
Esta es la última belleza semanal de 2024, y fue sorprendente descubrir que, efectivamente, existía una obra llamada Happy New Year (Feliz año nuevo). Hoy la sección Cultura de Infobae se hace eco y destina a sus lectores la columna de esta semana a modo de saludo de buenos deseos.
En los 80 y 90 era habitual enviar tarjetas de salutación que, en muchos casos, reproducían pinturas y piezas artísticas de artistas locales e, incluso, extranjeros. Algunas representaban las consabidas escenas navideñas, con pesebres, Reyes magos, ángeles, pastores, Papá Noel (recién empezaban a llamar Santa a San Nicolás de Bari…) y celebraciones navideñas familiares, pero algunos osados, o paganos, se animaban a incursionar en otros temas. Un ejemplo de ello fueron los paisajes urbanos de Aniko Szabo con sus escenas naïff.
Tal vez algo de estos recuerdos brumosos hayan influido en la elección de la obra que corona el 2024. Lo urbano y lo pagano, y la frase que, se imagina irónica, anuncia buenos augurios.
Happy New Year (1972) es una obra del artista turco Burhan Doğançay (1929-2013), que puede verse en la Tate Britain con cita, en la Sala de grabados y dibujos. Este artista fue reconocido internacionalmente por su trabajo inspirado en murales y paredes urbanas. En esta obra, Doğançay aplica diversas técnicas de collage para captar y representar la textura de las paredes intervenidas por el arte urbano. En estas superficies, además, los diversos mensajes convivían en esa suerte de lienzo público. Las consignas y los mensajes oficiales podían quedar subvertidos por comentarios anónimos.

Burhan Doğançay se fascinó por el arte urbano al punto de fotografiar paredes de diferentes ciudades del mundo, durante medio siglo, que luego integró a su trabajo artístico. Nació en Estambul y recibió formación artística tanto de su padre, Adil Dogancay, como de Arif Kaptan, ambos pintores turcos con amplia trayectoria. Si bien estudió Derecho en Ankara, apenas recibido se trasladó a París. Allí asistió a cursos de arte en la Académie de la Grande Chaumière, y se inscribió en la Universidad de París, donde obtuvo un doctorado en economía. Después de una carrera corta como diplomático, la que lo llevó a de Nueva York en 1962, Doğançay, escogió, en 1964, definitivamente abrazar el arte.
Se estableció en esa ciudad, y a mediados de 1970, comenzó a viajar para su proyecto secundario, Walls of the World (Paredes del Mundo). A lo largo de más de cuatro décadas, desarrolló un proyecto monumental que lo llevó a capturar la esencia de las paredes urbanas en más de 100 países y cinco continentes. Walls of the World no solo documentó las superficies de las ciudades, sino que también se convirtió en un archivo visual que refleja las transformaciones sociales, culturales y temporales de nuestra época. Con alrededor de 30.000 imágenes recopiladas, Doğançay consolidó su lugar como un cronista visual de la vida urbana al utilizar las paredes como un espejo de las emociones y las historias humanas.
Doğançay identificó las paredes como un “barómetro de nuestra sociedad”. Para el artista, estas superficies no eran simples estructuras físicas, sino testigos silenciosos del paso del tiempo y de las huellas dejadas por las personas. Las paredes, con sus grafitis, colores y objetos adheridos, se convirtieron en el núcleo de su obra, lo que le permitió explorar una amplia gama de ideas y emociones. Doğançay veía en estas superficies una complejidad que desafiaba las apariencias, sugiriendo que “nada es nunca lo que parece”.
El trabajo artístico de Doğançay se caracteriza por su enfoque muralista, aunque a primera vista muchas de sus piezas pueden parecer abstractas. Sin embargo, sus temas provienen de fuentes reales, lo que lo aleja de la abstracción pura. A través de series temáticas, el artista exploró diferentes aspectos de las paredes, como las puertas, los colores y los grafitis, e incorporó elementos físicos en sus composiciones. Este enfoque le permitió evolucionar de un simple observador a un creador que expresaba una rica variedad de sentimientos y conceptos en su obra.

Su proyecto fotográfico Walls of the World, que comenzó como un esfuerzo secundario, se transformó en una parte esencial de su legado artístico. Estas fotografías no eran meras instantáneas, sino estudios detallados de materiales, colores, estructuras y luz. En muchos casos, las imágenes alcanzaban un nivel de reducción visual que las hacía parecer monocromáticas, destacando la obsesión del artista por capturar la esencia de las superficies urbanas.
Con el tiempo, el proyecto Walls of the World adquirió una relevancia mayor, tanto en términos de contenido como de alcance. Las fotografías sirvieron como semillas para sus pinturas, que a su vez documentaban la época en que fueron creadas. De esta manera, el trabajo de Doğançay se convirtió en un doble testimonio: por un lado, las imágenes capturaban la realidad de las paredes urbanas, y por otro, las pinturas reflejaban las interpretaciones y emociones del artista frente a esas realidades.
El arte de Doğançay no solo se limita a la representación visual, sino que también invita a reflexionar sobre el impacto de las paredes en nuestra vida cotidiana. Estas superficies, a menudo ignoradas, contienen una riqueza de información sobre las comunidades que las rodean, desde mensajes políticos hasta expresiones artísticas espontáneas. Para Doğançay, las paredes eran un medio para explorar la interacción entre las personas y su entorno, para revelar las dinámicas sociales y culturales que moldean nuestras ciudades.
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