
Antony Moncada Telada es Antony en la remera. Tiene 22 años y al Manchester United le costó 100 millones de euros en el mercado del verano europeo. Es el segundo futbolista más caro en la historia del club, el cuarto más caro en la historia de la Premier League y el más caro en ser vendido de la Eredivisie, la liga neerlandesa. Nació en Brasil el 24 de febrero de 2000. En Osasco, una región ubicada al oeste de la metrópolis de San Pablo, un suburbio, una favela. Ahí se crió, ahí aprendió a jugar a la pelota en el Gremio Esportivo Osasco, donde lo captaron con ocho años, y al fútbol en las divisiones inferiores de San Pablo, donde ingresó con catorce.
Contó su historia de vida en The Players Tribune, una plataforma digital donde los atletas relatan sus vidas en primera persona. Antes ya había dicho: “La verdadera presión fue cuando vivía en una favela y me iba a la escuela a las nueve de la mañana sin saber si podría volver a comer hasta las nueve de la noche”. El comienzo de su relato es revelador: “Nací en el infierno. Eso no es una broma. Para mis amigos europeos que no saben, la favela donde crecí en São Paulo en realidad se llama Inferninho, ‘pequeño infierno’”.
“Si realmente quieres entenderme como persona, entonces debes entender de dónde soy. Mi historia. Mis raíces. Inferninho”, es la continuidad de su exposición. Es, también, una forma de defenderse ante las críticas que surgieron luego de que una jugada suya se hiciera viral. Iban 37 minutos del primer tiempo del duelo entre Manchester United y Sheriff que se jugó por Europa League a fines de octubre. Iban cero a cero cuando el delantero recibió sobre la banda derecha y antes de que se le acercara el marcador giró dos veces sobre su eje sin despegar su pie zurdo sobre un perfil de la pelota. Un pase de baile, una maniobra tan difícil de ejecutar como inútil, un acto de irreverencia que despertó críticas hasta en una gloria del club, Paul Scholes. Lo acusó de “fanfarronear” y dijo: “No sé lo que está haciendo con esa jugada. Es un ridículo. Es exhibicionista. Creo que necesita que lo golpeen fuerte dentro del campo. ¿Qué estaba pensando?”.
Por eso tal vez Antony dice que para entenderlo, hay que conocer de dónde es. Lo detalla: “Es un lugar infame. A quince pasos de nuestra puerta principal, siempre había traficantes de drogas haciendo sus negocios, pasándose cosas de mano en mano. Estábamos tan acostumbrados a ver armas que ni siquiera daba miedo. Eran sólo una parte de la vida cotidiana”. “Solo aquellos que lo han vivido pueden entenderme -insiste y ejemplifica-. En mi camino a la escuela una mañana, cuando tenía unos 8 o 9 años, me encontré con un hombre tirado en el callejón. Él no se movía. Cuando me acerqué, me di cuenta de que estaba muerto. En la favela te vuelves un poco insensible a estas cosas. No había otra manera de ir, y tenía que ir a la escuela. Así que cerré los ojos y salté el cadáver”.
Dijo que lo que lo salvó fue la pelota: “Mi amor desde la cuna. En Inferninho no nos importan los juguetes para Navidad. Cualquier pelota que ruede es perfecta para nosotros”. En la favela -explicó- juegan niños, ancianos, maestros, trabajadores, traficantes, mafiosos. Ahí son todos iguales. Él jugaba descalzo, no importaba que le sangraran los pies. No tenían dinero para comprarse botines. “Yo era pequeño, pero regateaba con una mezquindad que venía de Dios. Driblar siempre fue algo dentro de mí. Fue un instinto natural. Y me negué a inclinar la cabeza ante nadie. Con una pelota en los pies no tenía miedo”.
Los trucos que lo convirtieron en un fantasista y en un irreverente los aprendió en YouTube. Toniolo, un tío que en verdad era un vecino, le prestaba el wifi para estudiar las gambetas de Ronaldinho, Neymar y Cristiano Ronaldo. Toniolo también le regaló su primer videojuego. “Si Toniolo tenía dos hogazas de pan, era una para él, la extra para nosotros. Esto es lo que la gente no entiende de la favela. Por cada persona que hace el mal, hay dos que hacen el bien. Siempre digo que crecí en el lugar equivocado, pero con las personas adecuadas”, graficó.

El 15 de noviembre de 2018 debutó profesionalmente. Ingresó por Helinho al minuto 25 del segundo tiempo con la camiseta 39 en la espalda. San Pablo empató 1 a 1 con Gremio. “A los 18 años todavía dormía en la cama con mi papá. ¡Era eso o el sofá! No teníamos otra opción. Incluso en 2019 cuando anoté un gol contra el Corinthians en la final paulista, volví a la favela esa noche. La gente me señalaba en la calle. ‘Te acabo de ver en la tele. ¿Qué estás haciendo acá?’. ‘Hermano, vivo acá’. Todos rieron. Ellos no lo creían”.
Antony vivió cuatro años estrepitosos: desde Inferninho pasando por Ámsterdam para llegar a Manchester. La próxima escala es el Mundial de Qatar. A veces le preguntan si tiene miedo de jugar al fútbol en algunos estadios, en algunos contextos. “¿Miedo? ¿Qué es el miedo? -responde-. Cuando creces teniendo que saltar sobre cadáveres solo para llegar a la escuela, no puedes tener miedo de nada en el fútbol. Las cosas que he visto, la mayoría de los expertos en fútbol solo pueden imaginar. Hay cosas que no puedes dejar de ver”.
Su relato en The Players Tribune es la vía que encontró para contar su vida y para que esa experiencia ayude a explicar por qué juega como juega: “Con una pelota en los pies, solo debes sentir alegría. Nací regateador. Es parte de mis raíces. Es el regalo que me llevó de los barrios bajos al Teatro de los Sueños. Nunca cambiaré mi forma de jugar, porque no es un estilo, soy yo. Es parte de mí. Una parte de nuestra historia como brasileños. Si solo miras un clip de diez segundos de mí, entonces no lo entenderás. Nada de lo que hago es una broma. Todo tiene un propósito. Avanzar con audacia, infundir miedo en el oponente, crear espacio, marcar la diferencia para mi equipo”.
Asegura que antes de salir a la cancha piensa de dónde viene. Cuando se ata los botines piensa en su favela. “Siempre digo que donde quiera que vaya en la vida, no importa lo que me pase, represento el lugar que me enseñó todo”, dijo. “Si todavía no me entiendes, o si todavía piensas que soy un payaso, mira lo que tengo en el brazo”, cerró. En su brazo tiene un tatuaje que comparte con su hermano mayor. Dice “Quem vem de lá sabe um pouco do que eu já passei” (“Quien viene de la favela sabe un poco de lo que he pasado”).
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