La belleza del día: “La declaración de amor”, de Jean François de Troy

En tiempos de incertidumbre y angustia, nada mejor que poder disfrutar de imágenes hermosas

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“La declaración de amor” (1724)
“La declaración de amor” (1724) de Jean François de Troy

I

La Francia del siglo XVIII es un lugar de cambios. En 1789 llegaría la Revolución Francesa y comenzaría eso que los historiadores llaman la Edad Contemporánea, con las bases de la democracia moderna y la soberanía popular. Pero las transformaciones sociales y culturales se aprecian en el inicio del siglo, sobre todo en el arte. Por ejemplo, el nacimiento del estilo rococó, que llegó para romper con la hegemonía del barroco.

El barroco era el arte oficial y ostentoso del reinado de Luis XIV. Con su muerte en 1715, se abrió la posibilidad de “modernizarse”. Entonces surgió el rococó que está ligado al gusto independiente y hedonista donde los palacios ya no son espacios solemnes, herméticos y oscuros sino lugares abiertos alumbrados por el sol y en relación directa con la sociedad civil. El arte, entonces, empezó a esta dirigido a la sociedad y no a los reyes. Podría decirse que fue una “democratización inicial”.

Al principio el término rococó era peyorativo, sin embargo logró imponerse a fuerza de belleza. La exploración hacia una nueva forma artística por fuera del barroco comenzó en 1720. La génesis de esa búsqueda estaba ligada, sostiene el historiador del arte Fiske Kimball, a los diversos decoradores franceses de la época. Decoración, moda, diseño, objetos y pintura, por supuesto. Uno de los mayores exponentes de este estilo es Jean François de Troy.

II

Nacido en París en 1679, el destino de Jean François de Troy estaba cantado: debía dedicarse al arte. Su padre era el famoso el retratista François de Troy y director de la Real Academia de Pintura y Escultura. La presión familiar suele resultar contraproducente; no fue su caso porque tenía el talento y la dedicación. Como era común entre los pintores de la época, viajó a Italia a conocer las grandes obras occidentales. Vivió siete años allí y regresó hecho un artista.

Y si bien comenzó dedicándose a la “pintura de historia”, ese género donde abundan los temas religiosos, mitológicos e históricos, también se interesó por el fenómeno que estaba surgiendo. Mientras pintaba, seguía moviéndose: ingresó en la Academia, trabajó en Versalles y Fontainebleau, diseñó cartones para las manufacturas de Gobelinos, recibió junto con François Lemoyne el primer premio del Grand Concours.

Uno de los temas que más le interesaba era el amor. Quizás por su desdicha personal: la muerte temprana de su mujer y también la de sus siete hijos. ¿Cómo se vive luego de amar tanto y perderlo todo? ¿Por qué hacer del arte un lugar hermoso, bello, agradable y mágico cuando la tragedia te abraza hasta asfixiarte? ¿Acaso Jean François de Troy encontró en el estilo rococó un refugio, un oasis de tranquilidad, una cápsula donde dejar de sufrir?

III

De Troy creó obras realmente maravillosas: Reposo de Diana, Cena de ostras, La abducción de Europa, Jasón y Medea en el templo de Júpiter... Y entre esa gran producción está La declaración de amor, un óleo de 65 centímetros de alto y 53 de ancho, que está en el Museo Metropolitano de Arte de Manhattan, Nueva York, Estados Unidos, más conocido como Met. Tiene casi 300 años; fue pintado en 1724.

No es sólo rococó, es también lo que entonces se conocía como tableaux de mode (pinturas de la sociedad de moda), donde los artistas daban cuenta de la decoración de interiores, la vestimenta de las personas y las costumbres sociales de la época. Todo eso se ve en esta obra. Además, en la pared hay una representación de Marte y Venus, y en el suelo, abajo, intentando llamar la atención de los enamorados, un pequeño perro.

¿Qué era el amor para Jean François de Troy? Posiblemente lo mismo que para muchos de sus contemporáneos y también para nosotros, que observamos la escena tres siglos después y vemos esto: dos personas conversando, prometiéndose cosas, mirándose con ternura y sensualidad, tomados de la mano, disfrutando, casi sin saberlo, de ese momento extraño y vital donde el amor lo es todo y el resto es una bella decoración ocasional.

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