
I
Un autorretrato siempre fue la excusa para desarrollar el estilo. Hay que conocerse bien y mirarse en un espejo durante mucho tiempo como para representar ese rostro en el lienzo. De este modo, los artistas se miraban con extrañamiento y proyectaban una obra que los trascendía.
Como género dentro de la pintura, con el tiempo se volvió más habitual. Hay razones técnicas, como la aparición de la pintura al óleo que sembró posibilidades de representar el rostro humano, así como también la producción de espejos convexos, pero también las culturales, porque cuando se corrió del centro a Dios y se lo colocó allí al hombre y a la razón, autorretratarse era manifestar una posición política.
Si alguien decidiera hacer una mega exposición imaginaria del autorretrato debería poner a prácticamente todos los artistas: Frida Kahlo, Alberto Durero, Jan van Eyck, Miguel Ángel, Diego Velázquez, Marie-Guillemine Benoist, Salvador Dalí, Leonardo Da Vinci, Caravaggio, Pieter Paul Rubens, Rembrandt, Zinaida Serebriakova, Vincent Van Gogh, Egon Schiele, Lucian Freud y la lista se extiende al infinito.
II
Uno de los tantos autorretratos que dio la historia del arte lo hizo Antonio Gisbert, un pintor español nacido en Alcoy hace 186 años exactos, un 19 de diciembre de 1834. Lo particular es que el rostro del artista no está en el centro de la escena, o sí, pero no tiene el protagonismo que cualquiera esperaría. No, acá el contexto, el escenario, prima. El título es Autorretrato en su estudio. Fue pintado en 1865 y está en el Museo de Bellas Artes de Bilbao.
¿Qué vemos allí? En principio, su lugar de trabajo. En el extremo izquierdo parece haber un atril, un tablero de Ajedrez sobre la pared. También hay cuadros como La Gioconda de Da Vinci, una biblioteca, un escritorio, un sillón de terciopelo rojo y el artista, tranquilo, sentado allí, viendo una carpeta con lo que podría pensarse que son dibujos. Es un autorretrato que busca dar cuenta de un lugar, de una intimidad.
Escribió Luis Alberto Pérez Velarde en su tesis doctoral de 2015 sobre este cuadro: “Es un manifiesto artístico-intelectual del pintor que muestra a través de elementos reconocibles en su estudio, su estilo deudor de los maestros del Renacimiento como Leonardo o Rafael, o una de sus aficiones más exquisitas como la música o el juego del ajedrez”.
III
Pero la mayor parte de su obra va por otro lado: Gisbert es un pintor historicista entre el romanticismo y el realismo que representa escenas bélicas y sociales. “Su arte muestra una historia idealizada, pero también científica, sin dar la espalda a los problemas políticos y sociales de su tiempo, aunque sin renunciar al complejo pasado de su país. Algunos lo llamaron realismo retrospectivo”, escribió el historiador del arte Miguel Calvo Santos.
Estudió en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid con José de Madrazo y Agudo y Federico de Madrazo, vivió muchos años en Roma y fue el primer director del Museo del Prado. En 1873, luego de seis años al mando de la institución, dimitió por su oposición a la nueva República española y se instaló definitivamente en París. Murió en la capital francesa en 1901.
En la bisagra entre el siglo XIX y XX aparecieron movimientos estéticos relevantes como el impresionismo. A Gilbert no le interesaba experimentar ese tipo de estéticas. Siguió pintando cuadros costumbristas y realistas, y decidió no adaptarse a la exaltación del color y las formas. Era progresista en lo político pero conservador en lo artístico. Lo sabía, siempre lo subo. Así le interesaba seguir. Así quería que lo recordaran.
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