los Nets querían que siguiera pero lo tentó más la propuesta de Minnesota, que incluía el proyecto de Gersson Rosas, el colombiano que era el Presidente de Operaciones del equipo. Llegó para ser parte del staff de Ryan Saunders y, de a poco, se transformó en su principal asistente, como encargado principal de la ofensiva. Además su voz dentro de la franquicia aumentó al punto de ser importante en la decisión del equipo de seleccionar a Leandro Bolmaro en el draft de 2020 y luego sacarlo de Barcelona en 2021 para sumarse a la NBA. Despedidos Saunders e incluso Rosas, Prigioni mantuvo su cargo e incluso lo afianzó con Chris Finch, el nuevo DT, al punto de haber renovado el contrato con los Wolves.
Alguno podría decir que, para semejante cargo, que apenas tuvo seis entrenadores en 28 años, Prigioni no tiene experiencia suficiente como head coach, pero no es tan lineal. Es verdad que dirige desde el 2017 y que casi nunca ha tenido un grupo a cargo, pero a la vez la realidad es que Pablo está haciendo un master en la NBA y ha logrado sumar información, tanto de los mejores como de las experiencias que ha tenido en la previa de los Juegos de Tokio como en las ventanas FIBA, en las que también se sumó al seleccionado. Se nota que Pablo absorbe rápido, mira, escucha y aprende. Y, luego, claro, ejecuta, porque si hay algo que tiene, además de equilibrio, es carácter, para tomar decisiones. Es jugadorista, se ocupa de que todos estén cómodos, pero a la vez no le tiembla el pulso para ejecutar. Todo esto llegó a oídos de la dirigencia de la Confederación Argentina para tomar la decisión de nombrarlo como reemplazante de Néstor García.
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Su decisión de hacerse cargo del puesto, en un momento tan complejo, tras el escándalo que produjo el despido del Che, también habla de él. “La verdad es que me sorprendió mucho”, admitió el Chapu Nocioni en una nota con el sitio Básquet Plus. El compañero de GD, durante tantos años, dio a entender que pensó que no iba a agarrar este fierro caliente y más todavía con el rechazo que genera la figura de Fabián Borro, presidente de la CAB, en casi toda la camada de oro del básquet argentino. Salvo Prigioni y Leo Gutiérrez, que seguirá como asistente de Pablo, el resto no comulga con el dirigente principal, con algunos tomando una postura muy combativa, como la que tuvo Luis Scola durante sus últimos años en la Selección o como la que mostró Nocioni en esa misma nota. “Yo no pienso involucrarme porque no me siento identificado con la gente que está hoy. Tampoco creo que nosotros, por ser jugadores de básquet, tengamos que solucionar los problemas de nuestro deporte en el país. Los problemas son de fondo. Nosotros podemos ayudar, aportar un contacto, pero no me siento en la obligación de hacerlo”, dijo el Chapu, siempre directo.

Que la mayoría no lo haga no quiere decir que Prigioni no sienta que es el momento de poner el hombro, cuando el seleccionado está en un momento de transición, entre aquel subcampeonato mundial del 2019 que no pudo sostenerse, en especial en los Juegos Olímpicos, y lo que vino después, el lógico duelo que generaron las partidas de dos referentes top, como Scola y Sergio Hernández, luego de Tokio. “Es el momento de ayudar, si querés al equipo nacional y al básquet”, cree Pablo, pese a que eso le genere quedar como aliado de un directivo sin plafón popular. A priori, la única duda tenía que ver con su otro trabajo, en la NBA, en especial si podría estar durante las próximas dos ventanas clasificatorias, en noviembre y febrero. La NBA no deja que sus jugadores y entrenadores dejen la competencia, que arranca en octubre y termina en junio, pero en este caso hizo una salvedad que sorprendió a Pablo. Lo autorizaron a estar presentes en las dos fechas que definirán si Argentina se clasifica al Mundial 2023. Algo clave para la construcción del equipo y para el futuro del básquet argentino.
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Por lo pronto, los compañeros de camada saben que capacidad le sobra. “Pablo es una gran persona, conozco la forma que tiene de trabajar y ojalá pueda aportar dentro y fuera de la cancha, porque me parece que hay que también valorar lo que puede dar afuera. Ojalá sea el principio para superar el momento. Los jóvenes necesitan alguien que los empuje y que a su vez tenga experiencia, como Pablo”, asegura Campazzo, bajando a tierra a cualquiera que piense que Argentina sigue siendo una potencia, como en su época. “Esto de querer tener otra Generación Dorada, de decir que vamos a llegar al Mundial holgados, o que vamos estar siempre en los Juegos Olímpicos no es así. Hay que asumir esa realidad, primero. Si no lo hacemos, vamos a estar complicados, porque las expectativas te condicionan. Hay que ser claros con la gente. Estamos en un momento con algunos jugadores con talento, otros jóvenes con potencial, otros que ya crecieron y hay que empezar a trabajar una idea. Lo que no puede faltar es un proyecto. Entonces, contar con un entrenador que pueda proyectar es lo que tenés que lograr ahora” analizó el Jugador del Pueblo.
Por lo pronto, por visto en Brasil, durante la Americup, ilusiona el comienzo de Pablo como DT. ¿Ya le podemos decir la Prigioneta?
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