
La Usina del Arte presenta dos emblemáticas y lúdicas instalaciones brasileñas de los años 60, que invitan al espectador a atravesar diversas experiencias sensoriales, creadas por el artista Hélio Oiticica (1937-1980), uno de los artífices del Tropicalismo, avanzada cultural de resistencia a la entonces reinante dictadura militar.
Tropicália -palabra que utiliza Caetano Veloso para dar nombre a una de sus canciones y que toma de la instalación epónima de 1967 de Oiticica- es además un convite a ser parte de la obra, a experimentar con el cuerpo y percibir con los sentidos. Una pieza que 50 años después de su creación, llega a la Argentina junto a otra instalación, Edén, ambas de similar espíritu.

Como en el libro Rayuela, de Julio Cortázar, donde el lector puede saltar de un lado a otro de manera desordenada, asimismo no hay un itinerario correcto que indique por dónde comenzar o finalizar la recorrida por las obras de Oiticica, uno de los más importantes artistas de la segunda mitad del siglo XX en Brasil. La única consigna es quitarse los zapatos y dejarse llevar, ya que en el camino por esta suerte de laberinto carioca habrá rellanos de arena, caminos de piedras, tumultos de hojas secas, un rectángulo repleto de heno donde recostarse y hasta una pileta muy bajita pero con agua, para los más audaces.

Habrá entonces que recorrer con los pies descalzos un espacio habitado por aves, plantas tropicales, agua, piedras y alfombras de libros y revistas, y así ir conectando con el espíritu de la búsqueda de Oiticica: un arte que desafía a asumir un rol activo y no meramente contemplativo.

Pero hay más: media docena de periquitos australianos cantan y hacen oír su aleteo en una inmensa jaula que descansa dentro de la primera instalación, Edén, paraíso carioca donde también irrumpe una pequeña casilla de madera, con telas y cintas de colores que hacen las veces de puerta y que conducen a un estrecho cuarto con una televisión siempre mal sintonizada, un guiño al ambiente y la arquitectura de las favelas. Poemas de Roberto Salgado acompañan diferentes objetos dispersos por la instalación.
Este laberinto fue también percibido en aquel entonces como una crítica al estereotipo de Brasil como paraíso tropical, que ponía en escena la estética de las favelas como símbolo nacional.
"No hay un itinerario cierto a la hora de recorrer la obra; es muy abierta y participativa. La idea es que las personas participen, que se abran a eso, que se suelten de los condicionamientos sociales, que puedan volver a ser niños nuevamente", dijo el sobrino del artista, César Oiticica Filho, y curador de la muestra compuesta por dos instalaciones.

"Experimentar lo experimental" era uno de los lemas predilectos de Oiticica, este artista de vanguardia, radical, apasionado y experimental, que marcó a fuego a sus contemporáneos, y que para algunos especialistas, con su instalación Tropicalia, inauguró una de las primeras tentativas conscientes de imponer una imagen "brasileña" a aquella vanguardia naciente de los 60.
Estas pequeñas postas, o espacios, que conforman los fragmentos del laberinto Tropicalia, se presentan con diferentes nombres y consignas: mientras una tienda de camping invita a su interior para oir canciones de Caetano y Gilberto Gil, el estanquecito de agua, bautizado Iemanjá, rinde honor a la deidad afrobrasileña del mar, con numerosos devotos en Brasil, y la caseta repleta de hojas secas se titula "Cannabiniana", ya que en la idea original de Oiticica debía incluir hojas de marihuana.

"Es curioso cómo una obra de los 60 sigue teniendo validez 50 años después. Siempre me lo pregunto. Las grandes obras son así. La obra de Hélio es adelantada a su época. El arte contemporáneo habla hoy sobre las mismas cosas que él mostró hace medio siglo. Tiene mucha vigencia. Que el espectador pueda moverse, tocar, saltar, estar adentro y ser parte, es algo muy actual. La obra remite al cuerpo, brinda herramientas para que volvamos al ahora y eso es lo más importante de la obra", agregó César Oiticica.
*Con información de Télam
**La muestra de Hélio Oiticica podrá visitarse hasta el 1º de julio en la Usina del Arte, Agustín Caffarena 1, en el barrio porteño de La Boca, de martes a jueves de 14 a 19 y de viernes a domingo de 10 a 21, con entrada libre y gratuita.
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