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“El ojo”, un cuento de Damián Rovner

Infobae Cultura publica el primer relato del libro homónimo del escritor, músico y gestor cultural, autor de "Sí, fui yo". #CuentosEnInfobae

ojo arte portada
(Shutterstock)
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Se encontraba solo en su cuarto y nada le llamaba la atención. Su cuerpo, indiferente, descansaba sobre una delgada colchoneta que, a veces, utilizaba para hacer ejercicios de yoga. Observaba cada detalle del techo: las grietas, las manchas de humedad, las telarañas en las esquinas. La sensación que lo invadía podría ser descripta como ver pasar el tiempo con una profunda falta de deseo. El presente lo estaba aburriendo.

Su cabeza se transportó entonces a la clase de Anatomía a la que había asistido ese mismo día por la mañana. Rodrigo cursaba tercer año de la carrera de Biología y ese día habían tratado el sistema visual. La profesora había desplegado una lámina gigantesca de un ojo con la descripción de cada una de sus partes y había expuesto con lujo de detalles cómo se ensamblaban y trabajaban combinadas entre sí. “El ojo es por donde entra la mayoría de la información que almacenamos en nuestro cerebro”, había dicho en un ritmo pausado con la intención de que tomaran consciencia de su importancia.

En efecto, el ojo era de una ingeniería compleja y asombrosa: la córnea, la pupila, el iris, la retina, el cristalino, el humor vítreo, los millones de nervios, el óptico, el punto ciego, la esclerótica. “Escuchá: tiene veinticinco milímetros de diámetro y pesa solamente ocho gramos. La luz entra por la pupila, atraviesa el cristalino, se transforma en señales eléctricas que se proyectan en la retina a través del humor acuoso, y las células fotorreceptoras la convierten en impulsos que el nervio óptico envía al cerebro. Algo así, más o menos”, le resumió Rodrigo a una amiga por teléfono dándose aires de científico y agregó: “Se me ocurrió un experimento. Después de que lo haga te cuento”.

Se le ocurrió un experimento con sus propios ojos. Pensó que, si llegaba a darlos vuelta por completo, mirando hacia el interior de su cabeza, podría llegar a ver parte de su propio sistema ocular. Si las pupilas apuntasen hacia adentro de la cabeza, ¿por qué no podría ver sus órganos? Era descabellado. La idea lo atraía y atemorizaba.

Damián Rovner - El ojo
"El ojo" (Editorial Hormigas Negras), de Damián Rovner

Decidido a hacer la prueba, despejó la habitación y apagó todas las luces menos un velador. Era importante tener plena seguridad de que las sensaciones no lo engañarían. Por lo tanto, algo de luz era necesario.

Meditó un momento y organizó los pasos a seguir. El intento consistiría, en primera instancia, en tratar de girar las pupilas hacia arriba y determinar hasta dónde llegaban solo con la concentración mental y las órdenes cerebrales.

Se recostó desnudo en el piso, sobre la colchoneta y, una vez cómodo y relajado, comenzó lentamente con la tarea que lo inquietaba.

Aquel primer intento le llevó cerca de media hora. Se tomó su tiempo con mucha cautela para avanzar con el experimento. Por más que hacía fuerza por girar los ojos hacia arriba, no llegaba a ver mucho más que el nacimiento de sus párpados superiores. Lo único que obtuvo como resultado fue mareos y dolor en los músculos de la zona ocular.

Debería sin duda realizar un segundo intento, esta vez incorporando alguna ayuda externa. Pensó en sus dedos. De esa manera, no tendría que poner tanto cuidado como si lo hiciese con otro elemento. Descansó unos minutos. Se distendió, trató de relajarse y reinició el desafío. Debía continuar con un solo ojo.

Con la mano izquierda, sostuvo los párpados del ojo derecho bien abiertos. Llevó las pupilas lo más arriba que pudo y, con sumo cuidado, de manera de evitar todo dolor físico, acercó la yema del dedo mayor hacia la zona inferior de la córnea. En el momento de contacto se sobresaltó y las piernas se le pusieron rígidas haciendo presión contra el piso. Se vio forzado a permanecer absolutamente quieto, respirando suave y profundo, evitando movimientos que pudiesen ocasionar alguna desgracia. De ninguna manera desistiría al primer intento, solo era cuestión de serenarse y avanzar con precaución. Esperó unos minutos. Habiéndose tranquilizado, lentamente, realizó el primer desplazamiento, mínimo, pero un dolor intenso inundó su cabeza. Lo soportó con valentía y entonces aguardó otro rato hasta que disminuyó la intensidad. Ya no esperaba que desapareciese el dolor.

Apenas lograba correr el ojo, aunque sea medio milímetro, lo mantenía firme para ir a buscar el punto inferior nuevamente con otro dedo y repetir toda la acción. A cada uno de estos idénticos pasos, comenzó a estirar la cabeza hacia atrás y abrir la boca exageradamente. La respiración se tornó entrecortada. La tarea cada vez se complicaba más por las lágrimas que aparecían y, dada la posición horizontal, no caían sino que permanecían en el hueco ahora más profundo que se formaba por la presión de los dedos sobre el ojo.

Estaba en esta posición y aguantando la respiración, cuando sintió una fuerte punzada dentro de su cabeza, casi como si un nervio se le hubiese desprendido. Los dedos se le descontrolaron y, en lugar de mantenerse en calma, presionaron y se le hundieron más aún dentro de la cavidad ocular. Un dolor frío e intenso le corrió entonces por el cuerpo. Los párpados se le cerraron con mucha fuerza y no notaba ni el menor indicio de luz. Se incorporó desesperado en busca de un pañuelo, pero cuando separó las manos de la cara el desprendimiento fue instantáneo y total y las imágenes se dispararon y giraron por todo el entorno.

Con el primer golpe de vista recorrió la habitación desorbitado. Desde su mano, el ojo fijó la mirada sobre su otro ojo que lo observaba desde su rostro.

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