
Desde la Secretaría de Educación de Bogotá se está impulsado una iniciativa que busca que los menores de 16 años no puedan tener acceso absoluto a los celulares en ningún espacio académico dentro de la jornada escolar, incluidos los tiempos de descanso.
La medida, por polémica que pueda llegar a ser, es un pedido a voces de numerosos educadores, padres de familia, directivos de instituciones. Incluso, hay gobiernos de países como Francia, que ya estipularon restricciones definitivas del uso de dispositivos en menores de edad para favorecer la interacción social, mejorar la atención en clase y fortalecer el aprendizaje y la regulación emocional.
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En realidad, quienes no parecen estar satisfechos con estas iniciativas son los jóvenes que cada vez más se sienten atraídos a abstraerse en una pantalla que cabe en su mano.

Los contenidos que hay en las plataformas digitales —aún más con la desaforada rapidez de la IA—son, efectivamente, atractivos debido a los estímulos que generan en nuestras cabezas. Con esta ventaja, las empresas tecnológicas encontraron una mina para generar consumo: el contenido corto para redes sociales con temas que llamen la atención.
Las cifras oficiales lo demuestran: En Colombia, el celular se consolida como el dispositivo más utilizado por niños, niñas y adolescentes (NNyA) en el país, con un 61% que cuenta con uno propio, según el reporte más reciente de la Comisión de Regulación de Comunicaciones.
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El uso de estos equipos crece de acuerdo con la edad: alcanza el 81% entre adolescentes de 14 a 17 años, 55% en preadolescentes de 10 a 13 años y 35% en la franja de 6 a 9 años. En promedio, los NNyA destinan 8,9 horas diarias entre semana y 7,2 horas los fines de semana a consumir contenidos en estos dispositivos.
La televisión, aunque mantiene su relevancia como segundo medio más usado, suma 6,1 horas de consumo semanal, principalmente en familia o en compañía, mientras que el celular suele emplearse de manera individual.
El asunto es que la irrupción de esta ola de mensajes, perspectivas, opiniones, productos, recetas virales, estilos de vida, consejos, críticas y noticias, están metiéndose bien adentro en el proceso de aprendizaje infantil y juvenil.
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El meollo del asunto: los niños y adolescentes cada vez se concentran menos
Magally Barrera, psicóloga clínica y magister en neurociencias, explica que, aunque con la tecnología la información y el conocimiento están a la orden del día, el proceso de obtención y procesamiento de la información en el cerebro no es el mismo.
Lo mismo opina la experimentada profesora Flor Marina Ramírez, experta en educación desde una perspectiva constructivista y creadora de una estrategia conocida como Método Dinámico Creativo, y mentora pedagógica familiar.
Para ambas, la discusión no es sobre si la tecnología es buena o mala —las dos concertaron en que tiene efectos favorables para la vida diaria—, sino acerca del formato en el que se consume la información.
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En específico, los videos cortos, que abundan hasta que los ojos se cansan y que hacen que el dedo pulgar se mueva sobre la pantalla en automático, “producen efectos sobre la sustancia gris del cerebro y sobre el sistema de recompensa dopaminérgico, encargado de motivar la búsqueda continua de información y de reforzar la repetición de determinadas conductas”.
Tras años de investigación y trabajo práctico, Barrera ha concluido que este tipo de material audiovisual “afecta, en primer lugar, los procesos cognitivos, especialmente la atención”.
La perspectiva de la neuropsicóloga es que hay evidencias científicas de que el consumo superior a dos horas al día “incrementa la inatención y la impulsividad”.
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“Esto ocurre porque la atención suele requerir un tiempo mínimo para mantenerse de forma sostenida; sin embargo, los videos cortos están diseñados para captar el interés en pocos segundos. Si un video no resulta atractivo para la persona, el algoritmo de las redes sociales rápidamente presenta otro contenido acorde con sus preferencias. Aunque esto logra captar el interés del usuario, también se ha demostrado que aumenta la distracción durante tareas de la vida cotidiana que generan menor estimulación emocional o que no están relacionadas”.

