
La historia de Francisco Sánchez Potosme, conocido por todos como Panchito, cambió para siempre la vida de su madre, la rutina de un barrio y la percepción de la seguridad en Costa Rica. La mañana del 28 de marzo de 2001, el niño de seis años y cinco meses desapareció sin dejar rastro después de abordar la buseta escolar en San Rafael Abajo de Desamparados.
Desde entonces, la búsqueda de respuestas y la esperanza de un reencuentro han marcado la existencia de Ángela Potosme, su madre, que aún hoy recorre caminos en busca de una señal.
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Ángela, despidió a su hijo confiada en volverlo a ver al mediodía, como dictaba su rutina. El reloj avanzó y la buseta regresó, pero Panchito no bajó del vehículo. En ese instante, la vida de la madre se desvió hacia un rumbo incierto, guiada únicamente por rumores, pistas incompletas y la fe.
Las investigaciones determinaron que el padrastro del menor, Ronald Alvarado Sandino, lo esperaba dentro de la escuela. Según reconstruyó el medio La Nación, el hombre interceptó al niño con el pretexto de llevarlo a una supuesta fiesta en Nicaragua. El niño, confiado, aceptó la invitación.
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Por lo que, varios testigos aseguraron haber visto después al padrastro junto con el menor, ambos con el uniforme escolar y la mochila que Panchito llevaba ese 28 de marzo.
La búsqueda incansable y las respuestas que nunca llegaron
El caso se convirtió en uno de los más complejos y prolongados para las autoridades costarricenses. La madre, al recibir informes de avistamientos en Nicaragua, emprendió viajes hacia el país vecino. Durante años, especialmente en Semana Santa, buscó a su hijo por hospitales y comunidades, siguiendo cualquier indicio.
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Cada pista la condujo a un callejón sin salida, pero nunca perdió la convicción de que su hijo podría estar vivo. “Sigo pidiéndole a Dios que aparezca”, declaró a medios costarricenses. El dolor, cuenta, no disminuye con el tiempo. “Para mí es como si fuera ayer”.
El único avance judicial fue la condena a Ronald Alvarado Sandino por sustracción de menor. La Nación informó que, tras dos años de investigación, la justicia lo sentenció en 2003 a solo dos años de prisión, ya que la acusación formal no incluyó desaparición forzada ni homicidio.
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El hombre cumplió su condena y fue liberado en 2005, mientras el paradero de Panchito sigue siendo desconocido. La madre y organizaciones sociales han cuestionado la respuesta institucional ante un delito que dejó consecuencias irreparables.
Una herida social y familiar que expone las fallas del sistema
El Organismo de Investigación Judicial (OIJ) realizó un retrato forense para proyectar la imagen de Panchito como adulto joven. Esta herramienta suele utilizarse en América Latina para casos de larga data, con la esperanza de que alguien pueda reconocer al desaparecido. Hasta hoy, ningún dato relevante ha surgido a partir de esa imagen.
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Ángela Potosme, a sus casi 64 años, enfrenta secuelas emocionales y físicas. Depende de medicación y atención psiquiátrica para sobrellevar el insomnio y la ansiedad.

Sus testimonios, recogidos por La Nación y otros medios ticos, describen un sufrimiento que se renueva cada aniversario o inicio de clases, fechas que le recuerdan la ausencia de su hijo.
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A pesar del paso de los años, la investigación ha quedado prácticamente detenida. Los expedientes duermen en archivos, mientras la madre sostiene una búsqueda que, con el tiempo, se vuelve más solitaria. La pregunta sobre el destino de Panchito permanece sin respuesta, y la esperanza de Ángela se sostiene en los recuerdos y la fe.
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