
No estaba buscando libros de madres, de crianza, de infancia, nada en particular, pero así pasó. Apareció entre las novedades del mes Soledad inesperada, una obra de la poeta Teresa Arijón con una fuerte referencia autobiográfica: la madre que “se va al cielo” cuando la narradora es una nena. Y, por otro lado, salió Amendoeiras, donde la periodista Luciana Rabinovich vuelve a Río de Janeiro, donde nació, con su madre, que la tuvo ahí sola, porque el padre “no pudo” hacerse cargo.
Por otro lado, vuelvo yo a un clásico, Los miserables, ese texto inolvidable donde Víctor Hugo mostró, hacia mitad del siglo XIX, la desigualdad, la injusticia y el coraje tremendos. Y de lo que son capaces algunas madres, ya que estamos.
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1) ‘Soledad inesperada’, de Teresa Arijón

Hay algo de insoportable, de asfixiante y, a la vez, de hermoso en este libro desde la dedicatoria. A mi madre. A quienes la amaron. Quienes tuvimos madre mucho tiempo sabemos el agujero de su ausencia, la idea de su partida cuando éramos chicas es impensable. A su madre, dedica esta obra Arijón, nacida en Buenos Aires en 1960.
La escena inicial no hay manera de contarla, salvo como lo hace ella misma:
“Siente que le tocan el hombro para despertarla. Un brazo le sostiene la espalda y la levanta con suavidad, la ayuda a sentarse en el borde de la cama. Que no es la suya: hace más de dos días que no duerme en su casa. Los labios de su tía Lula tiemblan.
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—Tu mamá se fue al cielo.
¿Al cielo cómo?, pregunta. ¿Cómo al cielo? Entiende nítidamente lo que acaban de decirle, pero quiere que le digan otra cosa, que le mientan. Sobre todo, quiere huir. Huir de su propio cuerpo."
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De ahí en adelante, la historia se contará en textos poéticos, en referencias a otros autores, en el diálogo con una psicoanalista que, entendemos, habla con la Teresa adulta y va rearmando, reubicando lo que dejó esa partida. No sin agudeza, pero no sin filo.
“—Nunca me acuerdo de ella —digo.
—¿Y por qué está tan convencida? —pregunta N."
La muerte de esa madre está vinculada a un embarazo, el de la hermana de la narradora, que no llega “a sentir la inmensidad del aire, el trauma de respirar”. La nena lo ha intuido, el embarazo le dio miedo desde el vamos.
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La soñará, después, yéndose: “Dejándome, contra su voluntad, pero dejándome”. La soñará joven, de espaldas, ella la llama pero la mamá no responde, no sabe quién es esa joven (¡si ella tenía una niña!): “No sabía quién era yo, no me conocía”, escribe Arijón, y nos quedamos ahí en ese sin remedio que es lo insoportable de la muerte.
Hay una crianza, una prima que toma el lugar de la hermana, una hermana que tal vez no hubiera querido que ella llegara. Un ser una más sin dejar de ser un poco de afuera. ¿Un ser un poco sapo de otro pozo para siempre?
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La madre del libro se llamaba Delia, como la mía. Pienso que quizás eso me haga sentir más cerca. Y que, ante la muerte de la madre, en algún lugar nos volvemos a sentir chicas: ese lugar se llama desamparo.
2) ‘Amendoeiras’, de Luciana Rabinovich

Si la madre de Arijón había muerto y estaba ausente, la de Rabinovich no puede estar más presente. Una madre que decide tenerla sola, en el exilio, aunque el padre -un militante— declara que no puede hacerse cargo y no lo hace. Este relato también es autobiográfico: Luciana nació en Río de Janeiro en 1984 y arranca hablando de él: “No tengo foto, tampoco una descripción suya. No conozco su cara”.
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El libro, publicado por Vinilo, va de un presente en el que la chica vuelve a Río con la madre a ese pasado donde todo empezó. ¿Por qué se quedó en Brasil, cuando se quedó sola? Y, a la vez, ¿por qué se fue de ese paraíso?
“Cuando vos naciste las hojas de las amendoeiras estaban rojizas”, le cuenta la madre. La imagen vale un recuerdo y un título: las amendoeiras son una maravilla; alguna vez traje unas bien envueltas desde el país vecino pero no resistió el invierno porteño.
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Río es, entonces, la de la postal del turismo y la felicidad y la del exilio de esa psicoanalista que no se sabe cómo tiene pacientes en portuñol y que decide seguir adelante con su panza, desoyendo las ofertas de un par de caballeros que le proponen hacerse cargo.
Luciana, sin embargo, tendrá un “papá”, que no será el biológico sino un contador, un “hombre de negocios”, dice ella, que le va a dar el apellido, ya en Buenos Aires.
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Y, aunque ese papá es una figura importante, el centro de Amendoeiras será el rearmado de una historia entre dos países, distintos modos de ser —resalta lo “más liviano” de los brasileños—, un padre que ejerce y un “padre” que no y que ha sido reemplazado pero siempre falta. “¿Por qué no quiso ser mi papá?”, se pregunta la narradora. Y nosotros.
Algo de tensión hay, también, en este libro íntimo y reflexivo. ¿Está vivo? (Sí) ¿Dónde vive? (En Buenos Aires), ¿Lo va a encontrar? ¿Lo va a conocer? Les dejo la experiencia.
3) ‘Los miserables’, de Víctor Hugo

¿Otra vez un clásico de clásicos? ¿Otra vez vamos a hablar de la injusticia, de ese héroe que es Jean Valjean, que roba un pan para los hijos hambrientos de su hermana y termina preso varios años?

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Eso es Los miserables: Víctor Hugo mostró, allá por 1862, lo que pasa cuando una sociedad castiga la miseria en lugar de remediarla. Nunca es bueno hacer analogías directas entre distintos momentos históricos, pero es inevitable que, por cosas así, una novela vuelva a sentirse próxima.
Hugo escribió esto en el exilio, expulsado de Francia por oponerse a Napoleón III. No era un observador distante: estaba del lado de los que perdían. Y se nota.
Por un lado está Fantine, que trabaja, se humilla, se destruye —vende el pelo, los dientes— para mantener a una hija que ni siquiera tiene cerca. La nena, Cosette, está en manos de los Thénardier, que la explotan, la maltratan y cobran. El contraste no puede ser más brutal: una madre que da todo desde lejos; otros que tienen a la nena y no le dan nada.
Después de salir de la cárcel, con esa condena que parece haber sido dictada por el Indio Solari cuando dijo que “si esta cárcel sigue así, todo preso es político”, Valjean cuida a Cosette y protege a los más vulnerables. Pero no hay manera de borrar la injusticia; se puede influir, atenuar, pero hacerla desaparecer no es un acto individual.
Según contó el escritor chaqueño Mempo Giardinelli, “el agudo y profundo escritor que fue Víctor Hugo se inspiró en la vida de un delincuente redimido —Monsieur Vidocq—, quien tras estar en prisión por un robo menor acabó siendo fundador y director de la Policía Francesa, la Sureté. Semejante paradoja despertó el talento del gran narrador que resultó Víctor Hugo al crear la trama y los protagonistas de su extraordinaria e inmortal novela”.
Los miserables es un clásico, es decir, un libro que se lee a través de las generaciones. ¿Por qué? No hace falta que yo lo diga, creo.
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