Ya en el aula, los efectos no pasan inadvertidos. Ramírez asegura que no es lo mismo dictar clase en un salón con niños nacidos post-pandemia que liderar un ejercicio pedagógico con generaciones menos movidas por el contenido mediático y las pantallas.
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Las cabezas de todos bullen, pero dependiendo de la influencia digital en cada uno, el procesamiento de las ideas sí cambia. No es por edificar una muralla generacional, sino para entender los patrones de pensamiento de los niños y adolescentes en la actualidad.
Según Ramírez, “los estudiantes de años anteriores solían mantener un ritmo de atención durante más tiempo, mostraban mayor disposición para escuchar, leer textos extensos y perseverar en actividades que requerían esfuerzo sostenido. En la actualidad, muchos estudiantes presentan una capacidad de atención más breve, necesitan mayor variedad de estímulos y tienden a distraerse con mayor facilidad”. La experimentada educadora insiste en que ya hay un patrón de “acceso constante a información inmediata”.
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Incluso, dice que desde su experiencia ha logrado ver que estudiantes adolescentes “evidencian dificultades en la disciplina, el cumplimiento oportuno de las tareas, la puntualidad y la constancia en los hábitos de estudio”.
La docente es experta en asuntos de pedagogía familiar y ha manejado grupos de estudiantes por varias dácadas - crédito /flormarina.vinculos/Instagram
¿Eso significa que el cerebro se “atrofió”?
Teorías conspirativas, críticas mal encauzadas y opiniones sin fundamento científico pueden arrojar conclusiones sobre daños cerebrales irreversibles que merecen un debate serio. Por eso, la explicación de la doctora Barrera puntualiza que es necesario entender adecuadamente que “el cerebro no se atrofia o se daña por el uso de las redes sociales, sencillamente porque la evidencia científica no respalda esa afirmación”.
En cambio, “sí puede ocurrir que el cerebro se adapte a determinados patrones de estimulación debido a su capacidad de plasticidad, y estos pueden modificarse cuando cambian los hábitos”.
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Ya que para la profesional el término “daño” es una referencia a una “lesión irreversible”, es preferible denominar estos efectos como “cambios en el funcionamiento y en la plasticidad cerebral”.
Sin embargo, esos patrones sí pueden alterar ciertas funciones neurológicas, especialmente, cuando la exposición a estímulos fuertes es temprana.
“El neurodesarrollo inicia desde el nacimiento y durante los primeros cinco años de vida ocurre un periodo fundamental para la maduración cerebral. En esta etapa, la exposición temprana a las pantallas puede afectar el desarrollo de procesos cognitivos esenciales. Aunque las funciones ejecutivas alcanzan un desarrollo más evidente a partir de los cinco años, durante los primeros años se consolidan habilidades más básicas como la atención, la motivación, la exploración del entorno y la capacidad para resolver tareas acordes con la edad”.
La neuropsicóloga explica que estos “cambios morfológicos y funcionales en determinadas regiones del cerebro” pueden ser reversibles, aunque inicialmente afecten áreas de la corteza prefrontal, como la corteza prefrontal dorsolateral, y estructuras relacionadas con el sistema de recompensa dopaminérgico.

En ese mismo sentir, la profesora Ramírez sostiene que, desde el enfoque pedagógico, no es que los estudiantes con mayor exposición a las redes sociales “tengan menos capacidades”, sino que “aprenden de manera diferente y requieren estrategias pedagógicas más dinámicas e intencionadas”.
Por ende, existen nuevos retos para docentes, tutores y padres de familia que pueden sentir temor porque sus hijos parece que no pueden concentrarse, memorizar y procesar ideas.
