¿Jacques Lacan está vivo? La aparición de un seminario inédito revoluciona el psicoanálisis

La reciente publicación de un curso clave del disruptivo profesional y pensador reactiva el debate sobre la práctica del análisis y confirma la vigencia de sus ideas

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La muerte de Jacques Lacan
La muerte de Jacques Lacan continúa generando debate sobre su herencia y la transmisión en el psicoanálisis contemporáneo

La semana pasada escuché un diálogo, en el que una persona decía: “Ayer se murió mi tortuga. Tenía 54 años… Se pasaba el tiempo durmiendo”, y otra le preguntaba: “¿Cómo te diste cuenta, entonces, de que se había muerto?”.

Dormir no es lo mismo que estar muerto. Incluso la inminencia de la muerte puede ser una forma de despertar, tal como lo cuentan muchas personas a partir de situaciones extremas. Lo cierto es que la pregunta por cómo darse cuenta de que alguien está muerto, quedó de algún modo sembrada en mí. Más aún cuando se trata de alguien a quien solo he conocido en vida por su obra, con la que me encontré muchos años después de su muerte.

Perdón, ¿Jacques Lacan murió? Y si murió, ¿está muerto? Lo notable es que después de su partida de este mundo, muchos de sus seminarios comenzaron a ver la luz y producir un gran revuelo. Dictados entre 1953 y 1980, constituyen la columna vertebral de una enseñanza de la que todavía se extraen consecuencias.

La edición de estos seminarios –su establecimiento, ya que la materia de que están hechos es una exposición oral– está en manos de Jacques-Alain Miller. Amado y odiado, lo que no se puede negar es que Miller es uno de los lectores más interesantes de Lacan. Y es un muy buen lector, porque no lee lo que Lacan dice, sino que restablece su enunciación a partir de la que a Miller mismo le corresponde.

Este año es el turno de un seminario clave: El acto psicoanalítico, dictado entre 1967-68. En cierta medida podríamos decir que este es un seminario acerca de lo que se espera de un análisis: una transformación subjetiva; no solo un efecto terapéutico. Por eso no es cuestión de hablar de paciente, ni de analizado, sino de analizante.

¿Qué es un analizante? Aquel que encarna el trabajo del análisis, que le pone el cuerpo a través de los desgarros de saber (inconsciente) que se separan de efectos de verdad. Nadie se analiza para conocerse a sí mismo, ni para dejar de sufrir, sino para descubrir que no piensa ahí donde (cree que) es –así juega invierte Lacan la máxima de Descartes cogito, ergo sum.

Después de Lacan

La pregunta por la muerte de Lacan no es por la biología de un cuerpo, tampoco por alguna certificación civil. Es una pregunta por la herencia y la transmisión. Es una de las preguntas que me dejó la lectura de este seminario, el que Lacan también se pregunta si, acaso, “hay psicoanalista” [il y a du]: “La cuestión de saber si existe el [il y a le] psicoanalista tampoco debe quedar en suspenso; lo que está en juego es saber cómo hay un [il y a un] psicoanalista”.

¿Cómo se forma un psicoanalista? ¿En la Universidad? ¿Leyendo a Lacan? La respuesta de Lacan es contundente: a través de un análisis, que le permita acceder a la dimensión de un acto sin garantías. Lo interesante es que Lacan sitúa que ese acto no está al final, sino en el inicio mismo del análisis.

La publicación de los seminarios
La publicación de los seminarios de Lacan (foto), editados por Jacques-Alain Miller, sigue marcando el rumbo del psicoanálisis actual

Analizarse es entregarse a lo incierto; con todas las suspicacias neuróticas, por supuesto, pero de esto se trata también, de resistirse. Nadie quiere analizarse. El análisis es análisis de lo que hace de resistencia al análisis. De ahí que no haya analizantes ideales, ni buenos o más o menos comprometidos. El analizante lucha con su horror al análisis, incluso cuando este se le presenta bajo la forma de sutiles desciframientos, retazos de verdad que, como bocaditos, lo alimentan de sentido.

Pero en algún momento, el hambre se hace sentir en su desesperación y no hay nada que lo colme. El sentido desfallece, el lazo analítico se marchita y el análisis, ¿muere? Más bien llega a su fin. Todavía hoy leemos a Lacan porque no hemos acabado con él. Tenemos mucho para seguir buscando de nosotros en su obra, pero ¿eso lo mantiene vivo?

