Las apuestas deportivas, entre el auge mediático y los nuevos riesgos sociales emergentes

´Todos pierden’, del periodista Danny Funt expone el auge de las plataformas de juego que aumenta la ludopatía y a la vez, provoca la pérdida de confianza en la integridad de las competencias

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El libro del día
El libro del día

Durante las horas que pasé leyendo Everybody Loses: The Tumultuous Rise of American Sports Gambling, de Danny Funt, llevé la cuenta de los anuncios que vi de FanDuel, DraftKings y otras casas de apuestas deportivas legales cuando hice pausas para revisar redes sociales o mirar algún partido en televisión. Conté 17, todos en breves descansos de concentración; si hubiera contado los momentos en los que no estaba leyendo el libro, la cifra habría sido mucho mayor.

Menos de una década después de la decisión de la Corte Suprema en el caso Murphy v. NCAA, que anuló una ley que prohibía a los estados autorizar las apuestas deportivas, el juego en el deporte resulta ineludible. Los anuncios de FanDuel, DraftKings y otras similares —muchos de ellos protagonizados por deportistas retirados— inundan las redes sociales y la televisión; todas las grandes ligas profesionales, así como la NCAA, mantienen relaciones con empresas de apuestas, al igual que muchos equipos individuales. Resulta imposible ver deportes hoy sin que se recuerde que es posible apostar, incluso en el mismo partido que aparece en pantalla.

Las consecuencias suelen ser negativas: la adicción —especialmente entre hombres jóvenes— se dispara; la confianza en la legitimidad del deporte cae en picada. Funt parte de una pregunta sencilla: “¿Qué podemos ganar y qué estamos dispuestos a perder?” Al final del libro, la respuesta es clara. Personas, deportes y sociedad salen perjudicados por el juego legal, que solo beneficia a un puñado de casas de apuestas que han manipulado el sistema a su favor y recaudan grandes sumas de dinero. Ese es el intercambio, si es que puede llamarse así.

Ganar mucho es casi imposible
Ganar mucho es casi imposible y las aplicaciones están calibradas para enganchar a los perdedores (Imagen Ilustrativa Infobae)

Everybody Loses”se enfoca en parte en los costos personales del juego. Matt, un maestro de primaria que habló con Funt, comenzó a apostar durante la pandemia para aliviar el aburrimiento. Empezó con juegos de fantasía diarios y al poco tiempo estaba completamente enganchado, apostando en deportes que apenas conocía, como el cricket o el fútbol de Medio Oriente. Perdió más de 100.000 dólares en un año y medio, desviando el sueldo de su esposa y dinero que sus suegros le habían dado para el pago de la casa. Funt entrevistó a muchas personas, la mayoría hombres, con historias similares. En casi todos los casos, resulta evidente que sus adicciones fueron fomentadas y aprovechadas por las aplicaciones dominantes y por empresas que ven a sus clientes como incautos a quienes exprimir, no como personas vulnerables fuera de control.

También aumentan los costos dentro del deporte. Para algunos atletas, una jugada fallida que antes carecía de importancia puede ahora —si arruina una apuesta combinada o la diferencia de puntos— provocar insultos racistas y sexistas, amenazas de muerte e incluso acoso por parte de apostadores frustrados. Y crecen las preocupaciones sobre la integridad de las competencias, ante una oleada de escándalos relacionados con apuestas que han afectado a prácticamente todos los deportes principales en el país en los últimos años.

Pero el mayor acierto de Everybody Loses es su amplitud: Funt lleva al lector a todos los niveles del turbio, corrupto y desalentador mundo de las apuestas deportivas. El libro se convierte en una especie de retorcida bitácora de viaje, cada capítulo dedicado a un círculo del infierno donde habita un tipo de los muchos perdedores del juego deportivo. Adictos y atletas; estudiantes universitarios asfixiados por deudas; familias destruidas por la adicción oculta; apostadores “exitosos” que apenas sobreviven dedicando cada segundo a buscar una ventaja; medios y ligas que pierden credibilidad con cada promoción de apuestas; y las mismas casas de apuestas, vampíricas.

 Resulta imposible ver deportes
Resulta imposible ver deportes hoy sin que se recuerde que es posible apostar, incluso en el mismo partido que aparece en pantalla

Estas casas de apuestas ofrecen una promesa familiar y muy arraigada en la historia de Estados Unidos: dinero fácil. (En muchos casos, dan dinero gratis a nuevos usuarios). Pero los relatos de Funt sobre los “ganadores” del juego son casi tan desoladores como los de los perdedores.