Para la educadora, el panorama no es desesperanzador, sino que en estos casos se requieren métodos “que fortalezcan la concentración, la autorregulación y la atención sostenida, sin perder de vista la importancia de desarrollar la paciencia y el esfuerzo como parte del aprendizaje”.
“En contraste, responden mejor cuando el aprendizaje es dinámico, participativo y significativo. Esto plantea el reto de fortalecer hábitos de estudio, la lectura comprensiva, la escritura, la concentración y el desarrollo de estrategias que favorezcan una memoria más sólida y un aprendizaje duradero”.
El pensamiento crítico: descubrir el conocimiento ya no es una opción
Toda esta cadena de efectos muestra resultados tangibles en los salones de clase que implican nuevas barreras para los docentes que luchan con ganarse la atención de niños y adolescentes entretenidos.
Uno de ellos es la dificultad para lograr pensamiento crítico con rapidez, a través del pensamiento detenido y concentrado.
La doctora Barrera explicó que hay estudios electrofisiológicos que han encontrado “una reducción en la amplitud del potencial evocado P300, una respuesta eléctrica cerebral que aparece cuando una persona debe prestar atención y procesar estímulos relevantes”.

Según explicó, la disminución de esta respuesta ha sido clara en ”personas con exposición frecuente a redes sociales en estudios controlados, que indican una disminución atencional“. Por ende, cuando un joven ve una y otra vez un video corto, y repite la acción enemil veces por varias horas, el cerebro se acostumbra a que “el mismo video proporcione la respuesta sin que el usuario tenga que formular preguntas, analizar la información o resolver un problema por sí mismo”.
En consecuencia, Barrera asegura que “esto puede limitar el desarrollo del pensamiento crítico, disminuir la curiosidad y afectar el aprendizaje autónomo, ya que el estudiante se acostumbra a recibir respuestas inmediatas en lugar de construir el conocimiento“.
Este último punto es fundamental para el desarrollo nemotécnico. La memoria, de hecho, depende de la repetición, “la elaboración de la información”, un procesamiento “profundo” que establece vínculos con conocimientos previos.
Pero los jóvenes actuales, con tanta información a la mano, “gran parte de ese contenido se olvida rápidamente”, dijo la profesional en neuropsicología.
“Por ejemplo, si a un adolescente se le pregunta qué información específica aprendió en redes sociales hace tres semanas, probablemente tendrá dificultades para recordarla”.
Qué pasa con la dimensión emocional
Dentro de la problemática también ha tenido cabida el afán por la dimensión emocional de los menores. No deja de ser cierto el incremento de estudiantes con remisiones a psicología por asuntos emocionales y para el cuerpo educativo ya no es solo un planteamiento, es su cotidianidad.
Un paso más allá ya involucra diagnósticos médicos que incluyen los términos de ansiedad, depresión, atención dispersa o el conocido Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (Tdah).
Tras la nueva revelación de la Encuesta Nacional de Salud Mental en Colombia, que informó que son prevalentes algunas de estas enfermedades —incluidas las ideas suicidas— con cifras que triplican y cuadruplican los registros de 2015, la irrupción de las redes en la educación adquiere un nuevo nivel de atención.
Laura Marcela Lozano, educadora con énfasis en educación especial y tutora de jóvenes en la modalidad de “homeschool” en instituciones de formación no oficiales, indica que la problemática trasciende los límites de los salones de clase a los hogares.

Según su testimonio, sus estudiantes, incluso, le piden escuchar música durante las sesiones de clase para lograr concentración y, más allá, autorregulación emocional, porque el estado de ánimo se complica si su respuesta a la solicitud es negativa.
“A ellos les cuestan los límites”, dice, porque en en algunos casos, los docentes sienten que ya no existe el mismo respaldo de los padres de familia para cooperar con la regulación en el uso de dispositivos y el consumo de redes sociales.
