El estreno de la película Zona de interés, de Jonathan Glazer, ha conseguido atraer atención sobre su material de origen: la novela homónima de Martin Amis. Escrita en 2017, La Zona de Interés hace que Amis retome el tema del Holocausto después de La flecha del tiempo (1991) con un libro ambientado en Auschwitz entre agosto de 1942 y abril de 1943.
Para Amis era transcendental volver a escribir sobre las atrocidades cometidas por los nazis, porque estaba convencido de que, aunque los testimonios de los supervivientes perdurarán en los textos escritos y reportajes gráficos, el impacto del Holocausto cambiaría con la desaparición física de las víctimas.
En La Zona de Interés, Amis da por primera vez voz a una víctima del Holocausto, Szmul, el jefe del Sonderkommando, una unidad de trabajo formada por judíos obligados a colaborar con los nazis en la labor de exterminio de su pueblo.

Ellos se encargaban de recibir a los prisioneros cuando llegaban al campo e indicarles que debían ducharse antes de que se les asignara un trabajo y volvieran a reunirse con sus familiares. Una vez que la SS los gaseaba, los Sonders entraban en las cámaras para trasladar los cuerpos a los hornos crematorios. Asimismo, tenían que extraer los dientes de oro y buscar cualquier objeto oculto en los cuerpos. A cambio de ello, tenían unas condiciones de vida un tanto mejores que las de los demás prisioneros. Si se negaban a cumplir con sus obligaciones eran ejecutados.
La pérdida del alma
El libro tiene tres narradores: el grotesco Paul Doll, comandante del campo –y protagonista de la muy libre adaptación cinematográfica bajo el nombre real del personaje, Rudolf Höss–; Angelus Thomsen, un seductor nato, sobrino del político nazi Martin Bormann, y Szmul. A pesar de que este último no aparezca en la película, su personaje es una de las más brillantes creaciones del novelista que le dio vida.

Amis ha reconocido que es difícil escribir sobre una víctima y por eso el relato de Szmul es el más breve en la novela. El escritor estaba especialmente interesado en explorar una realidad reiteradamente defendida por los supervivientes: uno no sabe realmente quién es, tanto para bien como para mal, hasta que se encuentra en circunstancias extremas. En la novela Szmul cuenta la historia de un rey que encargó a su mago preferido que creara un espejo mágico que mostrara no su reflejo, sino su alma. Para Szmul ese espejo del que no se puede apartar la mirada es Auschwitz.
En este sentido, es interesante resaltar cómo los otros dos narradores de la novela, Thomsen y Doll, llegan a la misma conclusión: el alma se desnuda cuando se llega a un lugar como Auschwitz.
Sobrevivir
Los supervivientes también insisten en el hecho que no se puede juzgar a los que colaboraron con los nazis. ¿Quién es capaz de señalar a aquellos que tras meses en un gueto, atormentados por el hambre y las humillaciones, presenciando la muerte de los seres queridos, son enviados a un campo de concentración en el que su supervivencia depende de acatar las ordenes que se les dan?
En este sentido, uno de los grandes logros de Amis en la novela es que demuestra que los Sonders eran víctimas y no verdugos, ya que verse forzado a participar en la muerte de los suyos es el tipo de victimización más perversa. Esta degradación total del ser humano lleva a la destrucción mental, física y espiritual del individuo. Szmul lo admite cuando afirma que los Sonders, al igual que sus verdugos, han sufrido la Seelenmord, la muerte del alma.

En la novela, Amis imagina y recrea de modo admirable cómo debían sentirse los Sonders al verse obligados a colaborar con los perpetradores. Szmul sabe que no tiene el consuelo de la inocencia, pero aún así se declara “no culpable”. Reconoce que es infinitamente repugnante, pero también se siente inmensamente afligido.
Hannah, la mujer de Doll, que posee la sensibilidad y empatía de la que carece su marido, afirma que nunca ha visto una cara tan triste. A él le asombra que los ojos de la víctima estén muertos. Pero, como dice el propio Szmul, “los ojos son las ventanas del alma, y cuando el alma desaparece, los ojos también se quedan vacíos”. Amis retrata con gran acierto el dolor que le causa al personaje cumplir con sus obligaciones, especialmente cuando llega al campo alguien conocido, como el amigo de sus hijos ya fallecidos, y tiene que mentirle sobre su futuro.
La recuperación del alma
El mismo Szmul admite que nunca se acostumbra al horror y las humillaciones, pero intenta mantener la dignidad y darle sentido a su vida. Tiene tres razones para vivir: dar testimonio de lo que ha visto –una práctica habitual entre quienes sufrieron el mismo destino–, vengarse moralmente y salvar una vida cada vez que llega un tren. Los Sonders lograban cumplir este objetivo susurrándoles a los jóvenes que dijeran al llegar que tenían 18 años y un oficio. Era la única manera de que se libraran de la cámara de gas.

Al final de la novela, Doll, el comandante del campo, ordena al Sonder que asesine a su mujer, Hannah. Pero, en un acto de generosidad, Szmul se niega a matarla porque es la única persona que ha sido amable con él en Auschwitz. Szmul sacrifica su propia vida para salvar otra. Demuestra así que ante circunstancias extremas el ser humano es capaz de lo peor y también de lo mejor. Pocos segundos antes de enfrentarse a su destino, es capaz de mirar a los ojos a Hannah. De ese modo, Amis le devuelve el alma que había perdido.
En sus últimas confesiones, Szmul afirma que el hecho de que en algún momento el diario que ha escondido debajo del arbusto de grosella sea descubierto le da esperanza, porque ello significará que una parte de él seguirá viva. Y esto es precisamente lo que hace Amis en la novela: dar voz a las víctimas para que no olvidemos las atrocidades cometidas por los nazis.
* Catedrática de Literatura Inglesa en la Universidad de La Laguna.
Publicado originalmente en The Conversation.
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