
Nuestra belleza del día tuvo en realidad tres versiones. Firmada en la parte superior izquierda, la versión principal de La lavandera data de entre 1733 y 1740 y mide 38 x 48 centímetros. Formaba parte de la colección Crozat, que fue adquirida en su mayor parte por la emperatriz Catalina II de Rusia por consejo de Denis Diderot -gran admirador de la obra de Chardin- en 1772, y actualmente se encuentra en el Museo del Hermitage, en San Petersburgo.
Una segunda versión se encuentra el Nationalmuseum de Estocolmo; es más pequeño (37,5 por 42,5 cm) y está firmado en el centro, en el taburete debajo de la cuba en donde se lava la ropa. Esa versión se exhibió en el Salón de París de 1737 y fue grabada por Cochin en 1739. Existió una tercera versión (de 35 por 41 cm) que formaba parte de la colección de Henri de Rothschild, pero fue destruida durante la Segunda Guerra Mundial.
Jean Siméon Chardin (1699-1779) nació y murió en París, una ciudad que prácticamente no abandonó a lo largo de su vida. Dejó una obra escasa pero detallista, que retocaba una y otra vez, con ambiciones de perfección y en busca del ideal de la luz. “Tomo mi tiempo. Me he acostumbrado a no separarme de mis obras hasta que mis ojos me confirman que no necesitan nada más”, escribió. Le tocó vivir un período de paz en Francia durante el cual el desarrollo del comercio colonial y de ultramar llevó a la prosperidad a los artesanos hasta convertirlos en empresarios, y a las clases altas las llevó a vivir plenos de lujo y efectismo.
Entonces surge el rococó, una corriente artística en la que pintores como Antoine Watteau o Fragornard, entre otros, procuraban exhibir la magnificencia de los salones y terrazas de palacio y la pomposidad de sus personajes y sus vestuarios. En este contexto, el arte de Chardin, con sus escenas domésticas y alejadas de todo exhibicionismo va contra la corriente. Mujeres y niños, abstraídos en sus labores o juegos, son los grandes protagonistas de sus cuadros.
“Las prendas blancas resaltan entre la oscuridad de la escena del lavadero. El blanco ya era símbolo de pulcritud y pureza entre la aristocracia y burguesía de la época, que mostraba un interés casi obsesivo por la limpieza de sus prendas. La labor de las lavanderas era muy dura antes de la llegada del jabón, y se veían obligadas a blanquear con la utilización de cenizas que acababan afectando seriamente a la integridad de sus manos. No es el caso de la lavandera de la escena. Sabemos que ella ya utiliza jabón, el niño de la chaqueta llena de remiendos y las calcetas roídas aparece ensimismado haciendo pompas con él”, señala en su análisis Adriana Vega en la página artelista.blog.
“En la habitación donde una mujer joven trabaja duro fregando ropa en la tina, todo parece estar impregnado de una sensación de tranquilidad y calma, una impresión creada gracias a la combinación de muchos elementos en la pintura: la composición simple, estricta, simétricamente objetos dispuestos, la alternancia de áreas de luz y color. Una de las cosas más maravillosas del cuadro es la figura femenina vista a través de la puerta, el espacio a su alrededor lleno de vapor. Aunque no podemos identificar la fuente de la luz, podemos adivinar de qué dirección cae. La pintura tiene un esquema de color muy sobrio, el artista selecciona cada color muy deliberadamente y lo usa con mucho cuidado para dar una sensación más completa de la realidad y solidez de cada objeto”, señala la página del Hermitage.
La obra de Chardin -quien además fue un maestro de la naturaleza muerta- ha sido referencia para artistas como Manet y Cézanne. Y también para muchos artistas contemporáneos.
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