
No, no es una fotografía, aunque eso parece. Para advertir los detalles –las finas pinceladas– habría que estar cerca de la obra, un óleo sobre tela de metro y medio por dos de ancho plasmado en tres paneles que pertenece a la colección del Museo Whitney de Nueva York. La fuente sí es una fotografía, que aporta las líneas del cuadro y el punto de vista tan propio de una instantánea familiar, con su leve descuido del encuadre y un ángulo un poco abrupto.
Habrá quien se pregunte si esto es arte, o si esto es bello. ‘61 Pontiac (1969) es uno de los primeros ejemplos del fotorrealismo, un movimiento artístico surgido a fines de los 60 en los Estados Unidos que, pese a la enorme precisión técnica que lo caracteriza, encarnó el espíritu del arte pop frente a la seriedad que reinaba entonces en el arte posminimalista. Por ese entonces, “la pintura realista era realmente una forma de decir ‘no me interesa el estilo’”, dijo en una entrevista Robert Bechtle (1932-2020).
Los artistas fotorrealistas, entre los que se cuentan también Richard Estes, Ralph Goings y Chuck Close, utilizan una fotografía o una diapositiva para reunir información sobre una imagen, que luego transfieren al lienzo o al papel mediante un proyector o una técnica de cuadrícula. El cuadro o dibujo resultante es una copia exacta de la imagen fotográfica, con muy pocos indicios de técnica, como pinceladas o líneas dibujadas. El proceso es arduo y aunque el producto final pueda parecer chato, conduce a la pregunta por el acto de ver: “Es una forma de pintar sin estilo. Simplemente vuelve a mirar, lo cual es una estratagema clásica del artista y del pintor, para decir: ‘Solo quiero mirar y observar y aprender””, describió Bechtle.

Este pintor convirtió en óleos y acuarelas una infinidad de escenas ordinarias de la vida de la clase media estadounidense, especialmente alrededor de Bay Area, en San Francisco, donde la luz del sol suele dar un espectáculo vibrante para los sentidos. En esa zona en la que nació y vivió hasta sus últimos días el pintor congeló distintas intersecciones de calles, con una clara predilección por los autos estacionados sobre el asfalto o en la entrada de un hogar. Así como este cuadro, hay muchos otros del artista que llevan simplemente por nombre el modelo de un automóvil, lo que da cuenta de una fascinación personal pero también del american way of life y su masiva industria, que durante la posguerra erigió al vehículo familiar en símbolo de riqueza, estilo y estatus social.
Durante su juventud detestó ese paisaje de casas bajas y similares tan típico de los suburbios, pero en su regreso de un viaje a Europa, donde absorbió la obra de artistas pop británicos y de viejos maestros como Vermeer, vio desde la autopista algo que le pareció extrañamente exótico: un paso elevado en forma de trébol con palmeras que se alzaban en cada esquina, difuminadas en la brillante y brumosa luz del invierno. “De repente, todo esto con lo que había crecido en California, pero a lo que no había prestado mucha atención como si tuviera algo que ver con el arte, salió a la luz”, dijo en una ocasión. “Todo el mundo considera que la zona de la bahía es hermosa, y lo es. Pero al crecer en un suburbio de clase media en Alameda, no me parecía terriblemente hermosa, me parecía terriblemente mundana y monótona. A partir de ese momento, ya no. Tiene una especie de resonancia, un zumbido. Empecé a verlo realmente”.

Bechtle siempre ha seguido un camino personal para pintar los objetos de su afecto, reflexionando sobre el modo en que la luz afecta las cosas que se cruza en los alrededores de su vecindario. El artista convirtió en un reto la búsqueda de poesía en las cosas a las que no prestamos atención, y con el tiempo fue olvidando la precisión técnica y abstrayendo más detalles para darle visibilidad a las pinceladas. En la actualidad, la obra del pintor californiano se encuentra en las colecciones del Instituto de Arte de Chicago, el Museo de Arte Moderno de Nueva York, la Galería Nacional de Arte de Washington, D.C., y el Centro de Arte Walker de Minneapolis. Bechtle falleció el 24 de septiembre de 2020 a la edad de 88 años en Berkeley, California.
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