
La palabra ‘punto’ remite, entre sus múltiples acepciones, a un signo de puntuación y a un elemento constitutivo de una trama. Tal vez, al concebir Un punto oscuro, Agostina Luz López tuvo estas ideas en la cabeza y el corazón. O tal vez no, pero hay algo latente de ello en su nueva creación.
Esta pieza, que tuvo su paso por la Sala Cunill Cabanellas del Teatro San Martín entre mayo y junio de 2025, se presenta en sus últimas funciones, los lunes 15 y 22 de septiembre en Zelaya. En esta sala, el encuentro cobra una dimensión aun más potente por la cercanía con el público, por lo íntimo y acogedor del espacio. De alguna manera se es parte de la obra y del paisaje, se espía a sus protagonistas.
No es algo nuevo en la obra de Agostina Luz López esta posibilidad de lo íntimo, como tampoco lo es beber de la literatura –el título de la pieza es una frase del libro de Nathalie Léger En busca del cielo– y hacer pie desde allí –en Jardín fantástico lo hizo con Angela Carter–. Los textos que conviven dentro y fuera del relato –Antígona de Sófocles; Mujercitas, de Louisa May Alcott y fragmentos de Salinger– se entraman en la propia dramaturgia para poder tirar de los propios hilos y crear la historia y su mirada. Las palabras ajenas conforman una red con las propias, se amalgaman y las retroalimentan.
También es familiar, para quien ya ha sido público de sus creaciones, la manera de contar el suceso. Su estética se hace visible, y los recursos sensibles, por momentos profundamente femeninos, se advierten y lucen. Hay algo maternal en la dirección, difícil de explicar, que se siente en la piel.

La historia ronda en torno de la muerte del padre contada desde sus hijas, que actuarán en consecuencia para asumirla desde los roles, los recuerdos, la palabra y la acción. Pero como sucede en López, nada es tan literal. El juego, lo onírico, lo fantástico y el espacio se apoderan y matizan de un nuevo color el hecho. La muerte es nombrada al evidenciar la ausencia, la falta de ese padre, una presencia fuerte.
Texto, textura, trama y punto son parte de la puesta en escena: tejidos monumentales amortizan cualquier dolor posible desde la escenografía –obra de Mariana Tirantte–. Son cielo, manta, traje, auto, suelo, protección, hogar, o lo que las hermanas consideren para evocar e invocar a ese padre que no está físicamente. Y la ausencia se pone de manifiesto para evidenciar lo irrecuperable de una historia colectiva, los antepasados, ante la imposibilidad de una conexión que pueda dar cuenta de ella.

El elenco es otro de los aciertos de las obras de Agostina Luz López, con nuevas caras -fuera del maisntream-, que aporta frescura a una obra que ya de por sí es disruptiva y poderosa. Carolina Saade conduce a otro plano mientras entona como un mantra las estrofas de “Todo es de color” –en la versión de Lole y Manuel– y no le teme a exponer los gestos más absurdos. Felipe Saade, su hermano en la vida real, su hermana en la ficción, hace pensar en un espíritu del bosque. Las expresiones de Felipe reflejan la sensibilidad emocional de su personaje para orbitar entre dos planos, y será quien oficie de guía para su padre. María Villar, que encarna a la hermana mayor, brilla desde sus ojos llenos de lágrimas de principio a fin. Se carga, como toda primogénita, la familia al hombro, y la actriz lo hace carne en su mirada y su voz. Y en el fondo, la tejedora Amalia Boccazzi, como un alma que flota, una observadora, trenza gruesas hebras de lana y desteje puntos como una metáfora del paso del tiempo, del tránsito hacia el más allá.
Con la misma delicadeza con la que las actrices y el actor se desplazan por el espacio escénico, Un punto oscuro revela lo inefable en un susurro.
* Un punto oscuro, con texto y dirección de Agostina Luz López; vestuario de Mariu Fermani; escenografía de Mariana Tirantte; diseño de iluminación de Alejandro Le Roux; asistencia de Valentina Santelli; producción de Poppy Murray y dramaturgia de Ana Montes, se presenta en Zelaya, Zelaya 3135, CABA, los lunes 15 y 22 de septiembre a las 20.
[Fotos: Bárbara Lago.]
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