Isaac Rose-Berman, que gana miles al estudiar detalles minúsculos —el saque de un tenista, por ejemplo—, es uno de los personajes más fascinantes del libro. Un genio de poco más de 20 años, se preocupa por el impacto que su oficio tiene en la sociedad —da charlas en escuelas secundarias sobre los peligros del juego— y en sí mismo. Apostar le ha costado su vida social y es tan estresante que teme quedarse calvo. (“Me encanta mi pelo”, le dijo a Funt). Pero no puede dejarlo.

La mayoría de los apostadores exitosos apenas pueden usar las aplicaciones legales más conocidas, si es que pueden. Las casas de apuestas rápidamente les ponen límites o les prohíben jugar, y ellos recurren a terceros para apostar en su nombre hasta que los descubren y los vetan de nuevo. Ganar mucho es casi imposible y las aplicaciones están calibradas para enganchar a los perdedores. El negocio es tan oscuro que hasta se puede sentir lástima por los clientes VIP: personas adineradas que gastan miles a la semana apostando en deportes. “Existe la percepción de que ser VIP inmuniza ante el peligro de perder dinero”, escribe Funt, “pero el verdadero placer del juego suele venir de arriesgar lo suficiente para provocar cierta tensión”. Dicho de otro modo, no solo los maestros terminan en la ruina.

Uno de los capítulos más incisivos y frustrantes de Funt analiza a los medios deportivos tradicionales, que se adaptaron rápido a esta nueva era por un motivo simple: dinero. Muchos medios enfrentan amenazas existenciales y los anuncios y patrocinios de apuestas han sido un salvavidas urgente. “Everybody Loses” describe la relación entre casas de apuestas y medios deportivos como un pacto fáustico: los medios cobran, pero a costa de su integridad y, en algunos casos, de la vida de sus audiencias. Muchas de las nuevas estrellas de esta era alcanzaron notoriedad precisamente por actuar como promotores incansables, incapaces de introspección.

En otros casos, Funt retrata una especie de desidia benigna respecto a la responsabilidad periodística. Su análisis de Bill Simmons, veterano comentarista y fundador de The Ringer, resulta especialmente duro. Primero como columnista en ESPN y después como podcaster, Simmons fue pionero en la era digital: alguien que ganó fama por decir y hacer cosas que los medios deportivos anteriores evitaban. También ha glorificado el juego en casi todas sus formas durante décadas.

Jontay Porter, expulsado de por
Jontay Porter, expulsado de por vida de la NBA por fallar tiros a propósito debido a grandes deudas de juego (Christopher Katsarov/The Canadian Press via AP, Archivo)

Simmons puede ser atrevido, pero tiene límites, señala Funt. Lee anuncios de casas de apuestas y celebra la emoción de apostar (sin recibir pago por ello) cada semana, al menos durante la temporada de la NFL; en contraste, rara vez aborda los escándalos de apuestas deportivas y, cuando lo hace, el tratamiento es casi siempre breve o defensivo. Jontay Porter, expulsado de por vida de la NBA por fallar tiros a propósito debido a grandes deudas de juego, fue un “idiota”, según Simmons; pero Simmons quitó importancia a la preocupación sobre los perversos incentivos ahora presentes en todos los deportes.

La idea de una relación virus-huésped aparece repetidamente en “Everybody Loses”. Aficionados, periodistas, equipos, ligas y hasta gobiernos enteros dependen tanto de las apuestas que no perciben cómo los está destruyendo. “Uno de los principios del ‘juego responsable’, como lo llama la industria, es que la gente debe ser consciente de lo que puede permitirse perder”, escribe Funt. “En ese sentido, quienes impulsaron las apuestas deportivas en Estados Unidos al menos deberían ser honestos sobre sus consecuencias”. Pero al leer a Funt, se percibe que hay demasiado dinero en juego para que exista honestidad respecto a las quiebras, los divorcios y los suicidios.

Casi sin darnos cuenta, hemos caído en un mundo en el que cada lanzamiento, cada tiro libre, cada gol de campo tiene precio. Apostar en deportes convierte al espectador en el protagonista, no al atleta ni al equipo; el éxito propio, y no el ajeno, es lo que importa. Esto conduce a la atomización y el aislamiento. Los deportes dejan de ser algo para disfrutar, compartir o conectar con la comunidad y pasan a ser un modo más de gastar (y ocasionalmente ganar) dinero. El resultado es que los deportes pierden valor, quizá para siempre. Los únicos ganadores son unas pocas casas de apuestas que se están llevando miles de millones.

Para gobiernos estatales sin fondos, medios en crisis y ligas ambiciosas, las apuestas deportivas legales prometieron dinero fácil. Everybody Loses deja claro que ese dinero tiene un costo enorme.

Fuente: The Washington Post