A mediados de los setenta, el cine de Hollywood había adquirido tintes nuevos. En su paleta habían hecho acto de aparición el cinismo, la ambigüedad y la autocrítica. La fe en el poder del individuo para cambiar el mundo, que había sido uno de sus pilares narrativos –por no decir míticos– se resquebrajaba en relatos trágicos y dramas existencialistas. También en géneros novedosos como el thriller político, que despuntaba gracias a películas desafiantes como La Conversación de Francis Ford Coppola (1974), El último testigo de Alan J. Pakula (1974), Los tres días del cóndor, de Sidney Pollack (1975) y otras que la historia no ha recordado con tanto aprecio pero que abanderaron cambios profundos en el cine estadounidense.
Además de grandes cineastas y estrellas emblemáticas, estas películas tenían en común la impugnación de un sistema político que operaba en contra del individuo y la verdad. El contexto ciertamente lo propiciaba: eran los años de escalada bélica en Vietnam y el escándalo de los Papeles del Pentágono. Eran tiempos de conflicto social en torno a los derechos civiles; del movimiento estudiantil y la contracultura; de los asesinatos de Martin Luther King Jr. y Bobby Kennedy. También de los disturbios en las calles de Chicago al grito de “The world is watching!”.
Y eran los años de la Administración Nixon, que protagonizó el escándalo político por excelencia: el caso Watergate.

Aquella trama de juego sucio electoral y su posterior encubrimiento se convirtió en el arquetipo de la corrupción política en el imaginario popular. Pero su investigación y revelación también demostraron el servicio insustituible que un periodismo riguroso y libre podía prestar a la sociedad. Ese ejemplar trabajo de reporterismo fue recogido por sus autores Bob Woodward y Carl Bernstein en el libro Todos los hombres del presidente, cuya adaptación cinematográfica cumple ahora 50 años.
Menos oscuridad y más heroicidad
Robert Redford, ya establecido en su estrellato, compró los derechos del libro por casi medio millón de dólares antes de su publicación. El director elegido para rodarla fue Alan J. Pakula, quien había demostrado un estilo paranoide y psicológicamente retorcido en el neo-noir Klute (1971) y en la citada El último testigo. En esta, Warren Beatty interpretaba a un periodista obsesionado con la investigación de un magnicidio en el que reverberaba el asesinato de JFK. Pakula completaba así lo que después se llamó “la trilogía de la paranoia”.
Aparte de su perenne actualidad, lo que hace a Todos los hombres del presidente tan especial es que, sin dejar de abrazar el tono oscuro y estilo desafiante de los thrillers políticos de su tiempo, se desvía de ellos de un modo inesperado al afirmar la validez y la eficacia de la acción heroica.
Como en tantas otras obras del género, la película enfrenta al individuo –en este caso, dos periodistas jóvenes y no exentos de defectos personales– con un poder político fuera de control y decidido a sofocar la verdad. Y como en tantas películas de detectives, estos héroes ordinarios emprenden una búsqueda de información: sus únicas armas frente al poder son el conocimiento y la evidencia.

Así, una vez detectada la noticia, Woodward y Bernstein se afanan por encontrar rastros y pistas a pesar del silencio de testigos atemorizados, del escepticismo de algunos de sus editores, y de una sensación tenue pero persistente de que sus vidas corren peligro.
Y es que en Todos los hombres del presidente los antagonistas son prácticamente invisibles: el punto de vista narrativo de la película se mantiene invariablemente centrado en los reporteros, sin concesiones a la omnisciencia, transmitiendo al espectador la desorientación que ellos mismos padecen.
Pero esto también hace que gran parte del suspense de la película esté empíricamente injustificado. El fuera de campo, los planos subjetivos sin sujeto, las composiciones desequilibradas y los juegos entre música y silencio sugieren la proximidad de un peligro no inverosímil pero sí nebuloso. O sea, propio de la paranoia.
Aun así, los reporteros del Washington Post logran algo que sus colegas del género rara vez disfrutan: un efecto en el mundo, un cambio real. Aquí la historia viene en auxilio del relato: los reportajes de Woodward y Bernstein suscitaron una serie de investigaciones que abocaron al presidente Nixon a la dimisión (la única renuncia presidencial hasta la fecha en los EE. UU.) en 1974, dos años después de la publicación de las primeras informaciones.

Periodistas por encima de la noticia
Este desenlace, inusual final feliz para un thriller político minuciosamente realista, tuvo además el efecto secundario de elevar al reportero al Olimpo de los héroes. Cabe imaginar que esto se debió, en buena medida, al carisma actoral de Redford y su coprotagonista (y contrapunto), Dustin Hoffman. Es significativo que aquí pareció nacer un pequeño pero fértil subgénero de thrillers periodísticos: El síndrome de China (1979), Bajo el fuego (1983), Salvador (1986), El informe pelícano (1993), del propio Pakula; El dilema (1999), La sombra del poder (2009), Spotlight (2015) y Los archivos del Pentágono (2017), película que abandona su trama justo donde comienza la de Todos los hombres del presidente.
Un columnista del momento escribió que “por primera vez, los periodistas se están haciendo más famosos que la gente sobre la que escriben”. En el caso Watergate, ese reconocimiento al reportero-estrella fue con toda seguridad merecido (siempre y cuando no se olvide al editor Ben Bradlee, memorablemente interpretado en la película por Jason Robards).
Pero tal vez, para algunos de aquellos jóvenes que empezaron a soñar con convertirse en periodistas alentados por los héroes de la pantalla, esa aspiración pudo ser la semilla de una cierta desnaturalización profesional. Puede que parte de la desconfianza actual hacia el periodismo, que se ha ido asentando por muchas razones en estos cincuenta años, también tenga algo que ver con la subordinación del deber de informar a la necesidad de relevancia pública del periodista.
Por eso el plano final de Todos los hombres del presidente es tan significativo: mientras la redacción del Washington Post se arremolina excitada en torno a los televisores que emiten la segunda inauguración presidencial de Nixon, los esforzados Woodward y Bernstein permanecen sentados ante sus máquinas de escribir, tecleando con una concentración espartana. Pakula elige esa última imagen para sus protagonistas como si quisiera insinuar que, lejos de ceder a la tentación de interponerse entre la verdad y el público a quien es debida, estos héroes urbanos vuelven al trabajo. Porque cuando se trata de decir la verdad sobre las mentiras del poder, lo que hay en juego es demasiado importante.
*Profesor del Departamento de Cultura y Comunicación Audiovisual, Universidad de Navarra.
* Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.
[Fotos: Warner Bros.; archivo]
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