Lo primero que se debe decir sobre esta miniserie estadounidense cuyos personajes pertenecen a las minorías étnicas asiáticas integradas a la sociedad estadounidense (pero no tanto) es que se trata de un ovni decididamente fulgurante. Beef, tal su nombre real, responde en el slang urbano a las “peleas” cantadas en el mundo del rap, algo así como las “riñas de gallos” que popularizaron el estilo en Argentina y Latinoamérica.
La historia de una “riña”, de un enfrentamiento, parece mejor nombre que Bronca, pero en el sociolecto urbano remite a lo que comentábamos al principio. Bronca se parece más a un estado de enojo, a un episodio específico y no a una a una sucesión de acontecimientos concertados a lo largo de una inesperada enemistad, que puede ser tan bella y oscura como su contraparte. Nos referimos a la miniserie en diez capítulos que se estrenaron en Netflix en abril de 2023, pero no es extemporáneo volver sobre ella (y además recomendar fervorosamente) ya que la cantidad de Golden Globes y premios Emmy obtenidos producen que resurja el interés sobre esta tragicomedia noir que revela, a lo largo de la trama, la endeblez del ser humano. Un cursito brindado por un Freud de la filmografía acerca de la perversión realizado con ritmo indetenible a lo largo de diez episodios, de entre 30 y 37 minutos cada uno de duración

La cosa comienza así. Danny (Steven Yeun) es un hombre de las clases laboriosas de ascendencia coreana en la fila de caja del hipermercado, donde se debate entre cambiar o no un producto por otro más barato. El cajero lo presiona y se va disconforme. Lo deposita en la parte de atrás de la camioneta y, ensimismado, retrocede para salir del estacionammiento. Un auto blanco de lujo frena a tiempo, pero presiona la bocina durante largos segundos, larguísimos, mientras Danny pide perdón. El auto blanco sigue, frena, y cuando Danny le va a hablar, saca la mano por la ventanilla y extiende el dedo medio insultándolo. ¡Para qué! Se inicia una persecución digna de Misión imposible en la que atraviesan veredas, jardines. Al final Danny pierde al auto, pero memoriza la placa. Averigua su dirección.
Con artimañas del oficio (es un “contratista”, que vendría a ser quien hace arreglos de carpintería, plomería, electricidad, etcétera, bien al uso argentino), ingresa al hogar del auto blanco y se da cuenta de que el conductor era “la” conductora: Amy, una mujer descendiente de vietnamitas y chinos, casada con un hombre de padres japoneses, con quien a su vez tiene una niña pequeña. Amy es la dueña de un vivero boutique muy exitoso, publicado en las revistas de decoración y moda de lujo, y con una clientela millonaria y snob. Quiere vender el negocio para dedicarse a la crianza de su hija.

El encuentro de Danny, que tiene un hermano menor que se dedica a los videojuegos todo el día y cuyos padres volvieron a Corea en medio del fracaso del negocio familiar –él querría regresar a vivir con ellos pero no le entra un mango a la “contratista” y caen los clientes– y la opulencia de la vida familiar frustrada de Amy, cuya suegra es tre-men-da, se produce. Y da pie a una primera venganza, que brindará la oportunidad para responder, y así, elevando cada vez más la vara. Una vara indetenible, para decirlo de alguna manera.
Este es el arco narrativo de la miniserie. Que va más allá. Primero: a pesar de un origen continental común, el trato entre coreanos, chinos, japoneses, vietnamitas, el modo de haber llegado a los Estados Unidos, la forma de relacionarse con las religiones de cada comunidad, etcétera, suponen una mirada sobre un fenómeno interesante porque la autopercepción de cada grupo tiene rasgos, justamente, individuales. ¿O no tiene nada que ver que Japón haya ocupado a todas las naciones alrededor en una política aliada al nazismo durante la Segunda Guerra, a la que involucró a los Estados Unidos mediante los bombardeos en Pearl Harbour? ¿Hasta qué punto se han perdonado los campos de detención de personas de origen nipón durante la contienda bélica, en la misma nación del norte?

¿Cómo es posible que la primera revuelta reivindicativa política de la comunidad coreana haya sucedido en 1990 y que así sea recordada, como un hito por los inmaduros hombres cerca de los cuarenta de la comunidad? ¿No viene a la mente la imagen de la niña corriendo desnuda bajo el bombardeo con napalm, durante la invasión de los Estados Unidos a Vietnam? Muy probablemente sí, y eso basta para que la “integración” de las comunidades asiáticas siga siendo desigual y combinada.
Pero allí donde triunfa Beef : en la plasmación fílmica de las cavernas del alma. En definitiva, ¿qué lleva a dos personas a desarrollar más y mejores métodos de venganza para crear una sostenida enemistad íntima; para hacer del odio una virtud y de la irritación, un arte?

Danny y Amy son, a todas luces, gente rota. Más o menos rotos como estamos todos y por diversos motivos. Pero este acercamiento al dilema del ser que se convierte en extravío, es muy bien captado por la encarnación de los personajes –que los llevó a ganar las estatuillas a la actuación en las últimas premiaciones– y la mano del guionista coreano Lee Sung Jin. Una combinación virtuosa que indaga en los sótanos del alma.
Muchas veces el in crescendo de un drama produce que el final arruine todo. No pasa aquí, confiad. Es una miniserie para ver, disfrutar, reír y pensar. Como en una “riña de gallos” rapera, sería un deshonor no aceptar el desafío de mirar Bronca o, mejor, Beef (que además tiene unos títulos maravillosos para cada capítulo).
[Fotos: Andrew Cooper/Netflix © 2023]
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