La belleza del día: “Desnudos en un paisaje”, de Francisco Iturrino

En tiempos de incertidumbre y angustia, nada mejor que poder disfrutar de imágenes hermosas

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“Desnudos en un paisaje”, de Francisco Iturrino
“Desnudos en un paisaje” (1916-1918) de Francisco Iturrino

“La vida es una sola”, dijo Francisco Iturrino y dio el gran zarpazo de su vida. Hasta entonces, había sido un alumno aplicado, primero en el Bachillerato de Santander, luego en la Universidad de Lieja donde estudiaba Ingeniería. Hasta que se dijo a sí mismo: “La vida es una sola”, y abandonó todo. ¿Su sueño? Atrapar el mundo en un lienzo, es decir, pintar.

Iturrino nació en Santander en 1864 y a los veintipico decidió salir a recorrer, no sólo su país, sino el continente entero. Tenía claro que la pintura era su vida. Costara lo que costara iba a transitar ese camino. Cuando llegó a París, lo primero que hizo fue ir a buscar a Pablo Picasso. Se hicieron amigos y hasta compartieron dos exposiciones en 1901. Era un pintor que se destacaba por la paleta de colores que usaba y por la simplicidad en la ejecución.

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Le gustaba pintar mujeres, sobre todo gitanas, adornadas con elementos populares. Vivía de la forma opuesta en que lo hacen los ingenieros. Parecía una decisión: romper el mandato y hacerlo trizas. Disfrutaba de la vida como si la existencia fuera un último verano.

“Mi excelente amigo Iturrino, alma de niño, pintor fantástico, colorista desenfrenado, que se va a Andalucía a pintar agitanadas mozas, desvestidas más bien que desnudas, y luego se mete de rondón en cualquier salón secesionista de París a meter ruido con sus colores que chillan y danzan, y hacen danzar”, escribió el filósofo Miguel de Unamuno en De Arte pictórica (1912), uno de sus grandes amigos de ruta.

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Es que si algo tenía Francisco Iturrino eran amigos. Con Matisse, por ejemplo, viajaron en 1910 a Sevilla. El pinto español ya conocía esta ciudad de memoria, entonces fue su cicerone, su guía turístico. Muchos de sus amigos le realizaron retratos, como André Derain y Juan de Echevarría. En esa década, la de 1910, empezó a unir dos ejes temáticos fundamentales para su estilo y su obra: mujeres y naturaleza. Quizás esas sean sus mejores pinturas, sobre todo por el uso desafiante del color.

A Iturrino y a Echeverría se los considera los grandes fauvistas de España. El fauvismo fue un movimiento pictórico que nació en Francia. Surgió de forma accidentada: un crítico de arte vio una muestra donde unos artistas usaban el color de una forma muy provocativa, entonces los bautizó como “las fieras” (les fauves), de ahí el término fovismo o fauvismo. Por entonces, en España también existía, aunque quizás sin saberlo.

Desnudos en un paisaje es una obra que forma parte de esa época. El tiempo de su creación es imprecisa: entre 1916 y 1918. Cuatro mujeres juegan y se divierten en un escenario casi selvático. El sombreado y el tono de sus pieles desnudas son muy delicados y contrasta con la fuerza de los verdes de la vegetación. Hoy, el cuadro permanece en el Museo Reina Sofía de Madrid, España, luego de haber estado albergado en el Museo Español de Arte Contemporáneo (MEAC) hasta 1988.

“Las distintas especies vegetales se yuxtaponen unas sobre otras, de una forma casi plana, mediante bombardeos de color ardiente. Pocas veces vemos el cielo, Iturrino hace protagonista al espesor botánico que, en ocasiones, comparte escena con la figura femenina. A partir de ahora cuerpo y naturaleza se vuelven a reinterpretar y, reiteradas veces, se plasman de una forma tan homogénea que se confunden la carne y la flora”, escribió la historia del arte Elena Muñoz Martín, que subraya el estilo de su pincelada: “tan empastada como deslumbrante”.

Francisco Iturrino murió en 1924 en una casa de Cagnes-sur-Mer a los sesenta años. Había vivido tanto (¿la intensidad de los colores de sus pinturas es una analogía de la intensidad con la que vivió?) que a los 58 dijo: “Ya es suficiente”. Se retiró a la arbolada ciudad francesa cuyas costa son bañadas por el Mar Tirreno. Quizás las mejores vidas merezcan finales así: disfrutando hasta la última gota del verano.

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