
Mary Cassatt (1844-1926) fue una pintora y grabadora estadounidense, criada en el seno de una familia acomodada que era apoyada en su interés por el arte, pero que no aceptaba que fuese su manera de ganarse la vida. En la Belle Époque, las mujeres no debían ensuciarse las manos.
Nacida en Pensilvania, Cassat desarrolló desde su infancia una estrecha relación con el arte europeo a través de los viajes que realizaba con su familia. Pasó varios años en Alemania y Francia, donde aprendió los idiomas y comenzó a realizar sus primeros dibujos.
En su regreso a Filadelfia, se inscribió en la Academia de Bellas Artes de Pennsilvania, en 1861, aunque allí comenzaron las diferencias con sus progenitores con respecto a su futuro. Así, se mudó Italia y luego a España, donde realizó obra, aunque fue en París donde su carrera finalmente se direccionó.
Quiso ingresar a la emblemática École des Beaux-Arts, pero le negaron el acceso por ser mujer, por lo que se pasó los siguientes años estudiando bajo la tutela del pintor Jean-Léon Gérôme y realizando copias de las grandes obras del Museo del Louvre.
Rechazada también por el Salón de París, el destino la cruzó con Edgar Degas, quien se convertiría en su maestro y con quien tuvo una relación bastante conflictiva hasta su muerte.
Además, Degas la invitó a exponer con los impresionistas, que en ese momento eran todo lo que estaba mal con el arte, según la visión oficial. Allí, conoció a Claude Monet, Édouard Manet y Pierre-Auguste Renoir, como también forjó una amistad Berthe Morisot. Comenzó a exhibir su trabajo con el grupo en 1879, cinco años después de la primera exposición independiente.
Cassat fue una artista dotada de una técnica extraordinaria, pero también una mujer comprometida con su pensamiento. En su obra puede apreciarse una búsqueda por romper los moldes con los que se representaba a las mujeres hasta entonces.
Dejó de lado las figuras femeninas clásicas de la pintura religiosa, como también de la obsesión de los impresionista por las prostitutas y las buscavidas, retratando en sus lienzos a mujeres en situaciones cotidianas y creó además todo un nuevo simbolismo estético con respecto a la relación madre-hijo, aunque ellas nunca tuvo uno.
“Muchos historiadores del arte han interpretado que sus escenas domésticas eran una forma de apoyar las vidas confinadas de las mujeres en el siglo XIX. En realidad, el tema de la madre y el hijo no era un símbolo de las restricciones de la mujer, sino de su papel central respecto a la inmortalidad. La de Cassatt no pasó por tener hijos, sino por colgar sus cuadros en museos junto a Botticelli y Rafael”, dijo Nancy Mowll Matthews, curadora de una retrospectiva realizada en el Museo Jacquemart-André de París hace dos años.
La obra Verano, de 1894, es una clara muestra de cómo Cassat desligaba a la figura femenina de los espacios de recreación masculinos, para ilustrarlos llenos de luz, con colores cálido. La pieza pueda apreciarse en el Crystal Bridges Museum of American Art, Arizona, EE.UU.
Mucho se ha escrito (especulado) sobre si tuvo o no una relación amorosa con Degas, algo que ambos desmintieron en vida. “Ha habido especulaciones sobre su lesbianismo, pero no creo que fuera eso. Más bien creía que los hombres eran un obstáculo. A finales del siglo XIX, las mujeres que querían vivir en libertad debían separarse de ellos”, expresó el historiador Paul Fisher, especialista en la Belle Époque.
En 1893, expuso el mural Mujeres recogiendo los frutos del árbol del conocimiento dedicado a la mujer moderna (hoy perdido) enfrentado al mural de la Mujer primitiva. Ambos perdidos tras la demolición del edificio. Además, en 1915, Cassatt se ofreció para coordinar una exposición organizada por su amiga Louisine Hayemeyer en Nueva York en homenaje al movimiento sufragista.
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