
El 15 de junio de 1958 Argentina perdió 6 a 1 con Checoslovaquia, quedó afuera del Mundial de Suecia, dio por finalizada una era en el fútbol argentino y desnudó los hilos de una concepción autoconstruida a comienzos de siglo. Había perdido más que un partido. Era la revelación de una cruel realidad sobre el profesionalismo y la preparación física, opuesta a la conciencia de pureza y talento del fútbol criollo.
Argentina regresaba a una Copa del Mundo tras 24 años de ausencias. Un año antes había deslumbrado en la Copa América de Lima con un equipo que conserva un espacio en la memoria y en la historia: la delantera de "los Carasucias", Corbatta, Maschio, Angelillo, Sívori y Cruz, mereció un seudónimo que distinguiera la desfachatez de sus jugadas. Solo conoció goleadas: 8-2 a Colombia, 3-0 a Ecuador, 4-0 a Uruguay, 6-2 a Chile y 3-0 a Brasil en la final sirven para reconocer la opulencia de esa selección y la magnitud de la desilusión del Mundial inminente.
Dirigía Guillermo Stábile, goleador del Mundial de 1930. Su ciclo a cargo del equipo nacional sucumbió en 1958, junto al entramado, el juicio, la valoración, las convicciones y la doctrina de una selección que recibió un baño de realidad en el Mundial de Suecia, bautizado tras la derrota como el "desastre de Suecia". Stábile fue designado de forma permanente como seleccionador de la Argentina en 1953: hasta entonces repartía su puesto como entrenador de clubes. Después de la debacle, fueron convocados tres técnicos para reconstruir la identidad del fútbol argentino.
A Suecia no fueron Maschio, Angelillo y Sívori, integrantes del campeón sudamericano que después del certamen continental fueron transferidos a equipos italianos. Años después, Maschio confesó que estaban disponibles para asistir a la cita mundialista: "No fuimos a Suecia porque nunca nos llamaron. Y tampoco supimos jamás el por qué. Creo que podríamos haberle aportado más ritmo, más roce con equipos europeos, más experiencia. Pero nunca sabremos lo que pudo haber pasado".

Argentina creía que iba como candidata. Empezó el torneo con un gol de Orestes Omar Corbatta a los dos minutos. Se validaba la teoría del fútbol argentino como faro mundial. La derrota posterior por 1-3 contra la Alemania Federal no ponía en discusión este preconcepto. Mucho menos con la victoria por 3 a 1 ante Irlanda del Norte en la fecha siguiente. Se acercaba Checoslovaquia, que había empatado 2 a 2 con los alemanes y perdido 1 a 0 con los irlandeses.
Argentina – Checoslovaquia habían jugado un amistoso en Buenos Aires, en el marco de una gira sudamericana realizada en agosto de 1956. Fue victoria 1 a 0 del seleccionado nacional con gol de Antonio Angelillo. Los checoslovacos jugaron también contra Brasil, Uruguay, Chile y hasta un amistoso ante River que terminó 1 a 1 (gol de Enrique Sívori). Francisco Blasej, presidente de la delegación checoslovaca, destacó la habilidad y el manejo de la pelota de los jugadores argentinos.

Pero el 15 de junio de 1958, la historia fue otra. En el estadio Olimpia de Helsingborg, Argentina formó con Amadeo Carrizo; Federico Vairo, Francisco Lombardo, Pedro Dellacha; Néstor Rossi, José Varacka; Omar Oreste Corbatta, Norberto Menendez, Ángel Labruna; Ludovico Avio y Osvaldo Cruz. Era un equipo de primera línea. A los ocho minutos, gol de Milan Dvorak. Al entretiempo, 3 a 0 abajo. Al descuento de Corbatta de penal a los 20 minutos del segundo tiempo le siguieron otros tres tantos del rival para firmar la peor derrota en la historia argentina de los Mundiales.
"No es cuestión de hombres", escribió Ricardo Lorenzo, alias Borocotó, para la revista El Gráfico. Elogió la disciplina, la preparación física y el orden táctico del juego checoslovaca, valoró la velocidad, "corriente moderna", como factor decisivo y cuestionó el profesionalismo de los jugadores argentinos: "El equipo fue superado netamente por rapidez, estado atlético, organización, sobriedad y sentido práctico". Dante Panzeri redactó una columna contundente: "El mito de que somos los mejores del mundo afortunadamente ha caducado. Hay que aprovecharlo como un saludable tropezón capaz de recordarnos que, quien mal camina, se puede caer. Ésta es una caída más en nuestro fútbol. No es la primera, ni tampoco será la última".

Stábile renunció, Labruna se retiró de la Selección y reconoció: "Fuimos con los ojos vendados, a ciegas. No estábamos preparados ni física ni tácticamente para afrontar tres partidos en una semana". La selección regresó al país la tarde del 22 de junio. La esperaban cerca de diez mil personas, según las crónicas de época, en el Aeropuerto de Ezeiza. "La recepción no fue fría, ni silenciosa, ni tranquila. Mientras los familiares aguardaban abajo, trémulos, intranquilos, arriba desde la plataforma un gentío los insultaba, les tiraba monedas y les hacía señas aludiendo al 6-1", narró la cobertura de El Gráfico.
Fueron recibidos como "criminales de guerra", tal como ilustró Labruna. Carrizo dijo que "cuando llegamos al país el avión tuvo que aterrizar en una chacra de Monte Grande para que no nos mataran. Algunos periodistas argentinos que estaban en Suecia le habían pedido a la gente que nos fueran a buscar con palos y piedras, había mucha bronca, nos querían matar, decían que éramos vendepatria". De la vergüenza de aquel partido bisagra, se conformó una nueva filosofía de juego. El 6 a 1 de Checoslovaquia obró como una toma de conciencia: la gambeta y el talento individual no lo era todo.
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