Si bien existe la figura de la herencia en vida, es seguro que nadie atraviesa ese acto sin morir de algún modo. Comparto con ustedes una reflexión causada por la lectura de otro libro, un clásico de la literatura argentina (Kincón, de Miguel Briante):

A mí me gustan los ruidos. Me gusta cómo empiezan a cruzar y a venir por el campo como mandados. Porque enseguida contesta el perro de Miranda y el del pueblo vuelve a contestar y el de Miranda vuelve a contestar y el del pueblo vuelve a volver a contestar y de golpe hay como un redondel de ruidos que va a durar largo.

El ruido-Lacan, un redondel de ruido que sigue durando. El ruido es un nombre para lo que impacta; para eso que no llega aún a ser sonido ni sentido. El ruido-Lacan puede decir lo traumático de una afectación, lo que impacta sin remedio y fija.

¿Quién puede gustar de un ruido? En el mejor de los casos, vía una traducción en sonido. Filiarse en un ruido, volverlo una práctica, es una operación de traducción del ruido en voz. Y la voz, si es tal, no puede heredarse más que como voz propia.

En el seminario de Lacan no encontramos solo una teoría, sino la voz de un analista que nos permite encontrar un tono como practicantes.

La voz (de) Lacan

Lacan hablaba del “acontecimiento Freud”. Propuse leer a Lacan como quien oye una voz que proviene del ruido. Sigamos con la imagen de Briante:

Claro que al rato uno ni lo siente, de lo acostumbrado. Que es eso lo que tienen las cosas tirando a viejo. Que si no se para la oreja no se escucha nada, de tanto que sabe uno escuchar lo mismo siempre, y así con todo. Con lo de escuchar y con lo de tomar y con lo de oler y con lo de mirar, que no hay ni una novedad así de chiquita ni nada nuevo ni nada.

'El acto psicoanalítico', seminario de
'El acto psicoanalítico', seminario de 1967-68, es clave para comprender el impacto de Lacan en la formación del analizante

¡Qué problema la inercia! Porque del ruido Lacan solo podemos huir, resistir la afectación que recibimos de su impacto. Traducirlo síntoma. Pero luego, esa pendiente nos lleva y ya no escuchamos nada, ni ruido ni letra. Aunque eso, el ruido, la letra, retorne cada vez en la contingencia del tropiezo.

Mi padre solía decirme que el hombre es un animal de costumbre. Hoy estaría de acuerdo con esta afirmación, a no ser por el síntoma, ese huésped mal recibido. Esa huella y afectación que no nos libra a la costumbre.

Si ya hablé de una novela, continúo con otra: Los cuerpos del verano es una novela (de Martín Felipe Castagnet) que me gusta mucho. En sus páginas distópicas, en una realidad tan cercana como impensable, quienes mueren entran en un estado de suspensión, flotación, hasta conseguir otro cuerpo que habitar.

El cuerpo devenido mercancía se consigue de diversa calidad y gusto. Pero, en cualquier caso, por más maltrecho que esté, devuelve al ser de palabra su capacidad sensible. Es en ese desacuerdo entre cuerpo e inconsciente que se funda el síntoma, lo que desacostumbra y despierta a una sensibilidad.

Me pregunto muchas veces, y con esta pregunta empecé la lectura del seminario El acto psicoanalítico, cómo desacostumbrarnos de este redondel de ruido del que, ya acostumbrados, es tan usual no escuchar nada. ¿No tenemos la impresión de que Lacan dice siempre lo mismo, pero sin saber cómo hacer para que lo escuchemos?

Recuerdo la novela de Castagnet porque pienso en la importancia de la muerte de Lacan, de que muera. Porque la muerte de Lacan es la condición para que muchos analistas no seamos esos cuerpos más o menos maltrechos que soportan en la impostura iterada una vida perdurable. Precisamos su muerte para poder heredar una palabra y hacerla voz y experiencia propia.

El evangelio lacaniano

“Jesús dijo: Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá” (Juan 11: 25). Quizás no sea inoportuno traer la referencia al hijo. Es claro que tenemos menos inconvenientes en heredar al padre del psicoanálisis. Porque el padre es tal en tanto muerto.

Pero con el hijo ya es otro cantar. La tradición cristiana no pudo evitar matarlo para que dé vida. Porque, a diferencia del Padre, la transmisión de Cristo es su cuerpo. El cuerpo de Cristo, Amén… ese es el susurro que acompaña la comunión.

