
Cierta vez vi en uno de esos documentales doblados al español, que les dejan de fondo el inglés original (como si eso les diera una garantía de seriedad). El representante de una ONG europea, hablaba del río Pilcomayo en términos tan exóticos e impertinentes como la bandera de Estados Unidos en la luna. En ese momento percibí que las oenegés ecológicas extranjeras abordaban el tema de nuestros ríos de manera tal que los argentinos quedábamos como forasteros culturales en nuestras orillas.
Entonces sentí el llamado de la tierra, recordé que nuestros pueblos originarios tienen dioses ríos: por ejemplo, el Bermejo es un río que para los matacos sabe convertirse en Piletlelé, el Señor del Cielo. Del mismo modo el río Andalgalá era considerado por los calchaquíes como Tlalac, el dios de las aguas. Cuando el río Colorado baja notoriamente su caudal, se manejan varias hipótesis, entre ellas la que recupera el poeta pampeano Edgar Morisoli: “Los técnicos nos muestran el hidrograma histórico y aducen una cierta recurrencia, pues lo que yo temo es la venganza del Nguenpirén: aquel que mora en las cumbre andinas, el dueño de la nieve cuya ira han desatado por la búsqueda bárbara, ciega, desenfrenada, de oro y de plata ínfimos sembrados de roca; por los planes trazados desde lejanos centros de poder acompañados por cercanos cómplices que viven en ciudades donde la sed se apaga con sólo abrir un grifo, mientras allí peligra el nacedero, el manantial, la fuente”.
Los pueblos originarios nos enseñaron que lastimar un río es atentar contra un dios y que el respeto humano y divino por la naturaleza también es cultural ¡Nadie puede cuidar aquello que ignora y mucho menos lo que no ama! Tanto insistieron los antiguos manuales con que en Argentina sólo se hablaba un idioma, el castellano, y sin embargo ríos como Paraná, Pilcomayo, Uruguay, Atuel, Limay, Popopis, Coli Leuvú, entre otros, llevan nombres guaraníes, quechuas, mapuches y otras lenguas aborígenes.

Además esos mismos manuales aseguraban que los argentinos éramos hijos de los barcos europeos, aunque en varios ríos, los huarpes, selk’nam y mepenes, solo por mencionar algunos, navegaban en sus canoas, mucho antes de la llegada de las naves españolas. Nuestros ríos son el comienzo de la memoria clandestina de la Argentina, aquella que trasciende la historia y la cultura oficial, y que está latente y se manifiesta de diversas maneras, como lo que sucede en Santiago Del Estero cuando el Cachi Mayu (Río Salado del Norte) entra en sequía y campesinos sacan a santos y vírgenes de las parroquias, y van en procesión y con rezabailes, cantando, danzando, llorando y orando. Los llevan frente al río para que con sus ojos de yeso y de milagros vean el drama de la sequía.
En las costas del río San Juan, todavía sus pobladores siguen denunciando las apariciones de Santos Guayama, el gaucho que murió nueve veces, aquel que fuera perseguido por la ley y amado por los de abajo de tal forma que nueve hombres se sacrificaron con su nombre ante la autoridad que rifle en mano consultaba: “¿Es usted Santos Guayama?” Hasta que un día fue el propio Santos el que tuvo que responder aquella pregunta ante los fusileros. Se suele decir que el río San Juan acuna a los nueve Santos Guayama. Muchos devotos se acercan a sus orillas a ofrendarle ponchos, cantos y plegarias.
Las aguas del río Santa María Yocavil aún guardan en su memoria la presencia de Pedro Bohórquez, aquel aventurero andaluz que sostenía ser el Inca Hualpa, y que organizó un ejército aborigen de seis mil guerreros con el que mantuvo por años a la región libre del dominio español
Cada vez que comenzaba a escribir sobre un río, empezaba a desaprender las meras rayitas azules de los mapas escolares y las certezas de los institutos hidrográficos que, por dar un ejemplo, indican que el río Gualeguay tiene una longitud de 492 kilómetros aunque su verdadera extensión es de 2639 versos, los que su hijo, el poeta Juan L. Ortiz le dedicó en su poema.
Los ríos recuperan a aquellas biografías, creaciones e idiomas que fueron borrados del manual oficial. Por eso siempre nos conducen por historias misteriosa como aquella que ocurrió en 1985, en un paraje del desierto de San Luis, cuando surgió desde lo profundo de la tierra un río caudaloso. Su gente, que hasta entonces las únicas orillas que había conocido eran las del poniente y la de Dios, de repente debió asumir su identidad ribereña. Ya no eran hijos del desierto, de un día para otro se volvieron parientes de un río sin historia. Lo bautizaron Río Nuevo, y hoy es uno de los más importantes de San Luis.
Otra historia sorprendente fue enterarme de que en la selva chaqueña podemos encontrar antiguos vapores varados entre los árboles. Sucede que el travieso Bermejo suele burlarse de los cartógrafos y cambiar varias veces su curso, dejando, además de barcos perdidos en la selva, ciudades ya sin ríos con puertos que sólo dan a la jungla.
Sin embargo la historia que más me conmovió fue la historia del río robado: de cómo le arrebataron el río Atuel a La Pampa, haciendo del oeste de dicha provincia un desierto; aunque los pampeanos en vez de resignarse crearon otro río, un río poético, musical y político: “el cancionero de los ríos”, un ejemplar acto de dignidad y memoria conformado por poetas, trovadores, historiadores y militantes de la causa del río Atuel
Atahualpa Yupanqui escribió:
“¿Sabes qué está haciendo el Luis Vilte?
Está durmiendo junto al río…
No. Está aprendiendo música”
Los ríos siempre enseñan. Ellos son la gran metáfora de la Argentina, el espejo de todas sus identidades, el espacio donde sus historias, sus mitos, sus conflictos y sus encuentros permanecen intactos. Tierra de Ríos. Las Venas de la identidad Argentina es un llamado a conocer poética y culturalmente a nuestro país a través de sus ríos.
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