
La incesante lluvia que acompaña el trazado del Gran Premio de Brasil desde su inicio impide la visión normal sobre la cinta asfáltica. El agua caída desde el cielo o la que se acumula en algunas partes le pone un tono épico a una jornada que, sin que nadie lo espere, será histórica. El argentino Carlos Reutemann domina de punta a punta a bordo de su Williams-Ford.
Aquel vehículo tiene un pequeño detalle que será clave para entender la historia: el número 2, que daba cuenta de su posición dentro de la escudería campeona en 1980 y que ese mismo año repetiría esa gesta. El Lole sabe que en breve llegará la orden de abrir paso para que el australiano Alan Jones, el 1 del team, tome el liderazgo de la carrera.
"Jones-Reut", impone el cartel que cuelga de la mano del manager de Williams Jeff Hazell protagonizando involuntariamente una postal que se inmortalizará por décadas. El mensaje es claro: el equipo debe trabajar para cuidar al campeón de 1980 y preferido de los dueños.
En el circuito ubicado en Jacarepaguá –que ese día inicia un proceso que durará nueve años en continuado recibiendo el Gran Premio de Brasil en reemplazo de Interlagos– faltan 9 giros para ver pasar la bandera a cuadros. Reutemann pisa el acelerador a fondo y empieza a dar las primeras señales de rebeldía. No va a dejar pasar a Jones, por más que el contrato que había firmado con Frank Williams así lo indicaba en estos casos.
El piloto argentino, que por entonces estaba a punto de cumplir 40 años, venía de respetar las formas en Long Beach durante la primera carrera de la temporada. Una chicana le había jugado una mala pasada en Estados Unidos, Jones le arrebató el primer sitio y él aceptó la orden de no atacar a su compañero de escuadra. El 1-2 fue para Williams en armonía.
En Brasil, Reutemann no tenía la misma idea. Quería hacer valer su potencial. La orden desde boxes llegó en la siguiente vuelta, la 56. Se repitió de manera consecutiva en la 57 y 58. Desde la pista, él respondía con tiempos cada vez más contundentes.
La desesperación reinaba al costado de la pista y el quiebre irrumpió a dos vueltas del final. El mismo cartel en manos de los auxiliares y la sentencia definitiva realizando tiempos inalcanzables.
A un giro del final, la bandera a cuadros decretó de manera anticipada el triunfo de Reutemann. Los reglamentos imponían que una carrera bajo la lluvia no podía demorar más de dos horas y ese tiempo se había cumplido. El argentino había consumado una rebeldía que al final del año le costaría demasiado cara. La furia en la sección de Williams era infinita.
Lole trepó hasta lo más alto del podio con el italiano Riccardo Patrese a su izquierda y un espacio vacío por el derecho. La bronca de Jones fue tal que optó por no acercarse a recibir el premio correspondiente.

"Nunca vi ningún cartel. La carrera fue difícil porque llovía todo el tiempo y había que concentrarse en el auto para no cometer el más mínimo error", declaró en boxes abriendo miles de interrogantes. Al mismo tiempo, negó una y otra vez ver a Jones en sus espaldas alegando tener "empañado" el visor.
Ese fue el principio del fin. Jones quedaría lejos en la pelea y Reutemann comenzaría a dar batalla por el título contra un brasileño que empezaba a diagramar su perfil para hacer historia: Nelson Piquet.
El Lole no pudo repetir el triunfo de Brasil en sus tierras al quedar detrás de Piquet en el GP de Argentina. Sí se apropió de la corona en la quinta fecha, dentro del circuito de Zolder en Bélgica. Y así, con dos victorias y siete podios, arribó hasta la última jornada persiguiendo el título.
El complejo circuito de Las Vegas, en octubre de 1981, vio al vehículo de Reutemann más lento que de costumbre. Apenas culminó la carrera en el octavo puesto, muy lejos del triunfo de su compañero de equipo Jones, que obtuvo por entonces la segunda victoria de la temporada aunque le sirvió de poco ya que no podía retener la corona

El 5° puesto le alcanzó a Piquet para sumar 50 unidades y aventajar por un punto a Reutemann, que sin la confianza de su equipo y el odio de su compañero de pista se quedó peleando en soledad con un auto que hasta a él mismo le despertó sospechas por su rendimiento.
En 2006, a 24 años de su retiro de la Fórmula 1, volvió a encontrarse con Frank Williams en la central de la empresa y ensayó una serie de preguntas sobre el motor, las cubiertas y el chasis utilizado en esa temporada. Habló durante más de una hora con su viejo jefe, quizás para saldar deudas pendientes. Nada podrá sacarle de la cabeza las incógnitas que se sembraron sobre sus espaldas tras aquella costosa rebeldía en Río de Janeiro que hoy cumple 37 años.
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