Entonces me pregunto cómo muere el hijo, para que haya una herencia posible, cuando su transmisión tiene al cuerpo como soporte. ¿Podemos separar a Lacan de sus ocurrencias, su curiosidad, su jugueteo con la lengua? ¿Restará crucificarlo para no vivir como zombie en la impostura analítica? Ese es el trabajo de este seminario que les recomiendo y que es testimonio de la función de la pérdida para que haya (re)encuentro.

"Los cuerpos del verano", novela
"Los cuerpos del verano", novela de Martín Felipe Castagnet, plantea una distopía donde la muerte se convierte en suspensión y los cuerpos renacen como mercancía

Un poquito más de la lectura de Briante, para concluir –porque Lacan también enseñó que la mejor manera de leer un libro (un significante) es con otro.

Algo de eso era lo que decía Don Tomás, creo, del campo. Pero a él le gustaba. Que era como una persona que nunca muere y nunca morirá y ve todas las cosas todo el tiempo, el campo. Eso decía Don Tomás, me acuerdo bien. Me lo acuerdo tan de memoria como los ruidos y estoy acostumbrado a esas hojas del cuaderno de Don Tomás lo mismo que con los ruidos, que uno se acostumbra antes que el sol de noche de Miranda esté prendido del todo.

El campo, los analistas solemos nombrar así al psicoanálisis… el campo del psicoanálisis, eso que no es cosmovisión ni alcanza con llamarlo práctica, oficio, saber, discurso. Es nuestro campo, el de la experiencia analítica. Incluso, hay quienes hablan del campo lacaniano.

Que palabra tan llena de sentidos y resonancias en la Argentina: el campo. De nuevo, mi padre dijo, cuando empezaba de perderse, que quería irse al campo “porque ahí no te perdés, seguís el alambrado y llegás a una tranquera y a un camino”. Sin embargo, de chica, tenía prohibido jugar en los maizales, porque ahí no hay modo de orientarse.

En el “campo Lacan”, ¿cómo orientarnos? En principio, no idealizando a Lacan. Ser un lector de Lacan es dejar caer la suposición de saber en su obra para encontrar los restos de su enseñanza; como dije, en este caso, un objeto-voz. Lacan no es una mirada desde la que vernos como analistas, sino un susurro intermitente.

En este seminario, una y otra vez Lacan insiste en que el análisis implica una caída de la suposición de saber, para encontrar el objeto pulsional en que se sostuvo la experiencia. Es así que también cabe leer a Lacan, como analizantes. Alegrémonos, psicoanalistas, porque todavía tenemos una voz que no clama en el desierto.

Recordemos ese pasaje tan bello:

Cuando más cerca del psicoanálisis divertido estemos, más cerca estaremos del verdadero psicoanálisis. Con el tiempo se irá desgastando, se hará por aproximaciones y triquiñuelas. Ya no se comprenderá nada de lo que se hace, así como ya no es necesario comprender nada de óptica para hacer un microscopio. Regocijémosnos pues, aún hacemos psicoanálisis.

¿Puede ser alegre, divertido, un muerto? Me pregunto cómo se hereda la alegría, la capacidad de divertirse. Intuyo que ahí está la clave de cualquier transmisión, que precisa que sea perdida pero que otro pueda adquirirla. No hay transmisión, herencia, que no suponga la muerte como condición para que otra generación pueda hacerla propia.

La obra de Lacan sobrevive
La obra de Lacan sobrevive porque su enseñanza invita a transformar el ruido en voz y buscar una experiencia singular en el psicoanálisis

Es preciso que Lacan se deje de hacer el vivo, que caduquen sus ocurrencias, tan vitales y potentes que han atravesado lenguas. Que se deformen, se pierdan, incluso se dilapiden sus curiosidades. Porque es con su muerte, que podemos heredar el psicoanálisis y hacerlo experiencia, propia, en nuestra lengua y con nuestras afectaciones.

Pertenezco a una generación que se formó entre analistas lacanianos, en la Facultad, en los Hospitales, en los consultorios y grupos de estudio. En esa lengua ya algo desgastada, cerrada sobre sí, gozosa de sus triquiñuelas que ya no hacen cosquillas.

Qué importante es poder morir para que haya nueva vida. Es por el agujero de la muerte que pasa la vida a las nuevas generaciones para que, otra vez, traten de embocarle al agujero que funda el campo.

Un campo y su agujero que es, ahora, sol de noche.

[Fotos: Sipa/ Shutterstock; archivo]