“Cuando tú les pones un límite y no permites usar teléfonos, les puede generar ansiedad, sea porque quieren su dispositivo para escuchar música, para un juego, para responder a sus amigos por WhatsApp o por simple scrolling en redes sociales. Hemos visto que se ponen un poquito más irritantes. Percibo que se frustran más fácil ahora, porque no están acostumbrados a los límites, incluso, en la casa”.
Al respecto, la doctora Barrera confirmó que algunos estudios han encontrado “una asociación entre un uso problemático de estas plataformas y una mayor presencia de síntomas de ansiedad, depresión, dificultades en la regulación emocional y malestar cuando la persona no puede acceder a ellas”.
Flor Marina Ramírez, a su vez, explicó exactamente el mismo episodio, porque “algunos estudiantes presentan menor tolerancia a la frustración y requieren mayor acompañamiento para aceptar las correcciones, autorregular sus emociones y asumir la responsabilidad de sus acciones”.
La educadora y mentora pedagógica considera que, hoy más que nunca, es fundamental el trabajo conjunto entre la familia y la escuela porque se requiere “fortalecer valores como el respeto, la responsabilidad, la autonomía y el compromiso con el aprendizaje”.
Los retos en casa: qué pueden hacer los padres
Las expertas consultadas reconocen en conjunto que esto no significa que la tecnología sea mala per sé, porque, sus funciones —incluida la IA—“son herramientas que pueden potenciar el aprendizaje cuando se utilizan de forma adecuada”.
Para la doctora Barrera que, no obstante, estas nuevas ayudas “no reemplazan la educación tradicional, el papel del docente ni los procesos cognitivos necesarios para comprender, analizar y consolidar el conocimiento a largo plazo”.
Por eso aconseja a padres afanados por la salud de sus hijos, ante todo, a “reemplazar el estímulo y no simplemente eliminarlo”, como la estrategia más efectiva.
“Sustituir el tiempo dedicado a las redes sociales por actividades que también resulten gratificantes, pero que impliquen una participación activa y un aprendizaje real. De esta manera, el sistema de recompensa comienza a asociar la sensación de placer con experiencias del mundo real y no únicamente con el contenido digital”.
La psicóloga refirió la práctica de deportes, música, cocina, moda o manualidades que impliquen que los menores “participen directamente en esas actividades”. Según ella, “la experiencia real es la que favorece el aprendizaje, fortalece las habilidades cognitivas y genera cambios adaptativos en el funcionamiento cerebral“.

También sugirió que los niños y adolescentes también aprendan a realizar actividades que no siempre son altamente estimulantes o placenteras. La experta afirmó que “el cerebro necesita entrenarse para mantener la atención, terminar tareas y tolerar la frustración, incluso cuando la recompensa no es inmediata”.
Otros tips prácticos
Como una “ñapa”, la profesora Flor Marina Ramírez agregó otras pautas que los acudientes pueden poner en práctica para desestimular el uso problemático de pantallas son:
- Empezar con pequeños cambios. Reducir el tiempo de pantalla de forma gradual para facilitar la adaptación de los niños.
- Establecer horarios claros. Definir momentos específicos para usar dispositivos y momentos libres de pantallas, especialmente durante las comidas, el estudio y antes de dormir.
- Ser un modelo a seguir. Los hijos aprenden observando. Si los adultos reducen el uso del celular, será más fácil que ellos también lo hagan.
- No retirar las pantallas sin ofrecer alternativas. Proponer actividades atractivas como leer, dibujar, jugar, practicar deportes, cocinar, construir, escuchar música o compartir juegos de mesa.
- Fortalecer la vida familiar. Conversar diariamente, realizar actividades juntos y promover espacios de encuentro sin dispositivos electrónicos.
- Evitar las pantallas antes de dormir. Lo ideal es suspender su uso al menos una hora antes de acostarse para favorecer un sueño reparador.
- No utilizar las pantallas como premio o castigo. Es preferible enseñar a los niños a autorregular su uso y comprender cuándo es apropiado utilizarlas.
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