
En las faldas del cerro Pasquí, en San Juan de Chicuá, la jornada agrícola comienza antes de que salga el sol. Este es solo uno de los varios lugares en la zona norte de la provincia de Cartago en Costa Rica, donde la producción de papa es la principal actividad ecónomica para las familias. Pese al intenso frío que con el que se amanece casi que a diario, para los agricultores de papa eso es parte de la rutina. La tierra es su sustento y, en muchos casos, el único ingreso familiar.
Durante años, el costo de la semilla, los agroquímicos y el transporte ha reducido los márgenes de ganancia. A eso se suman plagas, enfermedades y la incertidumbre del mercado. En ese escenario, un proyecto biotecnológico impulsado por el Tecnológico de Costa Rica (TEC) comenzó a marcar una diferencia concreta en el campo.
En 2025, la universidad transfirió al menos 10 mil vitroplantas a agricultores de Llano Grande, Tierra Blanca, Cot y Pacayas. No se trata solo de plantas cultivadas en laboratorio: para muchos productores representan la posibilidad de sembrar con menos riesgo y mayor esperanza.

Las vitroplantas, desarrolladas en el Centro de Investigación en Biotecnología (CIB), permiten obtener material genético sano, uniforme y de alto rendimiento. Se trabaja con dos variedades: Única (de cáscara roja y pulpa amarilla) y Floresta (de cáscara amarilla y pulpa blanca)
Para Uriel Méndez Mejía, agricultor del cerro Pasquí, el impacto se mide en números, pero también en tranquilidad. “Ha habido una menor inversión y un mejoramiento de la semilla”, explicó. En su parcela, el cambio no solo significa producir más, sino gastar menos y tener mayor seguridad en la cosecha.
Según datos del proyecto, las plantas obtenidas mediante este proceso in vitro han alcanzado rendimientos cercanos a los 550 quintales por hectárea, frente a los 450 quintales que se obtienen con semilla tradicional. Esa diferencia puede representar la ganancia que sostiene a una familia durante varios meses.

Pero el beneficio no termina en la primera cosecha. A partir de las vitroplantas, los agricultores pueden generar su propia semilla prebásica durante cuatro o cinco años, reduciendo la dependencia de compras externas y el impacto de los altos costos de insumos.
En comunidades donde muchas familias dependen exclusivamente de la papa, ese ahorro es determinante.
Innovación desde las aulas
El proyecto, liderado por los investigadores Giovanni Garro Monge y Jaime Brenes Madriz, no se limita a la entrega de plantas. Incluye acompañamiento técnico, capacitación y el uso de bioinsumos: abonos orgánicos elaborados con microorganismos benéficos que fortalecen los cultivos y ayudan a combatir plagas y enfermedades.
Para los agricultores, esto significa menos uso de agroquímicos y una producción más sostenible en una zona de alta montaña donde el equilibrio ambiental es clave.
“Es muy satisfactorio comprobar que los esfuerzos en el manejo de las plantas in vitro proveen beneficios concretos en el campo y permiten el desarrollo de pequeños productores”, señaló Garro.

Un respiro para la economía rural
En la zona norte de Cartago, la papa es identidad y economía. Cada quintal vendido sostiene hogares, paga estudios, cubre deudas y mantiene viva una tradición agrícola de generaciones.
En medio de la volatilidad de precios y los crecientes costos de producción, el acceso a semilla de alta calidad y mayor rendimiento puede marcar la diferencia entre continuar sembrando o abandonar la actividad.
Para productores como Uriel, la biotecnología no es un concepto abstracto: es la posibilidad de seguir trabajando la tierra con mayor estabilidad.

En las montañas cartaginesas, donde el frío y la neblina acompañan cada cosecha, la innovación científica comienza a traducirse en algo más tangible como oportunidades reales para quienes viven del campo.
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